A Surkov se le atribuye haber introducido el concepto de “democracia administrada” en Rusia

 24 junio, 2015

MOSCÚ – En la Unión Soviética, todos sabían que estaban siendo observados. Todo alejamiento del comportamiento aprobado oficialmente era tratado con sospecha y, muy probablemente, castigado. El Estado soviético se veía a sí mismo en guerra con casi todo –espías extranjeros, enemigos de clase, gente que usaba jeans o tocaba jazz–. La ideología dominante del régimen no era el marxismo-leninismo sino la sospecha y la animosidad.

Desde comienzos de los años 1980, antes de los primeros rayos de glásnost en Rusia, que esos tiempos oscuros no se sentían tan cerca como ahora. Proteger a la sociedad de los enemigos, extranjeros e internos, vuelve a ser la orden del día. Por cierto, un dogma de vigilancia perpetua es central para sustentar los elevados índices de popularidad del presidente Vladimir Putin. Y nadie juega un papel más importante en la creación de la atmósfera pública necesaria que Vladislav Surkov.

Surkov, que alguna vez fue jefe de Estado de Putin, se desempeñó como viceprimer ministro del 2011 al 2013. Ahora formalmente asesora a Putin en materia de asuntos exteriores, pero en verdad es el principal propagandista del régimen. Se le atribuye el hecho de haber introducido el concepto de “democracia administrada” en Rusia, y desempeñó un papel preponderante a la hora de promover la secesión de Abjazia y Osetia del Sur de Georgia. Más recientemente, fue una guía detrás de la invasión de Ucrania y la anexión de Crimea por parte de Rusia,e inspiró las campañas mediáticas encendidas que generaron un respaldo público prácticamente universal a estas medidas.

Surkov es el responsable número uno de alimentar el sentimiento pro Putin, que cada vez se parece más a un culto a la personalidad al estilo de Stalin. Surkov es de ascendencia chechena y tiene inculcada –al igual que Stalin– la mentalidad de hacer alarde de poder del Cáucaso. Bajo su supervisión, el foco central de la estrategia de comunicaciones del Kremlin ha sido sustentar la percepción de que Occidente quiere destruir a Rusia. En consecuencia, el conflicto en Ucrania estuvo definido como una lucha renovada contra el fascismo –y en defensa de la verdadera identidad antioccidental de Rusia–. La supuesta amenaza a Rusia hoy fue enfatizada para el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, con carteles desparramados por todo Moscú en donde se les recordaba a los rusos los sacrificios que demandó la victoria.

Al igual que el propagandista nazi Joseph Goebbels, a Surkov no le preocupan demasiado los hechos. Las emociones están en el centro del mensaje del Kremlin; en verdad, son el lazo que amarra a Putin a sus súbditos. Por eso Surkov retrata a Putin, que recientemente se divorció de su esposa de 30 años y, según rumores, tuvo varios hijos con una ex gimnasta olímpica, como una reencarnación de los valores conservadores, con el patriarca ortodoxo siempre a su lado.

La campaña del Kremlin contra los derechos de los homosexuales se garantizó el respaldo de la Iglesia, a la vez que les recuerda a los ciudadanos rusos que el Estado se interesa atentamente por sus vidas.

La propaganda rusa de hoy combina la mano dura por excelencia al estilo soviético y las técnicas de última generación. No ha habido ni purgas masivas ni grandes concentraciones. Se puede atacar los valores occidentales, pero los bienes occidentales son bienvenidos. Algo que suele verse por las calles de Rusia es un auto resplandeciente de fabricación alemana con una calcomanía en el paragolpes que recuerda las glorias de la Segunda Guerra Mundial: “Avancemos hacia Berlín” o “Gracias, abuelo, por la victoria y abuela, por las balas duras”.

Durante las dos últimas décadas, los rusos han podido viajar al exterior sin restricciones. Ahora, en cambio, muchos parecen dispuestos a renunciar a este derecho. El mes pasado, el Kremlin advirtió a los ciudadanos del país que Estados Unidos estaba “cazando” rusos en el exterior. Unos pocos rusos, por cierto, han sido arrestados y extraditados a Estados Unidos: el vendedor de armas Viktor Bout, por ejemplo, que está acusado de ofrecer ayuda a los terroristas, o el hacker Vladimir Drinkman, a quien acusan de robar millones de números de tarjetas de crédito. No existe una amenaza creíble para los ciudadanos rusos; sin embargo, la campaña de Surkov está teniendo un impacto profundo.

En lugar de arriesgarse a una burla con argumentos excéntricos –una característica de los propagandistas rusos– de que Rusia algún día superará económicamente a Occidente, Surkov toca una fibra más profunda y más segura: el miedo. No importa lo que piensen los rusos del malestar económico del país –se espera una contracción del PIB del 3,8% este año, mientras que la inflación podría llegar a 15%–, se les asegura que estarían mucho peor sin Putin.

Y los rusos brindaron su apoyo. Hace unos años, parecía que una de cada diez personas usaba una cinta blanca, un símbolo de protesta contra Putin. Hoy, tenemos la impresión de que uno de cada tres rusos usa la cinta de san Jorge, símbolo naranja y negro de patriotismo y lealtad al Kremlin. Aquellos que no usan la cinta pueden esperar que se les pregunte –y no muy amablemente– por qué optaron por no hacerlo.

Es una estrategia insidiosa y eficaz, que margina a los disidentes y genera la impresión de un respaldo casi universal por el régimen. En mi última visita a Moscú, percibí que una amiga, una cantante de la ópera del Bolshoi, había atado una pequeña cinta de san Jorge a su Mercedes blanco. Aunque no es una seguidora de Putin, no quería llamar la atención innecesariamente.

Es a través de pequeños renunciamientos como el de ella que hombres como Surkov terminan triunfando. Los ciudadanos que pretenden ser leales generan una cultura de conformidad. Una vez reprimido el disenso, la autenticidad de la lealtad de los ciudadanos se torna irrelevante. De hecho, al igual que Goebbels, Surkov entiende que cuando la vida pública y la expresión privada se pueden transformar en un teatro, no hay ninguna diferencia entre actuación y realidad.

Nina L. Khrushcheva es decana de The New School en Nueva York y miembro sénior del World Policy Institute, donde dirige el Proyecto Ruso. © Project Syndicate 1995–2015