16 octubre, 2014

En relación con el editorial de La Nación del 3 de setiembre y con una serie de reportajes que han sido publicados recientemente en este medio, en los cuales se discuten las consecuencias de la depresión y sus necesidades de tratamiento, conviene ampliar algunos aspectos importantes sobre el mejor modelo de atención.

Desde hace varios años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha asumido la postura de que la depresión es un problema de salud pública y que las acciones deben estar centradas en reducir la brecha de tratamiento en salud mental. Este concepto se refiere a la diferencia que existe entre el número de personas que tienen un padecimiento psiquiátrico que genera importante disfunción en cualquiera de los ámbitos de la vida de la persona, y el total de individuos que reciben el tratamiento adecuado para esa condición; se sabe que es particularmente elevada en países de medianos y bajos ingresos, entre los cuales se encuentra Costa Rica.

Debido a que múltiples investigaciones han demostrado que la depresión es más frecuente en la atención primaria que en la población general, a que el número de profesionales y recursos en salud mental es limitado y siguiendo conceptos básicos de accesibilidad y equidad en la atención, es precisamente en esa instancia en donde conviene centrar los mayores esfuerzos.

Abordaje colaborativo. Tal y como se menciona en el editorial, en nuestro país, hace algún tiempo se vienen entrenando a grupos de profesionales de atención primaria en temas de salud mental, mediante una metodología propuesta por la OMS y conocida como mhGAP. Desafortunadamente, y a pesar de las buenas intenciones y del cambio que se está gestando, la evidencia científica no respalda el uso de este tipo de estrategias. Un metanálisis reciente de Simon Gilbody deja en claro que un modelo educativo como el anterior no tiene impacto alguno en el control de la depresión en los pacientes.

La evidencia, por el contrario, plantea que el modelo con mejores resultados en el control de la depresión en el corto y largo plazo, y que es costo-efectiva en comparación con el manejo usual, es el abordaje colaborativo.

Una intervención de este tipo consta al menos de los siguientes tres elementos: tamizaje sistemático para la depresión u otras condiciones psiquiátricas; la presencia de un gestor de casos que realiza el monitoreo longitudinal de los síntomas, valora la respuesta al tratamiento y coordina el seguimiento de los usuarios; y la existencia de acciones escalonadas por parte del equipo supervisado por el especialista en psiquiatría.

Más de 43 investigaciones, dos de ellas en medios latinoamericanos, y un metanálisis también de S. Gilbody, han demostrado su efectividad. En Estados Unidos, país pionero en esta propuesta, se discute ya si su generalización deberá ser parte de la reforma en el sistema de salud.

Las acciones en nuestro medio también deben sustentarse en la mejor evidencia científica disponible, si realmente se pretende reducir la brecha de tratamiento en salud mental. Considerando la enorme ventaja que ofrece la amplia cobertura de la atención primaria, la CCSS y el Ministerio de Salud deben cuestionarse si el viraje en el modelo de atención en salud mental debería enfocarse en el abordaje colaborativo.

Por el momento, es urgente considerar en el mediano plazo su instauración a través de un plan piloto, y de esta manera obtener conclusiones preliminares autóctonas que permitan tomar medidas más generalizadas.

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