20 noviembre, 2014

El 4 de mayo del 2008, pocos días después de haber sido ordenado como primer obispo de la Iglesia luterana costarricense, Melvin Jiménez, actual ministro de la Presidencia, fue entrevistado por la periodista María Montero. En esa ocasión, ante la pregunta de si el cargo es vitalicio, el recién ordenado obispo respondió:

“Nosotros seguimos el modelo doble: la consagración es de por vida, pero el ejercicio tiene que ser revisado por la asamblea cada seis años. El principio fundamental es el principio democrático. Es la comunidad de fe la que tiene la fuerza. Mi tarea con la comunidad es acompañarla, educarla, motivarla y proponerle, para llegar a acuerdos”.

La Nación del 9 de noviembre, en el artículo titulado “El ‘hermano Jiménez’: obispo vitalicio y ministro de Estado”, firmado por el periodista Álvaro Murillo, trae a colación la citada entrevista para terminar con una conclusión que pretende ser lapidaria: “El ministro de la Presidencia, coordinador y vocero del Gobierno, es entonces, todavía, un obispo consagrado como tal, como ‘pastor de pastores’, según la estructura de esa iglesia, de la rama protestante del cristianismo”. No es cierto.

Diferencias. El error del periodista consiste en aplicar categorías de la Iglesia católica romana a una Iglesia cuyo surgimiento en el movimiento de reforma protestante del siglo XVI marcó desde entonces profundas diferencias en las concepciones y estructuras eclesiásticas, aunque se mantuvo la unidad de la fe en Cristo, en el Dios Trinitario y en algunas costumbres y usos litúrgicos. De tal manera que, por ejemplo, las misas que se celebran en las comunidades de fe de la Iglesia luterana costarricense tienen muchos elementos externos iguales o similares a los de la “misa católica”; sin embargo, en su concepción tienen profundas diferencias que hacen que las misas “luteranas” se acerquen más a la práctica del “compartir el pan” de las comunidades cristianas del primer siglo.

En el caso de la ordenación ministerial, aunque los nombres de los cargos son similares (diáconos, presbíteros y obispos) y las ceremonias de la ordenación tienen aspectos en común con la liturgia católica, hay un elemento fundamental que hace que la naturaleza de la ordenación ministerial en ambas Iglesias sea totalmente distinta y, por ende, sus efectos en la persona y en las funciones también lo sean: en la Iglesia luterana solo existen dos sacramentos: el bautismo y la santa cena o comunión. La ordenación de diáconos, presbíteros y obispos (que, además, puede recaer indistintamente en mujeres y en hombres) no es un sacramento, como sí lo es en la Iglesia católica de Roma: el sacramento del orden.

En la concepción católica, los sacramentos del bautismo, la confirmación, el matrimonio y el orden sacerdotal marcan “de por vida”, con un sello indeleble, a quien los recibe. En el caso del orden sacerdotal, además, el “ordenado” o consagrado pasa del estado común de la mayoría de las personas bautizadas (estado seglar, es decir, perteneciente al siglo, al “mundo”) al estado clerical, una de cuyas características –con distintos matices en la Iglesia católica oriental– es la disciplina eclesiástica del celibato: en principio, los clérigos aceptan no casarse, debido a su condición de tales. Esta disciplina, que se “institucionalizó” hasta el segundo milenio de la era cristiana, ha pasado a ser una de las marcas más relevantes que distinguen a un clérigo de quien no lo es.

Por otra parte, el orden sacerdotal católico (diáconos, presbíteros y obispos) está estructurado en forma jerárquica: los obispos están en la cúspide de esta pirámide de autoridad, en un nivel inferior los presbíteros y en un tercer lugar los diáconos. Pirámide en cuyo vértice superior se encuentre el obispo de Roma.

Nada de esto ocurre en los ministerios ordenados de la Iglesia luterana costarricense. Los nombres de los cargos son iguales y los ritos litúrgicos, similares. Pero en la Iglesia luterana no existe la obligación del celibato, no existe relación jerárquica sino funcional, no existe ninguna figura “papal”, los ministros ordenados pueden ser hombres o mujeres sin distingo de ninguna clase, y no existe un “sello indeleble” más que el sello del bautismo, que a todos los bautizados nos hace “hijos de Dios” y pertenecientes al sacerdocio universal de los creyentes. Estamos hablando de dos situaciones con igual nombre, pero de naturaleza totalmente distinta.

Fe y patria. En este contexto, cuando el obispo Jiménez en el 2008 respondió a la pregunta de si su cargo era vitalicio diciendo que “la consagración es para toda la vida”, no está diciendo que su cargo es vitalicio, sino que está asumiendo un compromiso profundo, serio, con plena dedicación, para toda la vida, con las responsabilidades que asumió como obispo y que, inmediatamente aclara, son responsabilidades para y ante las comunidades de fe, cuyos representantes y delegados son quienes deciden, cada seis años, si quieren tener, cambiar o reelegir democráticamente al obispo u obispa que mejor consideren.

No se trata tampoco –como insinúa el periodista– de “servir a dos señores” (según él, la Iglesia y el Estado, tergiversando el sentido del texto bíblico que se refiere a servir a Dios o al dios Dinero –Mammón–). Ese compromiso profundo de servicio que Melvin Jiménez asumió en su ordenación episcopal no niega ni contradice el que asumió al juramentarse como ministro de la Presidencia, en tanto cumpla con buscar los intereses legítimos del pueblo y de la patria, constitucionalmente establecidos. Si hubiese fallado en su labor como obispo, son las comunidades de fe las que se lo pueden demandar, desde criterios bíblicos y de fe. Si incumpliese como ministro de Estado, es la patria, desde los criterios de la Constitución Política y las leyes que juró defender, la que se lo demandará.