Opinión

El odio en las redes sociales

Actualizado el 08 de abril de 2017 a las 12:00 am

Amparados en el anonimato, en la redes se difunden todo tipo de mensajes ofensivos

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El odio en las redes sociales

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El odio y su expresión no son ninguna novedad. En realidad existen desde siempre. En el mundo digital se potencia el alcance del número de personas que pueden recibir un mensaje y la distancia física como tal no existe para efectos de ser blanco de un recado de desprecio. Por otra parte, lo virtual crea la falsa percepción de que lo que ahí sucede es menos dañino que lo que pasa en el llamado mundo real, un hecho demostrado como falso.

Para efectos de ponderación de derechos, la libertad de expresión no es un pase de libre circulación por encima de la dignidad de las personas o instituciones. El punto es que las redes sociales se han convertido también en un ámbito de impunidad donde se puede insultar, denigrar y promover el odio mientras muchos permanecen indiferentes porque esas agresiones no les afectan directamente a ellos, pero es un problema mundial.

No se trata de censurar o impedir la crítica, sino de poner coto a los desmanes de aquellos que se esconden en el anonimato para cometer auténticas barbaridades o radicalizar a potenciales terroristas. Una democracia tiene que protegerse y la mejor forma de no hacerlo es acostumbrarse a banalizar el mal (Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén.Un estudio sobre la banalidad del mal).

La trivialización del odio es el síntoma de una enfermedad más profunda e inquietante. La existencia de energúmenos no debe sorprendernos porque viven en cualquier sociedad. El problema surge cuando algunos critican lo que sucede a la vez que hablan de libertad de expresión y remiten a unas normas jurídicas que necesitan actualizarse para hacer frente a unos delitos que cada vez son más complejos de perseguir.

La solución alemana. El Ministerio de Justicia de Alemania presentó un proyecto de ley que incluye multas hasta de cincuenta millones de euros a empresas como Facebook, Twitter u otras compañías que no eliminen o bloqueen rápidamente mensajes cargados de odio o noticias manifiestamente falsas. De prosperar tal iniciativa, podría encontrarse una respuesta que tienda a podar la difusión de la carga letal de esos contenidos.

La propuesta tiene que ser revisada por el Gobierno y después lograr el visto bueno del Parlamento. Hace tiempo que Alemania debate sobre cómo abordar este fenómeno cada vez más preocupante.

Hace poco, ese país debatió el caso de Anas Modamani, un joven sirio que llevó a Facebook a los tribunales por su tardanza en eliminar mensajes que lo vinculaban con terrorismo tras viralizarse una foto que se tomó con Ángela Merkel en el 2015, en la modalidad de selfi.

La Audiencia de Würzburgo, ciudad al sur del país, rechazó la demanda con el argumento de que no era responsabilidad de Facebook rastrear los mensajes que pudieran ser ofensivos y eliminarlos. Ahora el gobierno alemán responde con una iniciativa que, de salir adelante, se convertiría en la más dura hasta el momento en cuanto a protección de la privacidad y del derecho al honor frente a gigantes de las telecomunicaciones.

“Se eliminan demasiados pocos contenidos delictivos y no se hace lo suficientemente rápido”, aseguró el ministro Maas en la presentación de su iniciativa. El Gobierno pretende obligar a estas empresas a que borren los contenidos “claramente delictivos” en veinticuatro horas, como por ejemplo un mensaje que negara el Holocausto o incitara al odio entre razas. Este plazo se alargaría a siete días en otros casos no tan evidentes.

Parole Ostili es una asociación italiana que pretende combatir las expresiones de odio en Internet y, para ello, ha publicado un manifiesto que aconseja a los usuarios a comportarse en las redes con el mismo respeto que en la vida cotidiana.

Las redes sociales proporcionan ventajas como la inmediatez o el alcance global; sin embargo, también permiten que, amparados en el anonimato, se profieran todo tipo de mensajes ofensivos: insultos, amenazas, desprecios y linchamientos que resultan tan dolorosos como los realizados cara a cara.

