Opinión

El objetivo de Hamás y el sueño de los moderados

Actualizado el 11 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Hamás, que significa “fervor”, es el Movimiento de Resistencia Islámica de Palestina que se declara como organización islámica, sunita, nacionalista y yihadista, es decir, promotora de la guerra santa. Su origen se remonta a 1987, durante la “intifada” o levantamiento palestino contra Israel.

Hamás ha sido declarado organización terrorista por la Unión Europea, los Estados Unidos, Israel, Japón, Canadá y Australia, mientras que, para Rusia y algunos Estados árabes como Qatar, se trata de un movimiento de resistencia nacional. El Consejo de Relaciones Exteriores responsabiliza a Hamás de las campañas de ataque suicidas y de haber asesinado a más de 500 personas en más de 350 operativos.

Hamás no reconoce la legitimidad del Estado de Israel y no acepta la resolución de la Asamblea General de la ONU que, en 1947, estableció la partición de Palestina en dos Estados: uno árabe y otro judío. Tampoco acepta los Acuerdos de Oslo de 1993 que firmaron Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Y, más bien, acusa de traidor a cualquiera de los palestinos que negocie o promueva acuerdos con la Estrella de David.

Desde el principio, Hamás ha tenido un ala política y civil que administra escuelas, hospitales y centros religiosos, y un ala militar conocida como las Brigadas Qassam, que llevan la lucha armada contra Israel.

En el 2006, Hamás llegó al poder por medio de elecciones, pero muy pronto el Gobierno fue destituido por la Autoridad Palestina, de modo que ahora ejerce el poder de facto en Gaza. En julio del 2013 perdieron el apoyo económico del gobierno egipcio de los Hermanos Musulmanes.

El Gobierno de Israel culpa a Hamás de los ataques con más de 1.500 misiles que se han lanzado desde la franja de Gaza hacia objetivos en territorio israelí. Y ha desatado tres campañas para destruir las máquinas lanzacohetes y los sistemas de túneles en la frontera. Campañas en las que, lamentablemente, en Gaza han fallecido más de 1.650 personas y ha quedado una estela de más de 9.000 heridos. Los civiles están atrapados entre dos fuerzas militares en pugna.

El objetivo estratégico de Hamás es definido en su carta fundacional y consiste en destruir el Estado de Israel y establecer en su territorio, en Cisjordania y en la franja de Gaza, un Estado islámico fundamentalista que instaure la Ley Sharia y que tenga a Jerusalén como su capital. En resumen, sustituir al Estado democrático de Israel por un Estado sunita y fundamentalista islámico.

Estamos frente a un conflicto internacional altamente complicado que se presenta como una pugna entre dos religiones, hijas de Abraham (y, en cierto modo, lo es), pero en realidad se trata de una confrontación radical por un territorio para sobrevivir y por el derecho a existir como Estado nacional.

El problema es que, con ese objetivo estratégico de destruir al Estado de Israel y con la clarísima voluntad de los líderes de Hamás de no negociar con Jerusalén, y además el carácter conservador del actual Gobierno hebreo de Benjamín Netanyahu, se hace increíblemente adverso el camino de pensar en una salida de convergencia entre Israel y Hamás.

Aquí, la esperanza o salida políticamente viable sería que la OLP, es decir, los árabes moderados, recuperara el control de Gaza y reiniciara el proceso de negociación de Oslo con los moderados de Jerusalén.

Allí, el objetivo estratégico sería la conformación de dos Estados, uno árabe y otro judío, conviviendo pacíficamente, que es lo que las Naciones Unidas habían acordado desde 1947, o bien acordar la creación de un solo Estado binacional que permitiera en su seno la coexistencia en tolerancia y paz de árabes y judíos. Ese es, por lo menos, el sueño o aspiración de los moderados de ambos lados.

En cuanto a la diplomacia costarricense, la Casa Amarilla no debería olvidar que somos un país con una tradición de paz, sin fuerzas armadas, que se ha declarado neutral ante conflictos militares, y que la Sala Constitucional nos ha recordado que debemos mantener dicha neutralidad, de modo que no es correcto tomar partido ni a favor del Ejército hebreo ni a favor de la organización militar de Hamás.

Sí sería deseable, y acorde con la Constitución y las leyes, que la política exterior del país se pronunciara y trabajara a favor de la paz, la libertad, la democracia y los derechos humanos en el conflicto bélico.

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