2 febrero, 2015

El 18 de enero La Nación publicó una opinión del ex primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen, en la que se reproduce lo que a mi juicio es un grave equívoco que se ha propagado viralmente a raíz del atentado terrorista a las instalaciones de la revista Charlie Hebdo.

En resumidas cuentas, el señor Rasmussen afirma que, en aras de la libertad de expresión, debe permitirse a cualquiera manifestarse prácticamente sin límites, aun de forma ofensiva para otros. Parece entender que la única limitación de esa libertad consiste en el derecho de quien se siente ofendido de “presentar un contraargumento, no montar un ataque terrorista”.

Por supuesto que la respuesta a una ofensa no puede nunca ser un ataque terrorista, que es un acto de cobardía. Pero desconocer que hay insultos a los que no se puede responder con un contraargumento es una ingenuidad. Por algo existe el capítulo de delitos contra el honor en los códigos penales.

No menos irreal es la propuesta de Carlos Alberto Montaner en un artículo publicado en la misma edición, de simplemente descartar esas agresiones como meras groserías tontas sin importancia. Me pregunto si, viendo dibujados a su padre, su madre y a él mismo en la portada de Charlie Hebdo en la forma que describe en su artículo que hizo el semanario francés de las divinas personas, tendría la “madurez cívica” de simplemente pasarlo por alto como una mera irreverencia socarrona.

Secularización. ¿Por qué unas ofensas sí tienen consecuencias legales y otras no? ¿Si se insulta gratuitamente con una injuria o una difamación, la víctima tiene derecho a obtener reparación legal invocando el derecho penal, pero no, si se insulta lo que considera sagrado? Pienso que precisamente aquí está el nudo de la cuestión: es fácil abogar por la impunidad de las ofensas en aras de una malentendida libertad de expresión, cuando no se tiene conciencia de lo sagrado. El fenómeno de secularización que hoy vive Occidente se caracteriza en buena parte por una decadencia alarmante de este concepto. Naturalmente que, cuando no hay nada sagrado, la ridiculización no tiene límites como forma válida de argumentación. Cada vez se entiende menos que, cuando se insulta lo que una persona legítimamente considera sagrado, se la insulta a ella en forma no menos ofensiva o violenta. Que la indignación sea sentida por una enorme pluralidad de personas no tiene por qué hacerla más tolerable que la injuria a un solo individuo. Si acaso es más grave.

Por mi parte, pienso que el humor es válido como forma de expresar opiniones, pero no lo es en forma ilimitada. El terrorismo se caracteriza por ser una forma de combate en la que quien recibe el ataque no puede responder con la misma moneda. Si un desquiciado decide bombardear un mercado, hiriendo y dando muerte a inocentes, las víctimas no pueden responder haciendo algo análogo. Lo mismo pasa con los insultos en que se abusa de la libertad de expresión. Por eso, la mofa ofensiva es una forma de violencia y es pariente del terrorismo. Por cierto, hoy día, en contextos colegiales se la califica como bullying . ¿Alguien ha visto algunas de las caricaturas más extremas de Charlie Hebdo ?

Hay que reconocer que esa línea entre el humor permisible como forma incisiva de opinión y la ofensa que amerita una sanción, a veces es borrosa (otras veces, no). Pero el desafío de señalar esa frontera no debería traducirse en una mera renuncia a enfrentarlo. Es un difícil ejercicio que los jueces deben hacer cotidianamente, no solo en esta materia, sino en muchas otras. Renunciar a ello puede llevar, en un extremo, a precipitarnos en el totalitarismo de prohibir cualquier forma de humor o crítica, y en el otro extremo lleva a una peligrosa permisividad y, en el fondo, a desmanes como los que hemos visto en los últimos días. Paradójicamente, la ausencia de límites puede terminar, en la práctica, provocando más rupturas a las libertades que las que pretende combatir.

Desde este ángulo, es absurdo considerar que el atentado de Charlie Hebdo es un crimen contra la libertad de expresión. Si alguien mata a un niño porque se mete a su propiedad a coger guayabas, por más que fuera un delito execrable, difícilmente se lo consideraría un crimen contra el derecho constitucional de libre tránsito.

Me sumo radicalmente a quienes condenan sin reservas el atentado terrorista de París, pero, al mismo tiempo, me niego enfáticamente a decir: “ Je suis Charlie ”.