Opinión

Un nuevo paradigma de paz

Actualizado el 16 de junio de 2014 a las 12:00 am

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TEL AVIV – El colapso de otro intento estadounidense más para mediar en un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos debiera dar lugar a algo más que acusaciones. Debiera estimular la reconsideración fundamental de un paradigma de conciliación –las negociaciones bilaterales directas, bajo la tutela de EE. UU.– que hace ya mucho perdió su relevancia.

Si bien EE. UU. continúa siendo un actor mundial indispensable, ya no está dispuesto a usar la diplomacia coercitiva en su cruzada por un nuevo orden. Pero no es solo cuestión de voluntad; EE.UU. ha perdido su capacidad para intimidar a otros países, incluso a aliados y clientes, como Israel y la Autoridad Palestina.

Tan solo en Oriente Medio, EE.UU. ha exigido al máximo sus capacidades en dos guerras controvertidas; fracasó reiteradamente en sus mediaciones de paz entre Israel y Palestina; distanció a las potencias regionales claves, y decepcionó en cuestiones como el programa nuclear iraní y la guerra civil siria. Todo esto ha reducido su capacidad para moldear el futuro de la región.

El problema no se limita a Oriente Medio. A pesar de su declarado giro estratégico hacia Asia, la administración del presidente estadounidense, Barack Obama, ha hecho poco por ocuparse de los esfuerzos chinos, cada vez más agresivos, para reivindicar sus reclamos territoriales en los mares de China Meridional y de China Oriental, o las afrentas de Corea del Norte al statu quo en la península coreana. Si sumamos a eso la débil respuesta estadounidense frente a la anexión rusa de Crimea, no sorprende que los líderes israelíes y palestinos hayan desestimado sus tentativas de paz.

El secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, en su apuesta por un acuerdo palestino-israelí, actuó como si la resolución de conflictos pudiera lograrse mediante soluciones no coercitivas, que deriven de la buena voluntad de las partes relevantes. Según este enfoque totalmente ingenuo, el proceso de negociación funciona según su propia lógica incorporada, en forma independiente de las consideraciones de poder, coerción e influencia.

Pero tratar a la fuerza y a la diplomacia como fases diferentes de la política exterior da a las partes negociadoras la sensación de que el poder estadounidense carece de propósito y determinación. La maduración diplomática a veces requiere que el mediador sea manipulador y ejerza presión.

De hecho, los únicos intentos estadounidenses exitosos de diplomacia por la paz en Oriente Medio implicaron una combinación maestra de poder, manipulación y presión. El secretario de Estado, Henry Kissinger, la aplicó para conducir a Israel a acuerdos provisorios pioneros con Egipto y Siria, después de la guerra de Yom Kippur en 1973. El presidente Jimmy Carter la usó para concluir los Acuerdos de Camp David en 1978, que establecieron relaciones diplomáticas entre Egipto e Israel. Y el secretario de Estado James Baker la usó para superar la obstinación del primer ministro israelí Isaac Shamir durante la Conferencia de Paz de Madrid en 1991.

Si EE.UU. no es capaz de proporcionar esto en la actualidad, debe renunciar a su monopolio en la resolución de conflictos internacionales. Es hora de que EE.UU. reconozca que no puede, por sí solo, resolver el conflicto palestino-israelí, desactivar la disputa nuclear iraní, cambiar el comportamiento de Corea del Norte ni detener la guerra civil en Siria.

Durante las últimas dos décadas, el mundo se acostumbró a las coaliciones internacionales dirigidas por EE.UU. para la guerra en Oriente Medio. Estados Unidos ahora debe buscar un tipo de coalición diferente, una que busque la paz. Tal alianza implicaría una mayor participación de los otros tres miembros del así llamado “Cuarteto de Oriente Medio” –la Unión Europea, Rusia y las Naciones Unidas– y de países árabes claves.

En este nuevo paradigma de paz, el conflicto palestino-israelí sería permeable a una solución verdaderamente internacional. Si el programa nuclear iraní requiere negociaciones con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania, y el conflicto de Corea del Norte requiere el así llamado “diálogo de los seis”, ¿por qué debiera la resolución del conflicto palestino-israelí dejarse exclusivamente en manos de EE.UU.?

Como si la profundidad y la duración del conflicto palestino-israelí no fueran suficientes para merecer una solución internacional, también está la cuestión de la desconfianza palestina hacia EE.UU. Para los palestinos, EE.UU. –un aliado incondicional de Israel cuyos líderes tienen fuertes incentivos políticos internos para no desafiarlo– no puede actuar como mediador honesto en las negociaciones.

Bajo un paradigma verdaderamente internacional, los principios subyacentes a un acuerdo de paz –dos Estados a lo largo de la frontera de 1967 (con intercambios territoriales para dar cabida a los bloques de asentamientos israelíes), dos capitales en Jerusalén, una solución acordada al problema de los refugiados y robustos acuerdos de seguridad– podrían ser consagrados en una resolución del Consejo de Seguridad. Después de establecer los términos de un acuerdo justo, la alianza internacional –bajo el liderazgo estadounidense– podría diseñar una estrategia de implementación.

Tal enfoque internacional también requeriría un proceso de paz más amplio, orientado a lograr un acuerdo regional entre Israel y sus vecinos árabes. Esto es crítico, pues el futuro Estado palestino no podría ofrecer a Israel mucha seguridad. Incluso ahora, Palestina es un desafío relativamente menor para la seguridad israelí; las amenazas más formidables, que han persuadido a Israel de aumentar su poder militar considerablemente, provienen de los Estados árabes que lo rodean.

La promesa de un acuerdo regional que ofrezca a Israel la necesaria garantía de seguridad –sin mencionar un impulso considerable a su posición internacional– haría que las dolorosas concesiones, que incluyen compromisos sobre las fronteras y Jerusalén, críticas para la creación de un Estado palestino, fuesen más digeribles para los líderes israelíes. Quienes impulsaron la Iniciativa de Paz Árabe en el 2002 entendieron esto. Tal vez ahora EE.UU. llegue a apreciarlo también.

Shlomo Ben Ami, exministro de Relaciones Exteriores israelí, se desempeña ahora como vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz. Es autor de Scars of war, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí). © Project Syndicate.

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