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Qué ofrecer a los ciudadanos

Actualizado el 07 de junio de 2014 a las 12:00 am

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MADRID – Las elecciones han mostrado la frustración, el descontento y la desconfianza ciudadana. Las nuevas instituciones comunitarias enfrentan una legislatura crucial marcada por la salida de la crisis, los retos globales y una creciente desafección hacia la Unión Europea (UE). Hay que sacar lecciones profundas, incluyendo el innegable impacto que tendrá el auge euroescéptico en las políticas nacionales. La UE debe escuchar, renovarse y actuar en consecuencia para no dejar atrás a buena parte de la ciudadanía. Para ello se necesita un gran programa de prioridades estratégicas.

La economía será, sin duda, la primera de las prioridades. Se ha avanzado mucho en nuevos mecanismos de integración, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) o la Unión Bancaria, pero aún queda mucho por hacer. La nueva Comisión deberá impulsar, de manera decidida, el crecimiento económico y el empleo, haciendo posible que los países del sur puedan compatibilizar sus objetivos de reducción de déficit y deuda con políticas de crecimiento, que son las únicas que pueden permitir reducir la deuda a largo plazo. El paro juvenil es una lacra que amenaza con crear una generación perdida. La nueva Comisión debe facilitar las condiciones para llevar a cabo políticas activas de empleo en los Estados miembros, sobre todo hacia los jóvenes, siguiendo el camino que abrió en noviembre del año pasado cuando lanzó el plan de empleo juvenil. La Comisión podría ampliar los fondos para programas nacionales y regionales en este ámbito. De su éxito depende que se recuperen el consumo, el dinamismo y el crecimiento.

Las políticas de crecimiento deben ser prioritarias y, entre ellas, no hay ninguna más importante que la de impulsar la I+D, tanto pública como privada. La UE debe hacer un esfuerzo presupuestario en este sentido y facilitarlo también a los países miembros, permitiendo por ejemplo que el gasto en I+D o en algunas políticas activas de empleo orientadas hacia los jóvenes no computen para el déficit. Si se ha hecho con las ayudas al sector financiero, debiera poderse hacer para la inversión. Además, la propia Unión debe potenciar sus propias actividades en este ámbito. Pero para ello es imprescindible que se incremente su presupuesto.

Las propuestas de cómo hacerlo son varias: desde la creación de un impuesto comunitario al incremento de la contribución a través de impuestos nacionales. Habrá que apostar por aquellas que sean técnica y políticamente más viables. Además, en materia fiscal, Europa requiere una mínima homogeneización, por lo menos en las bases del impuesto de sociedades. De esta manera se podrá evitar que se explote perniciosamente las diferencias entre países miembros.

Finalmente, ahora que lo peor de la tormenta parece haber pasado, es fundamental que se arreglen los fallos en el diseño de la arquitectura institucional del euro. Los avances en la unión bancaria son importantes, pero quedan dos elementos por cerrar: un verdadero saneamiento del sistema bancario europeo que facilite el flujo del crédito y aleje el fantasma de la deflación, y algún tipo de mecanismo de mutualización de la deuda que proteja a los países más vulnerables de los vaivenes de los mercados. El papel del Banco Central Europeo (BCE) en ambos es fundamental, como lo es el seguir potenciando el crecimiento mediante una política monetaria expansiva y facilitando el acceso a los mercados de aquellos países vulnerables y que aún dependen de la garantía implícita del BCE para poder financiarse.

Pero es más que la economía: el mundo no se para a esperar. Asuntos como la conclusión del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, la negociación con Irán o la Cumbre sobre Cambio Climático de París en el 2015 serán claves para los próximos años. La oportunidad de replantear la política exterior europea es clara. La mirada europea al entorno global debe girar en torno a tres ejes que se corresponden con los retos que plantean nuestras tres vecindades. Tendremos que ganarnos nuestro sitio en un contexto mundial volátil, inestable y cambiante, tratando de implicarnos de manera activa y resuelta para asegurar una gobernanza global positiva y aceptable para todos.

