Opinión

El nuevo objetivo del emperador

Actualizado el 30 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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NUEVA DELHI – El emperador japonés, Akihito, y la emperatriz, Michiko, en un viaje excepcional al exterior, deben iniciar una gira por las ciudades indias de Nueva Delhi y Chennai este 30 de noviembre. La visita de una semana de la pareja imperial probablemente marque un momento decisivo en las relaciones indo-japonesas, fomentando vínculos económicos y de seguridad más estrechos entre las dos principales democracias de Asia en su búsqueda de un orden asiático pluralista y estable.

Tradicionalmente, una visita del emperador japonés –excepto en el caso de una coronación o la celebración de un aniversario real– significaba un punto de inflexión en una relación bilateral. Si bien el emperador es simplemente el “símbolo del Estado” según la Constitución de posguerra impuesta por Estados Unidos, conserva una influencia significativa, debido a la veneración japonesa de la dinastía imperial –la monarquía hereditaria continua más antigua del mundo, cuyos orígenes se pueden rastrear en el año 660 a. C.–. De hecho, las visitas del emperador al exterior siguen siendo profundamente políticas, y establecen el tono –si no la agenda– para la política exterior de Japón.

Tomemos por caso la visita de Akihito a China en 1992 –la primera visita de ese tipo realizada por un emperador japonés–. El gobierno del líder chino Deng Xiaoping –agradecido por la renuencia de Japón a mantener sanciones punitivas por la masacre de la plaza Tiananmen en 1989 y ansioso por un reconocimiento internacional, para no mencionar su interés en el capital y las tecnologías comerciales japonesas– había extendido siete invitaciones en el transcurso de dos años.

Al viaje de Akihito, que se produjo en el ápice de la política exterior pro China de Japón, le siguió una mayor ayuda, inversión y transferencia de tecnología japonesas, lo cual permitió cimentar el papel que ejerció Japón en el ascenso chino. Esos mejores términos en la relación diplomática se prolongaron hasta el reciente recrudecimiento de las disputas territoriales y otras contiendas bilaterales.

Si bien ningún emperador japonés ha visitado la India antes, la relación bilateral es profunda. En la cultura tradicional japonesa, la India es Tenjiku (el país del cielo). Hoy, Japón es la principal fuente de ayuda de la India y ha venido ejerciendo un papel clave a la hora de respaldar el desarrollo de infraestructura, financiando proyectos como el Western Dedicated Freight Corridor, el Delhi-Mumbai Industrial Corridor y el Bangalore Metro Rail Project.

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Frente a estos aliados naturales que buscan sumar peso estratégico a sus lazos que se multiplican rápidamente, la gira de Akihito es la visita más significativa a la India realizada por un líder extranjero en los últimos años. De hecho, se espera que sea uno de los últimos viajes al exterior del emperador, de 79 años, que se ha sometido a varias cirugías importantes en los últimos diez años.

El cronograma de viajes de Akihito contrasta marcadamente con el del primer ministro indio, Manmohan Singh. A pesar de haber sufrido una cirugía a corazón abierto durante su primer mandato, el líder de la India, de 81 años, intentó compensar el bajo capital político en su país volando más de un millón de kilómetros en viajes al exterior, que incluyeron visitas a Japón, China, Indonesia, Rusia, Tailandia y Estados Unidos solo en los últimos seis meses.

La paradoja de la gira de Akihito –para la cual Singh nombró un enviado especial con rango ministerial, a quien le encomendó la tarea de supervisar los preparativos– es que Japón está invirtiendo un capital político sustancial para construir una relación sólida y a largo plazo con el Gobierno de la India, en un momento en que esta se halla atrapada en una parálisis política. Los líderes de Japón tal vez cuenten con la continuidad de las políticas estratégicas de la India, que le exigirán al gobierno indio que surja de las elecciones generales del próximo año mantener el impulso de cooperación.

Sin embargo, lo más importante es que Japón se está adaptando para enfrentar los desafíos de un contexto regional que cambia de manera acelerada y que está caracterizado por una creciente rivalidad geopolítica con China. En un cambio de rumbo histórico, Japón volvió a descubrirse a la defensiva frente a la política exterior cada vez más poderosa de su antigua colonia y rival de larga data.

Esta situación está obligando al Gobierno japonés a reconsiderar su pacifismo de posguerra, revisar su estrategia de defensa y aumentar su gasto militar. En este contexto, Japón sabe que una colaboración estratégica más profunda con la India –que también intenta sofocar la creciente presión militar de China– es lo que mejor puede hacer.

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En la historia moderna, Japón se ha distinguido siempre por estar a la delantera del resto en Asia. Durante la era Meiji, en la segunda mitad del siglo XIX, se convirtió en el primer país asiático en modernizarse. También fue el primer país asiático en surgir como potencia mundial, derrotando en sendas guerras a la China gobernada por los manchúes y a la Rusia zarista. Y, después de su derrota en la Segunda Guerra Mundial, Japón surgió de las cenizas para transformarse en el primer puntal económico global de Asia.

Con un PIB per cápita de más de $37.000, Japón sigue estando entre los países más ricos del mundo, focalizado en los lazos de más alto valor de las cadenas de suministro globales. Y la desigualdad de ingresos en Japón se encuentra entre las más bajas de Asia.

No obstante, casi dos décadas de estancamiento económico han erosionado la influencia regional de Japón. Esto plantea el interrogante de si los problemas actuales de Japón –un crecimiento muy lento, una alta deuda pública y una población que envejece rápidamente– presagian una tendencia similar en todo el este asiático. Problemas similares ya están apareciendo en Corea del Sur, mientras que China se ha visto obligada a relajar su política de un solo hijo y difundir planes de reformas económicas destinadas a reanimar el crecimiento.

Para la India, Japón es indispensable como un socio tanto económico como de seguridad. Es central para la política de “mirar hacia el este” de la India, que ha evolucionado para convertirse, más bien, en una política de “actuar hacia el este”, por la cual la lógica económica de la estrategia original se ha visto amplificada por el objetivo geopolítico más trascendente de asegurar la estabilidad asiática y un equilibrio regional del poder. Es en este contexto que debería analizarse la visita histórica de Akihito.

Brahma Chellaney es profesor de Estudios Estratégicos en el Centro para la Investigación de Políticas con sede en Nueva Delhi. © Project Syndicate.

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