Opinión

La nueva prudencia de Putin

Actualizado el 30 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

A diferencia de China, Rusia no ha intentado limitar la corrupción en sus altos mandos

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WASHINGTON, DC – Este año Rusia ha tenido la economía con peor desempeño del G20: sufrió una contracción del 3,8 % según la última estimación del Fondo Monetario Internacional y, fácilmente, podría haberle ido peor. El presidente, Vladimir Putin, afirma que hay continuidad en sus políticas económicas pero, de hecho, ha cambiado sabiamente de rumbo, limitando el daño que hubiera ocurrido de lo contrario.

A fines de 2014 Rusia fue presa del pánico financiero. El Banco Central de Rusia (BCR) respondió al colapso de los precios del petróleo con la flotación del rublo, que inmediatamente perdió la mitad de su valor. Los rusos se lanzaron desesperadamente a comprar lo que pudieron antes de que su dinero perdiese todo su valor. La inflación se disparó al 16%.

La receta de Putin –ofrecida durante su conferencia de prensa anual televisada en diciembre pasado– no fue tranquilizadora: “Usaremos las medidas que aplicamos, con mucho éxito, en el 2008”. Se refería a la respuesta rusa a la crisis financiera, cuando puso en marcha el mayor estímulo fiscal del G20: de al menos el 10% de su PIB. El resultado: el PIB cayó el 7,8%, la mayor baja en el G20. En pocas palabras, Putin proponía reiterar una política fallida.

Afortunadamente para Rusia, no llevó a cabo su promesa. En 2008-2009, el BCR implementó una política de devaluación gradual y rescató a todas las grandes corporaciones estatales y privadas, independientemente de su desempeño. Esta vez Rusia mantuvo un tipo de cambio flotante y conservó sus reservas.

El BCR estabilizó el mercado con una fuerte alza repentina de su tasa de interés y desde entonces ha estado reduciéndola gradualmente, como lo haría cualquier banco central competente.

Rusia sí adoptó un paquete de estímulo anticrisis; pero representó tan solo del 3,5% de su PIB, un tercio del paquete del 2008. Y aunque el gobierno ruso señaló algunas empresas como “estratégicas”, en realidad les dio muy poco dinero. Muchas grandes empresas, principalmente en los sectores de la construcción y la aviación, se vieron obligadas a quebrar. Se ha restablecido en alguna medida la destrucción creativa que a fines de los años 1990 brindó a Rusia una década de crecimiento estratosférico, aunque la vida es un poco menos segura para los ricos rusos.

Desde la expropiación de la empresa petrolera Yukos en el 2004, la política de Putin venía siendo extremadamente benevolente con las grandes empresas estatales: el Estado financió sus compras y proyectos de inversión con ingresos aparentemente inagotables provenientes del petróleo. Pero ahora, con la brusca caída del precio de los combustibles fósiles, los ingresos de Rusia por exportaciones se han desplomado un 30% este año y los fondos estatales se han vuelto muy escasos.

Algo tenía que cambiar y, para crédito de Putin, no fue el conservadurismo fiscal. Se prevé que este año el déficit presupuestario ruso será tan solo el 2% de su PIB y que aumentará al 3,5% en el 2016; un desempeño sorprendentemente sólido, considerando que el país ha debido capear una conmoción comercial y sanciones financieras internacionales.

El gobierno ha decidido usar entre $40.000 millones y $45.000 millones de su fondo de reserva para financiar el presupuesto. Pero Rusia puede permitírselo, sus reservas internacionales totales son actualmente de $364.000 millones, y su deuda pública, apenas representa el 14% de su PIB.

Para lograr esto, Putin ha debido abandonar algunos de los tabúes de su régimen. Durante los primeros 15 años de su gobierno, el nivel de vida de los rusos aumentó continuamente, pero cayó bruscamente desde noviembre del 2014 y los salarios reales se desplomarán el 10% este año. Las pensiones también están cayendo en términos reales, y el gasto en salud y educación se reducirá el 8% el año entrante.

Las empresas estatales también se han visto afectadas. Gazprom, Rosneft (que absorbió a Yukos) y Ferrocarriles Rusos han suplicado públicamente por dinero del gobierno. En diciembre pasado, Putin aceptó un complejo esquema de financiamiento para Rosneft. Pero para agosto estaba claro que los tres gigantes corporativos solo recibirían una pequeña parte de lo que deseaban. El poderoso director de Ferrocarriles Rusos, Vladimir Yakunin, un supuesto exfuncionario de la KGB y amigo de Putin, fue despedido.

Dadas las sanciones financieras impuestas por Occidente, el esfuerzo de Putin para preservar los fondos estatales es completamente sensato. Sin embargo, no se debe exagerar el significado de esos cambios. Su impacto macroeconómico es sustancial, pero no hay reformas sistémicas en la agenda. A diferencia de China, Rusia no ha intentado limitar la desenfrenada corrupción en sus altos mandos. Tampoco ha hecho nada para fortalecer el imperio de la ley.

Decenas de miles de empresarios rusos presumiblemente inocentes esperan ser juzgados debido a que oficiales de las fuerzas de seguridad desean quedarse con sus empresas. El proteccionismo prolifera a medida que Rusia impone aún más sanciones comerciales.

La gran pregunta es cómo responderán los rusos cuando se den cuenta de que el empeoramiento de su nivel de vida no es temporal, como fue el caso en 1998. En el 2014, el PIB ruso fue de $2,1 billones (al tipo de cambio actual), pero se ha desplomado hasta los $1,1 billones. Estos números no reflejan el poder adquisitivo, pero la clase media rusa mide sus salarios en dólares.

Hasta el momento, la reacción del público ha sido débil, pero una protesta de los camioneros rusos por un nuevo peaje en las autopistas, que duró dos semanas, sugiere que la quiescencia popular tal vez no se mantenga.

En su conferencia de prensa de diciembre pasado, Putin dio a conocer sus expectativas: “En el peor de los casos, creo que (la crisis) durará un par de años (...). Después de eso, el crecimiento es inevitable debido a los cambios en la situación económica en el extranjero, entre otras cosas. Una economía mundial en crecimiento necesitará recursos energéticos adicionales”. En diciembre de este año, Putin afirmó que “la situación actual es complicada, pero no crítica”.

Eso ya no resulta creíble. La economía rusa ya se estaba estancando aun antes de que los precios mundiales del petróleo se vinieran abajo y la mayoría de los expertos prevén que los precios del sector energético continuarán siendo bajos durante años. Esto enfrenta a Putin con un desafío que nunca antes tuvo que superar: liderar a Rusia en un momento en que la luz al final del túnel brilla por su ausencia.

Anders Åslund es investigador superior en el Atlantic Council. © Project Syndicate 1995–2015

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