No existe lo que llamamos “chacun”. Es abstracción, un concepto huero como una nuez

Por: Jacques Sagot 3 junio, 2015

Es siniestro, el mundo de mi amigo taxista. Lo conoce íntimamente, desde adentro. Y es cómplice de su engranaje, de ese dispositivo creado para moler seres humanos. Lo sabe. Lo acepta. Gana su vida de esa manera: viendo a otros perderla.

¿Un cínico? ¡Vamos, todo el que ve en torno suyo una realidad abyecta y no mueve un dedo por modificarla es un cínico, aun cuando no usufructúe de ella! El quietismo es, en estos casos, tan reprensible como la participación activa en la degradación del ser humano.

Todas las tardes, a las cinco, recoge a una muchacha que vive en Barva de Heredia. Unos veintidós años de edad, quizás menos. Bella, muy bella. Vive sola. Nada sabe mi amigo taxista sobre sus padres o su familia.

A las seis de la tarde la deja en el hotel-prostíbulo-casa de citas donde trabaja, en el centro de San José.

Por su belleza arquitectónica debería haber sido declarado patrimonio nacional… Lo único auténticamente patrimonial en Costa Rica es la envidia y la serruchadera de piso: eso lo sabemos todos. Es el más poderoso e indiscutido de nuestros rasgos identitarios: por poco, un bien cultural.

Todo costarricense nace con su serruchito ya celosamente empuñado entre sus bracitos. San José ha de tener, a lo sumo, una docena de edificios verdaderamente bellos, dotados de alguna dignidad arquitectónica, y un puñado de casas anacrónicamente victorianas por los bajos de barrio Amón. Varios de estos lugares se han transformado en prostíbulos ad hoc o en hotelillos para mochileros y turistas del sexo. He ahí nuestro concepto de patrimonio.

Fuere como fuere, es en este hotel donde la muchacha trabaja, de seis de la noche a cinco de la mañana, ¡arduas jornadas! Mi amigo taxista le provee el transporte y le hace, por supuesto, un precio especial.

“Lo esencial para este tipo de muchachas es la seguridad”, me dice, y sigue hablándome de ella, sin una molécula de afecto, sin hostilidad tampoco, y sin emitir juicio ético.

–En una buena noche, se alza a ocho carajos. Con un poco menos de suerte, seis o cinco, y nunca menos de tres. Tiene dos tarifas: para los extranjeros, trescientos dólares; para los nacionales, cien, pero me insiste en que la calidad del servicio es idéntica para unos y otros. A mí es que me cuesta entender cómo logra esa muchacha arrastrarse de vuelta a la casa, después de haberse echado a ocho atorrantes. ¿Se imagina usted el gasto energético que eso supone? ¡Hay que ser un atleta del sexo! Ocho… no lo puedo creer. Pero sé que es cierto, porque ahí la veo entrar y salir con cada uno de ellos.

–¿Va a los moteles?

–No, no: ella tiene un cuarto que le alquilan en una casa que queda allá por detrás de la Cancillería, usted sabe, la callecita angosta que va dando vuelta y…

–Sí, sí: sé cuál es. Hay muy lindas residencias, ahí. El tipo de casa que debería estar protegida por la ley de patrimonio, pero que…

–A quien hay que proteger es a la gente, no a los edificios. Los edificios se gastan y se caen. Una muchacha así, en cambio… –Pues sí, tiene usted razón. Pero en este caso tendría que protegerla de sí misma, cosa que probablemente ella no quiera.

Mi amigo taxista asintió: –Pues si hasta yo mismo se lo he dicho, pero no hay manera. Ella parece contenta. Es una profesional, dueña de sí misma, y hace lo que hace de manera efectiva, expeditiva, sin que ello le genere el menor problema… por lo menos en apariencia. Así que, amigo, en una buena noche, se alza dos mil cuatrocientos dólares. No creo que baje nunca de mil. No tiene carro, y no sabe manejar. No sé qué hace con su plata e ignoro si tiene un chulo que se la administre… aunque no lo creo. Es muy independiente en todo lo que hace, y no me parece que le rinda cuentas a nadie de sus transacciones sexuales. ¿Se imagina usted, amigo, un ingreso promedio de cuarenta mil dólares al mes, posiblemente más? Eso no lo hago yo en diez años de trabajo.

Lo que la va a acabar no es el sexo, no es algún psicópata que una noche cualquiera la estrangule, no es el sida (contra el que se protege responsablemente). Lo que la va a acabar es la cocaína. –¿Consume cocaína?

–Sí, se manda varias rayas cada noche, y solo en eso se le van varios cientos de miles de pesos al día. Dice que eso la ayuda a sobrellevar el brete. Como si fuera su combustible, lo que le permite llegar hasta las cinco de la mañana haciendo el amor… Uno nunca sabe lo que le piden hacer, el tipo de acrobacias que le soliciten, si practica el sexo grupal… debe ser extenuante. Lo que me dice es que sin la cocaína no podría. Ya ella se reconoce adicta, pero lo considera una “necesidad laboral”. No le veo la menor intención de buscar ayuda. Por el momento, uno la ve y se dice: ¡Qué mujer más linda! ¡Viera cuando paso a recogerla a las cinco de la tarde! Fresquita, recién bañada, perfumada, vestida provocadoramente, relajada, habiendo dormido todo el día… Pero ya a las cinco de la mañana, después del último negocio, es como ver a otra persona. Ausente, deshecha, el hablado ininteligible… A menudo se me queda dormida en el asiento de atrás y me cuesta un mundo despertarla para que se baje. La va a acabar, la va a acabar. La cocaína es muy jodida, he conocido otros casos. Nadie sale de eso solo. No estudia, no tiene hijos que alimentar, vive sola… No entiendo: todo lo que hace es copular, jalar coca y dormir.

Insipiencia. Cuerpo devastado por ocho rufianes cada noche. Una hortelana que ha asolado sus propios predios, envenenado sus frutos y enfangado su arroyo. À chacun son destin… reza el proverbio francés. Como todo proverbio, contiene un ínfimo coeficiente de verdad y un océano de falsedad. Los dicharachos del vulgo no son “cápsulas de sabiduría colectiva y anónima”; son manifestaciones de insipiencia popular. La verdad de las cosas es que ese “destin” no es solo suyo.

Como sostiene Sartre, con su elección de vida, esta infortunada propone también, implícitamente, un modelo a todo el resto de la humanidad. Y lo más importante: no existe eso que llamamos “chacun”. Es una mera abstracción, un concepto huero como una nuez.

Existe un cuerpo social del que todos somos parte, un organismo en el que la disfunción de cada célula acarreará el colapso del todo. La sociedad concebida como Gemeinschaft, como organismo, en el sentido estrictamente biológico del término. El destino de esa muchacha es también el mío, el de mi amigo taxista, el de todo ser humano sobre la faz del planeta.

Suscribo al sentir del Gran Inquisidor de Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski: todos somos, de una u otra manera, directa o indirectamente, de cerca o de lejos, responsables de toda la injusticia que se comete en el mundo. No hay inocentes. Existe, únicamente, un monstruo ético inescapable, aterrador al tiempo que sublime, cima descomunal bajo cuya sombra todos nos agitamos: Responsabilidad.

El autor es pianista y escritor.