Hasta llegué a creer que los personajes de los murales llegarían a cobrar vida

 23 febrero

El anuncio publicitario de un candidato presidencial me alertó sobre el hecho de que en la CCSS “después de las 4 de la tarde los hospitales y las clínicas se cierran; solo trabajan para emergencias”. Y yo, como paciente en fila de cirugía, ¡no era una emergencia!

Estuve en espera para un procedimiento quirúrgico y me fui a internar un domingo a las 9 a. m. para ser operada el día después. Pasé parte de los días previos fantaseando. Imposible no tener como referente a Ben Stiller y su Noche en el museo .

Imaginé a doña Julita Fernández de Cortés con las señoras y chiquitos de la Casa de la Madre y el Niño recorriendo los pasillos; a Ivonne Clays y al Dr. Calderón Guardia hablando del legado del cardenal Mercier en la vieja casona patrimonial; a Jadwisia Michalsky hablándole al oído a su hijo presidente para impulsar la apertura del que fuera llamado “Hospital Central”, y contando sus historias como primera pediatra que ejerció en América Latina.

Hasta llegué a creer que los personajes de los murales llegarían a cobrar vida, y, entonces, gracias a don Paco Amighetti, podría tener una amena conversación con Clorito Picado sobre las historias que me contó alguna vez su colega y discípula Elba Malavassi, mi querida y recordada tía. Me dispuse a vivir la aventura de estar de 4 p. m. a 7 a. m. en un hospital cerrado. Demasiadas horas, pero justas para dejar volar la imaginación.

Sin pertenencias. En el proceso previo al internamiento, me habían indicado que no podía llevar ni celular ni reloj y que no conservaría ninguna pertenencia personal, incluida la ropa (que debía recoger mi acompañante cuando me dieran la bata de hospital). Así, ya enfundada en el típico atuendo de paciente, ingresé a “mi cuarto”, con dos objetos del mundo exterior: mis anteojos y un libro.

El cuarto era sencillo; de las cuatro camas disponibles me darían una: la número seis. Al ver las sábanas limpias me acordé de las historias del Dr. Miranda sobre las diferencias existentes entre hospitales de la CCSS y de la JPS, cuando no se había dado el traspaso hospitalario, por las grandes carencias económicas de esta última que hacían que faltaran hasta sábanas.

Esa mañana ingresó la paciente de la cama contigua y dos quedaron vacías. Varios minutos después, una enfermera escribió en una pizarra acrílica nuestros nombres.

Tenía que entretenerme hasta las 4 p. m. Nadie se puede imaginar el acierto que puede resultar llevar el libro equivocado: me resultó tan aburrido que me durmió. Así, pasé las horas leyendo un somnífero y comiendo puntualmente una sana y deliciosa comida. Yo soy golosa; sin duda.

A mediodía, me desperté con el suculento aroma de un arroz con pollo; me lo comí y pensé: el ayuno empieza ya, porque “el hospital cerrará a las 4 p. m.”.

Pero justo a media tarde fue un café bien hecho el que me sacó de la somnolencia inducida por el libro que insistentemente intentaba terminar. Di por un hecho que el cafecito con galleta sería mi última comida del día, y tal vez, de la vida: ¡nadie lo sabía entonces!

Pero ¡el hospital no cerró a las 4 p. m.! De la misma forma en que lo habían hecho anteriormente, continuaron las enfermeras y auxiliares de enfermería con su trabajo: toma de temperatura, toma de presión, anotaciones en el expediente. Para mi grata sorpresa, a la hora de la cena me llevaron un caldo de carne que merecía una estrella Michelin: ¡el mejor que he probado en mi vida! El personal siguió con su trabajo.

A las 4 a. m. del lunes, me despertaron para que tomara una pastilla. Media hora después me estaba bañando en un espectacular chorro de agua que me transportó a una catarata de aguas termales en la Fortuna de San Carlos.

La mañana fue más compleja: ya yo estaba en ayuno cuando repartieron las primeras viandas. Entendí por qué Pavlov es uno de los Premios Nobel más reconocidos… Siguieron pasando turno enfermeras, auxiliares, internos; toma de signos vitales; notas de expediente. Las dos camas vacías fueron ocupadas por dos pacientes de ingreso a cirugías ambulatorias, que son las que se hacen con ingreso en la mañana y egreso en la tarde, por su poca complejidad.

Mi cirugía estaba programada para las 9.30 a. m., pero se atrasó… Y nos dieron las 10 y las 11 y las 12 y… yo cantaba con Sabina mientras esperaba en esas horas de minutos eternos.

En los hospitales públicos esto ocurre porque, ante una emergencia, el quirófano es usado para atenderla y las cirugías programadas se retrasan. A la 1 p. m., un cirujano llegó a mi cama; se presentó amablemente. No era el médico que me había valorado, sino el que tenía como tarea operar ese día. Me contó cómo sería la operación y me dijo: ya casi nos vemos en el quirófano.

Perdida y encontrada. Salí de la operación y “me perdieron”. Yo no esperaba visitas. Mamá estaba advertida de que no quería verla en el hospital para evitarle los riesgos que suponía tal visita y mis amigos sabían que el procedimiento era de un día para otro y que habría tiempo para vernos luego; pero mi amiga Karina decidió ir y ¡no me encontró! Nadie daba razón de mí.

En el quirófano le dijeron que la cirugía había sido realizada, pero en el salón de recuperación no aparecía, tampoco en cuidados intensivos, ni en los quirófanos del otro lado del hospital, ni en el salón donde había hecho el internamiento y al cual debí regresar. En algún momento alguien explicó que tal vez podía estar en un salón que no es recuperación, donde también van pacientes cuando hay demasiados… Así “aparecí”.

En el hospital se trabaja a tal punto que los espacios se vuelven pequeños, y a veces se improvisan salones para sacar adelante la tarea.

Regresé a “mi cama” a alguna hora después de las 4 p. m. y el hospital continuaba abierto; tampoco lo habían cerrado. Allí, seguían enfermeros, auxiliares, internos, residentes, todos haciendo su trabajo con devoción y esmero (en mi caso, incluía la puesta de sueros y analgésicos, toma de signos y eliminación de una sonda); eran tantos y tan laboriosos, que no hubo forma de que los antiguos habitantes del hospital patrimonial aparecieran, surgidos de alguna forma desde la nada y el más allá.

No cierran a las 4. En la madrugada del martes, el personal seguía trabajando. Me llevaron un té de manzanilla que me supo a gloria. Antes de las 7 a. m. ya había pasado su visita el interno. Me anunciaron la firma de la salida para la 1 p. m. Terminé saliendo casi a las 5 p. m., en otro día en que el hospital tampoco cerró a las 4 p. m.

Juro por Dios que no he estado delirando. Tanto así que puedo contar que el servicio de “limpieza” me alarmó: no barren, no sacuden y limpian mal: en tres días no vi a nadie mover un mueble para pasar el palo de piso; solo los vi pasar un trapo mojado sin pasar de previo escoba o aspiradora, y sin haber sacudido nada.

Pero de la misma manera puedo atestiguar que tres días y dos noches de internamiento me permiten decir que –contra lo advertido y dado por un hecho– el hospital nunca cerró a las 4 de la tarde y funcionó como un espacio de trabajo, de servicio, de estudio, de investigación, con estudiantes, personal médico y de enfermería comprometidos, trabajando en turnos y haciendo guardias para dar una atención continua, y logrando que, contrario a las expectativas creadas, no me haya visitado ninguno de los personajes de mi imaginario que bien deseaba encontrar.

Yalena de la Cruz de odontóloga.