Opinión

Los neocomunistas

Actualizado el 09 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Después del colapso estrepitoso de la Unión Soviética, los debilitados partidos comunistas de todos los países se cambiaron de nombre.

¿Quiénes son? En su mayoría, comenzaron a llamarse socialistas, de los trabajadores, frente obrero, frente amplio, etc., y sus líderes se dieron a la tarea de explicar que su ideología era nacionalista o democrática, o simplemente a la izquierda del centro, en un claro intento de querer confundirse con algunas corrientes socialdemócratas y, de esa manera, no asustar a sus potenciales partidarios, que en su mayoría son personas menores de 50 años y desorientadas.

Y es que, durante sus años de formación, en lugar de leer obras clásicas del pensamiento con seriedad y verdaderos deseos de aprender a profundidad, se dedicaron a copiar en los exámenes o a picotear textos marxistas en Internet, lo cual les dejó muy poco criterio reflexivo y, debido a esto, desarrollaron una visión deformada de la historia y la realidad. Su escasa experiencia la obtuvieron en la calle como líderes de la insubordinación antisistema, y creen con fe de carbonero que el Estado debe proporcionarles todo a todos, y que la empresa privada, generadora de empleo y de riqueza, es enemiga del sector público, cuando, en realidad, es la mejor aliada en el progreso compartido.

¿A quiénes admiran? En consecuencia, con esas actitudes, sus líderes no son Steve Jobs y Bill Gates, o los premios Nobel en Matemáticas y Física, sino el Che Guevara, Fidel Castro y Hugo Chávez. Por estar conspirando a tiempo completo, no se dieron cuenta de los formidables experimentos que la naturaleza llevó a cabo en Alemania y Corea, donde, puestos a competir capitalismo y comunismo, cada uno en la mitad de esos países, en pocos años, sin lugar a ninguna duda, el primero mostró una enorme superioridad en todos los ámbitos de la vida. Tampoco han comprendido que el extraordinario auge de China se debe a que cambiaron un sistema obsoleto por la economía de mercado, que ya había demostrado su dinamismo en sus vecinos Taiwán, Singapur y Hong Kong.

Conclusión. En estas circunstancias objetivas, ¿quién en su sano juicio puede confiar en los neocomunistas vestidos con piel de oveja? ¡Solo estando locos! ¿Quién puede querer para Costa Rica el sistema político caduco que fracasó en todos los países donde se intentó imponerlo?

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Por supuesto que hay que tenerles miedo a las viejas ideas que, con mala intención, se presentan como nuevas. Y también hay que tenerles miedo a los agentes de la Policía secreta de Venezuela y Cuba que vendrían a Costa Rica a establecer un régimen de terror, con lo cual la pobreza aumentaría enormemente, las libertades individuales desaparecerían y, probablemente, Nicaragua nos invadiría por Guanacaste.

Costa Rica necesita algo muy diferente: prosperidad solidaria, una economía robusta y un recto sentido de la justicia, en un nuevo acuerdo nacional y patriótico que permita el desarrollo sostenido, elimine la corrupción y consolide nuestra democracia participativa.

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