Opinión

La noche en que mataron a Arturo Velázquez

Actualizado el 07 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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La noche en que mataron a Arturo Velázquez

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No sé los detalles, no estuve ahí. En todo caso, yo era apenas un niño entrando en la adolescencia cuando sucedió… Tampoco conocí demasiado a don Arturo, quien vendía repostería casera, y yo era uno más de su asidua clientela. El apetito nunca me abandonó, pero no puedo decir lo mismo del lugar donde nací: los adultos me decepcionaron de muchas maneras, especialmente cuando decidieron empezar a matarse, una vez más, en ese lugar convulso, que nunca he comprendido del todo hasta el día de hoy.

Según supe hace poco, un guardia nacional de Somoza, apodado Gallina, acompañado de otro esbirro, cuyo nombre no recuerdo, pero que fue fusilado durante la insurrección de 1979, sacó a don Arturo de su casa y, por supuesto, sin orden judicial le disparó una ráfaga de metralleta en la calle durante la madrugada. Una ejecución sumaria que nadie se molestó en investigar ni encubrir. Una barbarie más en una fila interminable de atrocidades, en las que la crueldad parece solícita en atender a quien la requiera, pese a la bondad natural de la mayoría de la población no dirigente.

Muerte dolorosa. Lo asesinaron por ser miembro del Partido Conservador, opositor a Anastasio Somoza Debayle. Esta muerte fue tan dolorosa como lo fueron todas las demás: miles de fallecidos y desaparecidos. Lo que vino después tampoco fue poca cosa: separaciones, más dolor, servicio militar obligatorio, más guerra, nuevos decesos y una franja enorme de exilio, tanto externa como interior.

En diciembre del 2013 estuve en Nicaragua y, aunque he ido antes, no pude evitar advertir que miraba la realidad con los ojos de un extranjero. Treinta y dos años después de haber partido, mis afectos permanecen intactos, pero mi mentalidad es costarricense, al igual que mi gratitud y mi sincera valoración de nunca dar por sentado que la democracia es algo gratis, sino que es preciada y debe ser amada como a una mujer virtuosa.

Me siento orgulloso de mis raíces “darianas”, de los recuerdos en la finca de café de mi padre, de la simplicidad con que se otorga la hospitalidad en la tierra de lagos y volcanes, de las sonrisas sinceras; sin embargo, confirmo que el reino de la ignorancia en todo el mundo es propiciado por quienes detentan el poder, pues el conocimiento provoca libertad verdadera y eso evita el sometimiento.

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Nuevos ricos. Gallina fue visto por última vez en un supermercado de Managua, hace algunos años, por un familiar que lo reconoció. Dicen que se escabulló, como un espectro urbano, en menos de un segundo. Los pobres de entonces siguen siendo pobres, solo que ahora son más numerosos, y ha emergido una nueva clase económicamente boyante al amparo del poder político. Se reconocen fácilmente porque actúan y se ven como nuevos ricos, ostentan y son escoltados por un séquito servil.

Desde que el mundo es mundo hay quienes buscan servirse de los puestos que dicen buscar para servir a los demás; sin embargo, hay gente de buena fe que murió por una causa improbable… en noches estrelladas como estas.

Hace muchos años, un buen hombre fue sacado de su hogar y ultimado a mansalva frente a su familia. Me pregunto: ¿para qué? ¿Acaso realmente algo ha cambiado?

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