La primera vecindad, la oriental, está marcada por la crisis en Ucrania. Tras la anexión –ilegal– de Crimea por parte de Rusia y la compleja aproximación de Moscú basada en esferas de influencia, hay que repensar la relación con la Rusia de Putin. La dependencia energética, los lazos históricos y la proximidad geográfica hacen que Rusia sea un socio clave para el futuro del continente, pero la política exterior que ha puesto en marcha el Kremlin representa un gran desafío para la seguridad y unidad europea.

La segunda vecindad, la meridional, sigue enfrascada en un proceso de transición difícilmente clasificable, muy exitoso en algunos casos –Túnez– y desalentador en otros –Siria–. Se detecta una suerte de abandono de la presencia europea en la ribera sur del Mediterráneo, suplida en parte por la presencia de otros países árabes. La ayuda económica que están proporcionando los países del Golfo es una enorme novedad en el mundo árabe, que había sido reacio –como en el caso de Palestina, sostenida fundamentalmente con dinero europeo– a mostrar solidaridad entre sí. Pese a lo positivo del cambio de tendencia, será muy difícil llenar de nuevo el vacío de la presencia europea, si no se apuesta por recuperar pronto el espacio.

La tercera vecindad, la más difícil de gestionar, es la vecindad determinada por la interdependencia. La interdependencia nos hace a todos vecinos. Este tipo de vecindad no está condicionada por la geografía, sino por los crecientes lazos económicos, políticos y sociales con otras zonas del mundo, cada vez más complejos e interrelacionados. Dentro de esta red de interdependencia están nuestros más importantes socios, desde Estados Unidos a China, pasando por otros emergentes y actores no estatales. Su gestión requiere una apuesta clara y sin complejos por la gobernanza global y el multilateralismo eficaz, a todos los niveles.

La interdependencia, para Europa, tiene una clara correlación con la dependencia energética. Avanzar hacia una unión energética es fundamental y debiera ser uno de los grandes objetivos de la nueva Comisión. Necesitamos una política energética común. Dicha política comprende dos ámbitos fundamentales: el mercado único y la planificación colectiva de inversiones, del “mix” energético y de compra de energía a terceros. Para el mercado único es clave avanzar hacia una verdadera regulación única en el continente –demasiado intergubernamental, debido al diseño de la agencia europea Hacer–. Europa necesita más infraestructuras que conecten a los Estados miembros entre sí, con más interconexiones de líneas eléctricas y de gaseoductos. Para ello hay que intensificar la ejecución de los planes TEN-E (Redes Trans-Europeas de Infraestructuras Energéticas). Por último, la Unión Europea debe contemplar la posibilidad de centralizar la compra de energía a terceros –tal como propuso el primer ministro polaco Donald Tusk–. En caso contrario, se necesita, como mínimo, una mayor transparencia en las compras que hace cada uno de los Estados miembros a terceros. Ahora mismo, por ejemplo, los contratos entre las empresas compradoras de los distintos Estados miembros con Gazprom son confidenciales. En este proceso de integración energética, la Unión Bancaria ofrece pistas sobre cómo asegurar el interés comunitario, pero a la vez manteniendo un equilibrio entre las distintas instituciones europeas: la Comisión, el Parlamento, el Consejo y el BCE.

La nueva Comisión tendrá, además, que asegurarse de trazar una política migratoria común, especialmente necesaria para acallar a los xenófobos y dotar de coherencia al espacio Schengen de libre circulación, uno de los mayores –e irrenunciables, pese a estar últimamente cuestionado– logros europeos.

Necesitamos un continente innovador con un nuevo impulso transformador que aliente una nueva edad dorada europea. Las instituciones europeas necesitan renovarse y recuperar el apoyo de todos los ciudadanos de la Unión. No lo lograrán sin demostrar su eficacia.

Javier Solana, distinguido senior fellow de Brookings Institution y presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade. © Project Syndicate.

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