Opinión

Las nuevas fronteras de la lealtad

Actualizado el 20 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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Las nuevas fronteras de la lealtad

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LONDRES – Este es un momento complicado para ser un Estado, y un momento aún más complicado para ser ciudadano. El Estado-nación, que es el proveedor clásico de seguridad y bienestar básicos a cambio de la lealtad de los ciudadanos, está bajo amenaza en el ámbito doméstico y como unidad fundamental de los asuntos internacionales.

En la actualidad existen nuevos tipos de asociaciones y lealtades que desafían el papel tradicional del Estado. Algunas de estas nuevas lealtades son geográficas. Solo en Europa, hay por lo menos 40 aspirantes a ser como Escocia, es decir, lugares que quisieran buscar algún tipo de separación de los países en los que ahora se encuentran. Otras lealtades se basan en otras identidades creadas por las afinidades, no solo por las afinidades religiosas o étnicas, sino por las basadas en intereses comunes, como, por ejemplo, afinidades comerciales y políticas. Hoy en día, muchos más de nosotros apoyamos a una ONG en comparación a quienes son miembros de partidos políticos.

En resumen, nuestras lealtades, sobre todo en Occidente, muy rara vez en el pasado parecieron estar más divididas de lo que hoy están. Amartya Sen, premio nobel de economía, ha argumentado que podemos aprender a vivir con estas múltiples identidades e, incluso, prosperar con la diversidad de ciudadanías y lealtades que nos permiten tener.

Pero esta diversidad no es totalmente benigna. Muchos de nosotros trabajamos para –o somos titulares de– acciones en organizaciones comerciales que parecen prestar poca atención a las autoridades impositivas y regulatorias nacionales. Y, en gran parte de Occidente, los Estados se adhieren a modelos de provisión de bienestar que decepcionan cada vez más a sus ciudadanos y son a menudo inasequibles. Una reordenación global del crecimiento económico está castigando a los modelos de gobernanza de los países desarrollados, modelos que son de alto costo, alta imposición de impuestos y altos beneficios.

Las deficiencias de los Estados occidentales se tornan llamativamente evidentes cuando se las compara con las de Estados en otras partes del mundo que son sólidos supervivientes y adaptadores. China representa lo que podría llamarse el “Estado de seguridad económica”: un Estado que trata de canalizar el ahorro interno hacia el consumo de los hogares para sostener el crecimiento del PIB y el apoyo popular, mientras que, simultáneamente, usa su poder de inversión en el extranjero para asegurar el suministro de las materias primas y la energía que sustentan su industrialización.

Bajo el liderazgo del primer ministro, Narendra Modi, la India puede llegar a ser un imitador que semiadmira a China. Rusia, por el contrario, es un “Estado de seguridad nacional” más clásico, que ahora toca las cuerdas de las ansiedades occidentales, cual si fuesen las cuerdas de un violín, para consolidar su férreo control en Ucrania y suprimir la oposición interna con una marea de nacionalismo oficialista.

Así que vivimos en un mundo que se encuentra en una situación de desorden evolutivo. Mientras que algunos en Occidente pueden añorar el regreso de un Estado fuerte y unificador, la mayoría de nosotros reconocemos que no va a volver. De hecho, algunos sostienen que un mundo donde prima la inventiva y el internacionalismo, y las personas se interconectan por causas e intereses compartidos, probablemente tenga mayor resiliencia que un mundo hacinado –y cada vez más restringido– dentro de la caja que es el Estado nacional.

En ese sentido, el éxito económico alcanzado en China o en la India puede significar la ruina para estos Estados, en la medida en que las aspiraciones políticas de la clase media hacen que las actuales formas de organización sean consideradas como disfuncionales. A la inversa, también puede ocurrir que lleguemos a encontrarnos en un mundo cuya mitad oriental esté organizada dentro de fuertes estructuras estatales autoritarias, y donde Occidente adopte modelos de asociación post-estatistas.

La pregunta que la gobernanza internacional debe responder es cómo proporcionar reglas y un marco institucional en un mundo de estructuras organizativas que compiten unas con otras. La respuesta de los políticos es tristemente predecible: al estar frente a las renacientes Rusia y China, no es el momento de abandonar a nuestros Estados y a nuestra diplomacia, y dejarlos a su suerte.

Sin embargo, los viejos sistemas ya no ofrecen respuestas útiles, tal como lo ha demostrado Rusia al no hacer caso de lo dispuesto con respecto a Ucrania por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –que es el altar mayor del sistema internacional basado en el Estado– y al llevar a dicho Consejo a un callejón sin salida en el asunto de Siria. Y, lejos de las estruendosas vociferaciones de los políticos de Rusia, lo que probablemente más quieren los rusos, al igual que los estadounidenses o chinos, es un orden internacional pacífico y predecible que les permita dar sustento a sus familias y disfrutar de los beneficios de la edad de oro de la tecnología y el comercio global.

Un mundo, en el que el poder duro de los Estados está en rivalidad con el poder blando de las ideas transnacionales, la invención y las finanzas, necesita reglas. Todos vamos a pagar muy caro –en las facturas de los presupuestos de defensa y, sobre todo, en la pérdida de oportunidades a nivel mundial–, si no nos disponemos a reunir el valor necesario para diseñar un orden mundial en el que los actores no estatales desempeñen un papel formal. De lo contrario, estaríamos invitando a los Estados a proseguir en un abordaje en el que “quien tiene el poder, tiene la razón” y a reducir las acciones coordinadas sobre, por ejemplo, la regulación financiera y el medioambiente, que son acciones que el mundo requiere ahora.

Por supuesto, los Estados no tienen el monopolio en lo que se refiere a una mala conducta. La actividad económica transnacional ha dado la oportunidad –no solo a las empresas, sino también al crimen organizado y a otros– de liberarse, en los hechos, del cumplimiento de las regulaciones. En la actualidad, Estados Unidos ha dado un paso para abordar estas violaciones, apoyándose en el uso extraterritorial, y menudo es draconiano, de su sistema de justicia y control con respecto al sistema bancario internacional, imponiendo crudamente la justicia por sus propias manos.

Eso no basta. Lo que se necesita es un sistema legítimo de reglas, normas e instituciones, ideado por los interesados del ámbito privado, así como por los interesados de los Gobiernos, que refleje la emergente naturaleza global de la actividad económica, política y social a medida que el viejo Estado pierde su predominio y debe coexistir con un mosaico de estructuras de asociación que no son estatales.

Mark Malloch Brown, exvicesecretario general de la ONU y exministro de Estado de Relaciones Exteriores del Reino Unido para África, es miembro del Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial sobre Gobernanza Global. © Project Syndicate.

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