El poder de las palabras conmueve, emociona, valora, da confianza. En definitiva, une. Pero también están los tuits o los post que hieren, irritan, ofenden, denigran y que, por tanto, nos separan. Según esa organización, es necesario entender que las redes sociales son lugares virtuales en los que se encuentran personas reales.

Según la comunicadora Ximena Piñeros, desde el punto de vista tecnológico, las plataformas ya prueban modelos sofisticados de inteligencia artificial, pero no pueden prevenir que un delincuente viralice una publicación hostil. Lo paradójico es que las redes sociales pueden predecir qué compran los usuarios, pero no pueden ayudar a combatir la violencia.

La defensa de las plataformas ha sido la misma en la última década, después de su irrupción. Las plataformas son neutras, son los usuarios quienes las usan para bien o para mal (como las armas). Sin embargo, desde legisladores europeos hasta reputados analistas insisten en que las plataformas deben hacer algo para que los mensajes de odio no se propaguen con tanta facilidad.

La situación dispara una pregunta de difícil respuesta: ¿Cómo regular la forma en que las personas se desenvuelven en Internet? En el caso de las redes sociales, se complica porque las empresas que las facilitan están ubicadas en el exterior y las personas que convergen en ellas pertenecen a diferentes países. Es decir, la ubicuidad.

Dos tribus distintas. Conviene distinguir a dos tipos de practicantes de odio virtuales: por un lado están los troles, que varían en su nivel de agresividad verbal, pero pocas veces son realmente peligrosos. Les encanta ser notados y, al igual que algunos youtubers, gustan de ganar prestigio incordiando sobre casi cualquier tema o bien especializándose por tópicos, esto lo he advertido en La Nación con bastante frecuencia.

Desde el punto de vista psicológico, buscan notoriedad porque en el “mundo real” no son capaces de lograr reconocimiento. A algunos no les molesta mostrarse con su nombre verdadero y otros son más tímidos y se ocultan con perfiles falsos.

Por otra parte, existen los llamados haters (odiadores), cuyo “ bullying digital” ha traspasado la barrera de Internet y ha tenido consecuencias en la vida real. Algunos casos incluso han terminado con los afectados quitándose la vida.

Aunque las redes sociales han implementado en sus políticas de uso el que los usuarios puedan denunciar o bloquear a quienes no se adecuen a las reglas, así como que haya más herramientas de privacidad o filtro en la configuración de perfiles, esto no parece detenerlos, ya que suelen tener conocimientos técnicos por encima del usuario promedio y aman ser odiados y para ello son odiosos con todo y con todos.

En psicología les llaman cínicos hostiles, en la calle e Internet simplemente son haters: personas desconfiadas de los demás, que miran todo con desdén y tienen disposición a la agresión. Lo hacen por gusto, por esparcir humor negro e ironía. A falta de ella, la ofensa y la burla también sirve.

Lo único que hizo Internet fue masificarlos, les ha permitido atacar y resaltar los errores de otras personas, productos, empresas o artistas. ¿Cuáles? Básicamente todo lo que a otro pueda gustarle. Son personalidades antisociales que no forman grupos porque también se odian entre sí.

En mi experiencia de vida, solo he recibido un verdadero correo de odio, el contenido reflejaba la vivencia del remitente y la vida me dio la razón. El odio es esclavitud, lo que se odia vive dentro de quien odia, no en quien es odiado, no le permite ser libre, vive por y para ese rencor.

Pienso que no podemos recurrir a otra explicación que no sea la propia naturaleza humana. Solo los que participan de una mirada antropológica absolutamente naíf o de un angelical tecno-optimismo pueden extrañarse de que en las redes pase lo que pasa. Personalmente no estoy suscrito a la red con un número limitado de palabras, sobre todo porque me asusta que quienes detentan legítimamente el poder me puedan llegar a odiar sin razón. Eso sí me da miedo, ¿a usted?

El autor es abogado.

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