Opinión

La organización de la paz en Oriente Medio

Actualizado el 10 de julio de 2014 a las 12:00 am

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La organización de la paz en Oriente Medio

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LONDRES – En la gran obra teatral antibélica Madre Coraje y sus hijos , de Bertold Brecht, uno de los personajes dice: “¿Sabes cuál es el problema de la paz? Falta de organización”.

La obra ocurre durante la guerra de los Treinta Años, que devastó a Europa en la primera mitad del siglo XVII y no acabó, con la Paz de Westfalia, hasta 1648. Comenzó como una lucha religiosa entre protestantes y católicos, pero rápidamente se transformó en una larguísima lucha entre países y dinastías rivales, principalmente entre los Habsburgo y el Sacro Imperio Romano, por un lado, y, por otro, la Francia del Cardenal Richelieu.

No es de extrañar que algunos hayan comparado el conflicto actual entre suníes y chiíes, que está consumiendo ciertas zonas de Mesopotamia y del Asia occidental, con aquella guerra, que causó muerte en gran escala, plagas, destrucción económica y una agitación social marcada, por ejemplo, por una oleada de caza de brujas.

Medio siglo antes de que estallaran los combates, había habido, en realidad, un acuerdo de paz: un intento de organizar la paz. El emperador Carlos V impulsó la Paz de Augsburgo en 1555, basada en el acuerdo de que los Estados soberanos podían elegir y adoptar la versión del cristianismo que prefirieran. Cuando ese tratado fracasó, comenzaron las matanzas.

¿Cual fue la “paz organizada” que precedió a la actual agitación sangrienta en Irak, Siria y otros países? La respuesta depende de hasta dónde nos remontemos.

Al desplomarse el Imperio Otomano, las potencias occidentales lanzaron un proyecto autoengrandecedor para rehacer el mapa de la región, instalando regímenes, creando dependencias, estableciendo esferas de influencia y garantizando el acceso a unos suministros de petróleo cada vez más importantes. Después apareció una persistente tendencia a juzgar el comportamiento de los Estados en todo el Magreb y el Levante, según crearan, o no, problemas diplomáticos (o de otra índole) respecto de la actitud de Israel para con Palestina y la reivindicación por esta última de una condición de Estado viable. También ha habido intervenciones explícitas, desde la destitución encubierta del primer ministro democráticamente elegido de Irán, Mohammad Mossadegh, hasta la intervención más reciente en Irak, que provocó un cuarto de millón de muertos iraquíes.

Pero los países occidentales se han mostrado reacios a afrontar las realidades subyacentes de la región, expuestas en un informe del 2002 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Los especialistas y politólogos palestinos que redactaron el informe señalaron las conexiones entre gobierno autoritario, debilidad económica, desempleo elevado y política excesivamente confesional. Cuanto más dictatorial se volvió la política en esa región, más jóvenes –que se veían privados de puestos de trabajo y de libertad de expresión– se volvieron hacia el extremismo y el islamismo violento, la perversión de un gran credo.

De modo que aquí estamos actualmente con la evidente pero inadecuada respuesta a la pregunta: “Y ¿ahora qué haría usted al respecto?”, idéntica a la que dio aquel campesino irlandés a un viajero que le preguntó por una dirección: “Yo no comenzaría a partir de aquí”.

Lamentablemente, esa no es la respuesta en absoluto, aunque puede ser útil para quienes –como el exvicepresidente Dick Cheney– propugnan una repetición del pasado reciente. Al negarse a ver la realidad, los neoconservadores americanos y británicos parecen creer que los acontecimientos recientes justifican su opinión de que, si hubieran podido hacer en Irak la guerra que deseaban y esta hubiera sido más contundente, habría tenido un gran éxito.

Pero los neocons no van del todo descarriados. Como con razón sostuvo la secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condolezza Rice, los EE. UU. había perseguido durante demasiado tiempo “la estabilidad a expensas de la democracia”; a consecuencia de ello, no había “alcanzado ninguna de las dos”.

Se trata de un argumento convincente para no abandonar un compromiso a largo plazo con la clase de valores profesados por –entre otros– los autores del informe del 2002. Occidente ha sido incoherente en su aplicación de esos principios, ha intentado a veces imponerlos por la fuerza (con consecuencias desastrosas) y no ha utilizado eficazmente el dinero y el mecanismo concebido para apoyarlos. Piénsese, por ejemplo, en los miserables resultados de los acuerdos de comercio y cooperación de la Unión Europea en todo el Mediterráneo.

Occidente debe utilizar todos sus recursos diplomáticos para preparar, como intermediario, un entendimiento entre Irán y Arabia Saudí, patrocinadores principales de la lucha armada entre chiíes y suníes, respectivamente. Ver su región presa de las llamas no redundaría precisamente en beneficio de ninguno de esos dos países. Esos dos países necesitan comenzar a reparar sus relaciones, perspectiva (recientemente retrasada) que parecía una posibilidad en el pasado mes de mayo.

Con ayuda americana y turca, se debe orientar a Irak en la dirección de un Estado federal, que reconozca las aspiraciones de los curdos, los suníes y los chiíes. En Siria, el presidente Bashar Al Assad sigue en su cargo, pero no precisamente en el poder. Probablemente, su ejército esté venciendo, pero los combates continúan. En este momento, la primera perspectiva parece ser la descrita por el historiador romano Tácito: “Crean un desierto y lo llaman paz”.

Hace mucho que pasó el momento en el que los no implicados podrían haberse planteado la posibilidad de hacer una intervención militar eficaz, pero, con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, las medidas humanitarias del mundo deben ser más amplias y centradas, para que se pueda aportar un mayor alivio a casi 11 millones de refugiados sirios que lo necesitan.

Por último, no debemos pasar por alto la continua toxicidad del irresuelto conflicto entre Israel y Palestina, que sigue alimentando el extremismo político y plantea graves cuestiones sobre el compromiso de Occidente con los derechos humanos.

Los países exteriores a esa región afrontan una tarea suplementaria: la de disuadir a los jóvenes de ir a luchar en la guerra civil del islam. Ese es un problema para mi propio país, donde parece que en algunas comunidades no hemos logrado inculcar un entendimiento y aceptación de los valores que con frecuencia llevaron a los padres de dichos jóvenes al Reino Unido, para empezar.

El programa para lograr una paz real y duradera es largo y complejo. Hay que organizar planes y se tardará años en ejecutarlos. A no ser que comencemos ahora, los fuegos se extenderán –avivados por la política y la religión– y no será solo Nínive la que resultará consumida por ellos.

Chris Patten, último gobernador británico de Hong Kong y ex comisario para Asuntos Exteriores de la Unión Europea, es rector de la Universidad de Oxford. © Project Syndicate.

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