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Cuando oí ‘La marsellesa’

Actualizado el 19 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Los blancos de ataques durante la efervescente noche del pasado viernes no fueron casuales

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Tenía alrededor de cinco años cuando me percaté, gracias a mi hermano mayor, que en el cuarto de chunches de su casona en San Juan de los Remedios, Cuba, abuela guardaba una vitrola de mesa. Mejor aún, funcionaba perfectamente.

La acompañaba una pesada colección de discos de baquelita, con voces de Enrico Caruso y Beniamino Gigli, composiciones de Ignacio Cervantes, Manuel Saumell y Ernesto Lecuona, algunas jotas aragonesas y coros del País Vasco. Pero todos me aburrían. La excepción era uno que, de inmediato, se convirtió en música de cada visita: La marsellesa. Desde entonces, mientras abuela tejía tapetes de croché, yo marchaba sin rumbo junto a los enfants de la patrie.

Cuando papá me reveló que ese era el himno de Francia, me sentí un poco avergonzado. En el kínder siempre me habían dicho que el más bello del mundo era el de Cuba, pero de pronto descubrí que no era así. Preferí callarme.

De la melodía marcial que llamaba a la acción pasé luego a las historias de Juana de Arco, las imágenes de Marianne y su gorro frigio –que también me topaba en el escudo y algunas monedas nacionales–, los radioteatros inspirados en obras de Víctor Hugo, las fantasías de Julio Verne y, por supuesto, la Revolución francesa y los ideales que legó al mundo.

Los símbolos. Esta es la Francia junto a la que crecí aún sin conocerla. Es la que millones de personas llevamos en la mente o la imaginación, la que ha engendrado y simboliza tantos valores, la que nunca cesa de pregonar ante el mundo que la vida debe ser plena, y que practica esa prédica con inigualable gusto y razón.

Por algo un poderoso grupo de fanáticos criminales, encerrados en una ideología de odio total generada por interpretaciones religiosas del medioevo, ha convertido a París en el foco central de sus carnicerías.

La decisión no es aleatoria. Los blancos de sus ataques durante la efervescente noche del pasado viernes tampoco resultaron casuales.

Sus principales víctimas propiciatorias fueron jóvenes llenos de energía y movidos por su libertad cotidiana; los recintos atacados, un estadio, una sala de conciertos y tres cafés, estos últimos enmarcados en uno de los barrios más multiculturales de la ciudad.

La arremetida, sí, fue contra un gobierno que rechaza al Estado Islámico y que ha desplegado su poder en África y el Medio Oriente para contener su avance y frenar sus crímenes contra otros musulmanes, quienes han sido, paradójicamente, las mayores víctimas del islamismo extremo.

El ataque estuvo también dirigido a minar la tolerancia consustancial a la civilización, a infundir temor generalizado en la gente, a exacerbar el rechazo contra los migrantes árabes que huyen de esa misma violencia y a alimentar los fuegos xenofóbicos del Frente Nacional francés y partidos afines en Europa.

Y a la lista de objetivos se unen proyectar una imagen de poder desde el califato construido sobre el colapso de Siria e Irak, atizar la pugna sectaria entre sunitas y chiitas, y seducir posibles nuevos provenientes de la primera de esas dos corrientes.

La saña. Todo esto anima el terror del Estado Islámico, que a su irracional intransigencia añade minuciosos objetivos geopolíticos. Pero su reiterado ensañamiento con Francia tiene un carácter mucho más visceral, profundo y perverso. Es el rechazo a quienes se atreven a buscar la felicidad; es la venganza contra el ejercicio de la autonomía personal; el miedo a los rostros bellos que se muestran sin velos, o a los cuerpos plenos de que forman parte.

Cuando, el sábado, el Estado Islámico se adjudicó la responsabilidad de la carnicería, no dejó ninguna duda. Su mensaje, divulgado en varios idiomas, calificó desdeñosamente a París como “capital de la prostitución y la obscenidad”. Es decir, el blanco perfecto, casi inevitable, de su terrorismo esclavizante y esclavo.

Semejante reduccionismo dice mucho de la distorsionada naturaleza del fanatismo y de los perfiles más siniestros de la intransigencia. Pero, en su reverso, la abrumadora solidaridad con los franceses ante la barbarie dice mucho más sobre el carácter empático de la naturaleza humana, sobre la capacidad de vibrar y llorar ante el dolor ajeno y sobre la determinación de no permitir que el terrorismo indiscriminado y brutal destruya el derecho de toda persona a conducir su vida libremente.

Las fibras de esta solidaridad auténtica son las mismas que conducen a dolernos por todas las injusticias y agresiones, por los muertos en Siria, los prisioneros torturados en China, los niños famélicos en Darfour, los esclavos que aún existen y la exclusión que se niega a morir.

Es una solidaridad que, en gran medida, se inspira en los valores emanados de Francia, sin los cuales seríamos distintos, y para mal. Por esto, y por sus 129 víctimas, lo sucedido duele tanto.

Cuando leí que, tras los atentados del viernes, el público congregado en el estadio de Francia había reaccionado cantando La marsellesa, me sentí transportado a la niñez. La reacción fue confusa: por un lado dolor; por otro, complacencia.

El flash back que pasó por mi mente no solo me transportó de nuevo al antiguo pueblo en que nací; también me recordó que, sin percatarme, las notas del himno francés habían sido parte de mi temprana educación como ser humano. Me alegra que aún resuenen en mi memoria; también, en la de muchos millones más.

El autor es periodista.

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