Opinión

La noble misión de la FAO

Actualizado el 18 de enero de 2015 a las 12:00 am

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La noble misión de la FAO

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La Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición (CIN2), celebrada en Roma recientemente, reservaba para el segundo día un momento muy especial, para mí particularmente: el papa Francisco visitaría por primera vez la sede central de la FAO, en la capital italiana, y nos acompañaría.

Su Santidad llegó a nuestras oficinas y generó una enorme expectación. Lo recibí en la entrada principal y caminamos unos pasos juntos hasta que se detuvo en el vestíbulo, frente a las placas donde está inscrito el preámbulo de la constitución de la organización en los seis idiomas oficiales.

El Pontífice leyó en voz alta: “Elevar los niveles de nutrición y la calidad de vida de las personas, y liberar a la humanidad del hambre”. Se volvió hacia mí y me dijo: “¡Qué noble misión!”.

El Santo Padre repitió estas palabras en su discurso a los participantes de la CIN2, que incluía ministros y delegados de más 170 países.

El mensaje del Papa fue claro: La erradicación del hambre, uno de los principales propósitos que motivaron la creación de la FAO, no se logrará si no está guiada por el principio de solidaridad.

Egoísmo. El papa Francisco aseguró que existe una gran falta de solidaridad entre los Estados y, consecuentemente, entre las personas que habitan en ellos. Si se mantiene, la solución para el hambre y la malnutrición difícilmente dejará de ser un compromiso y nunca se traducirá en acciones concretas.

Como afirmó el Pontífice, la mera elaboración de leyes –las que garantizan el derecho a la alimentación y a la vida, por ejemplo– no siempre tienen un impacto positivo en las necesidades de las personas que pasan hambre.

No pude evitar pensar en lo que digo siempre: a pesar de que producimos alimentos suficientes para todos, una de cada nueve personas pasa hambre en el mundo; o sea, la solidaridad –el concepto clave del discurso del Papa- es más que una recomendación.; es un llamamiento a los Gobiernos, a las entidades, a las empresas y a las personas. Es un imperativo moral repartir la riqueza, las rentas y, por supuesto, los alimentos.

La falta de solidaridad, como dijo el Papa en su intervención, es fruto de la prevalencia de los beneficios y de la prioridad atribuida al mercado. Mientras los alimentos sigan reducidos a la condición de mercancía, los pobres y los hambrientos continuarán esperando para ejercer sus derechos mínimos y tener medios de vida decentes.

Desigualdad. Me gustaría destacar también otra reflexión del papa Francisco en su discurso: existe un desequilibrio en la distribución de la comida, pero también en cómo nos alimentamos. Al mismo que tiempo que alguna gente no come lo suficiente, otra come de forma inadecuada o excesiva.

Por eso quiero reiterar nuestro mensaje principal de la CIN2: la nutrición debe ser considerada un asunto público. La malnutrición es una de las mayores amenazas para la salud de las personas y su bienestar; además, impone gastos sociales elevados e inaceptables, especialmente, porque no se reflejan en una mejora para los grupos más vulnerables de la sociedad, como mujeres, niños y personas mayores. También tiene un impacto negativo en el desarrollo físico y cognitivo de estos y, por lo tanto, sobre la productividad y el crecimiento económico de los países.

Garantizar el acceso de todos a una dieta saludable, no es responsabilidad atribuible de forma individual; es una cuestión pública, y debe ser abordada en un diálogo solidario y fraternal por Gobiernos, sociedad civil y el sector privado y académico.

Hacia el final de su discurso, el Pontífice también abordó la cuestión del cuidado del planeta y de como este reacciona de forma implacable y destructiva contra quien lo maltrata. “Dios perdona siempre; los hombres, a veces. La Tierra, nunca”, afirmó.

Desafíos constantes. Quiero sumarme al mensaje del Papa y mencionar los esfuerzos hechos por la FAO para la mitigación de los efectos del cambio climático, devastadores ya en diversas regiones del mundo –como en las islas del Pacífico–, y de la promoción de sistemas alimentarios más sostenibles. Estas son dos de nuestras prioridades; dos desafíos constantes.

Inmediatamente después de su discurso en la sesión plenaria de la CIN2, el Pontífice pasó a una sala pequeña donde se dirigió a un público muy especial: el personal de la FAO; es decir, los responsables de nuestra “noble misión”.

En su encuentro, recordó la importancia de ser abnegados en la ayuda para quienes pasan hambre o sufren malnutrición.

“Os agradezco vuestro servicio. La FAO tiene el objetivo de reducir el hambre crónica y desarrollar la alimentación y la agricultura en todo el mundo”, afirmó. “Sé que tenéis un espíritu de solidaridad y entendéis que lo que hacéis va más allá del papeleo. Vuestro trabajo, menos visible, tiene en cuenta a la gente más necesitada: los hambrientos (hombres, mujeres, niños, abuelos). Ellos nos piden dignidad, no caridad”.

Después de pasar unas horas en la FAO, el Papa regresó al Vaticano. Sus palabras nos recordaron con claridad la noble misión a la que nos enfrentamos y que debemos llevar a cabo en solidaridad con otros seres humanos.

José Graziano da Silva, director general de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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