El sistema privilegia los datos aprendidos sin posibilidad de someterlos a valoración crítica

 17 abril, 2016

Terminé el colegio hace cuarenta y seis años. Durante la primaria y la secundaria, en aquella época, el método de enseñanza era muy básico: la maestra o el profesor nos transmitían unos datos que nosotros debíamos archivar en la memoria y repetir cada vez que nos hacían la respectiva pregunta sobre el tema en cuestión. El olvido era el peor, sino el único, de los errores.

Hoy, más de cuatro décadas y media después, cuando el destino me dio el honor de actuar como padre de dos niñas que ya están en primaria, descubro con preocupación que el método de enseñanza en la escuela costarricense sigue siendo el mismo: la memorización de datos descontextualizados y “aprendidos” sin posibilidad alguna de someterlos a una valoración crítica.

Hoy, en el 2016, en una Costa Rica globalizada, que tiene que competir con profesionales y técnicos del resto del mundo, incluido el mundo desarrollado, nuestros niños y jóvenes siguen recibiendo una educación propia de los inicios del siglo XIX: el maestro o el profesor dictan los datos, el niño o el joven los memoriza y, cuando se le pregunta, debe repetirlos. Nada más.

Hoy, cuando en el mundo desarrollado el conocimiento se acerca a los estudiantes dentro de un contexto, con el fin de que comprenda lo que aprende y pueda someterlo a una valoración crítica –conscientes de que el conocimiento es un hecho constante y vivo y no una piedra muerta– y, si es del caso, innove a partir de lo que aprende y comprende, nosotros seguimos apelando a la memoria como único instrumento intelectual del ser humano para guardar datos y repetirlos como loros cuando se nos pregunta.

¿Es así como pretendemos ingresar a la OCDE y mantenernos en ella? ¿Es así como pretendemos competir con las economías más desarrolladas y ser exitosos frente a profesionales y técnicos de otras naciones educados para pensar e innovar? ¿Es así como pretendemos sacar el mayor provecho a los tratados de libre comercio que tenemos con más de cincuenta naciones, entre ellas algunas de las economías más desarrolladas del mundo? ¿Es a punta de memoria y repetición como pretendemos convertirnos en un país de innovadores y emprendedores exitosos?

Ya sé que sobrarán quienes me respondan que ya estamos siendo exitosos porque las inversiones extranjeras que han venido lo han sido, en buena medida, por la elevada calidad de nuestro recurso humano. Sí, pero ¿cuántas de nuestras universidades están entre las mejores 50 del mundo, cuántos de nuestros colegios entre los primeros 100, cuántas de nuestras escuelas entre las primeras 500?

Mejor aún: ¿Cuál es la ubicación de nuestro sistema educativo en relación con los países del resto del mundo?

Quizá lo mejor sería reconocer que, en métodos y contenidos, tenemos un sistema educativo decimonónico, incapaz de responder a las exigencias básicas que el mundo real, actual y globalizado les plantea a nuestros hijos aquí y en el resto del mundo.

Si seguimos satisfechos comparándonos con los países de la región, vamos a terminar pareciéndonos a ellos.

El autor es abogado.