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La nefasta osadía de congelar el tiempo

Actualizado el 22 de marzo de 2015 a las 12:00 am

La importanciadel tiempo y su valorle son ajenosa esta sociedad

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La nefasta osadía de congelar el tiempo

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Heme aquí pergeñando estas líneas en el ombligo mismo del país, a unos tres o cuatro kilómetros de la Casa Presidencial y de la Asamblea Legislativa, en las que se cuecen las “grandes” –entre comillas– decisiones para el “futuro” –también entre comillas– de sus habitantes.

Escribo hoy –soy sincero– para desahogarme, mantener, más o menos, una sana estabilidad mental y emocional, y, después, para que alguien me lea –si le da la gana– y, al hacerlo, esté de acuerdo conmigo, o todo lo contrario, con el vómito de críticas que, anticipadamente, sé bien por dónde podrían ir. Una necesaria catarsis. Eso me sobra y me basta... hasta cierto punto, pues la divisa de Costa Rica es hoy el estancamiento y, al parecer, durará mucho.

Sin suspense alguno, adelanto la razón de mis desvelos y de mi enfado, como en la estructura periodística, que ya desde la primera línea informativa, sin dejar espacio alguno a la emoción, dispara el meollo del asunto, todo lo contrario del esqueleto de la novela clásica (presentación, nudo y desenlace), donde la aclaración de la trama se deja para el final. Aquí está: el país va –viene yendo– de cráneo. En realidad, ni viene ni va. Se halla en punto muerto. He ahí la madre del cordero.

Lejos del Primer Mundo. Triste: cada año que pasa, Costa Rica se aleja más del Primer Mundo y es más exasperantemente subdesarrollada. O si se prefiere: todo indica que, durante décadas, seguirá siendo fiel y empecinada compañera de viaje de los países en vías de desarrollo. “En vías de desarrollo”… por aquello, muy costarricense –muy “tico”, para complacer a todos–, de los términos medios, de no arriesgar, de no “ofender” a nadie y de los eufemismos, encubridores siempre de crudas realidades.

Tiempo atrás, respecto a las naciones que encabezan el planeta, la “Suiza centroamericana” era otro mundo. Hoy tiene todas las trazas de convertirse en otra galaxia. ¡Doloroso! Si el rezago antes era de 20 años –pongamos por caso–, ahora es mayor. ¡Vaya que sí! Un cálculo a ojo de buen cubero. Dejo a los expertos la difícil y exacta cuantificación –si eso es realmente posible– de esta pasmosa distancia. Pero que la hay, la hay. Sin duda. Nada para celebrarlo.

Las causas e interpretaciones de la situación del país son muchas y muy variadas, tantas como las que, casi a diario, esgrimen historiadores, politólogos, sociólogos y demás analistas. Y es que, en el ámbito del comportamiento humano, las respuestas son mucho más complejas que en el mundo de la física, donde las mismas causas producen los mismos efectos. Esa previsibilidad es imposible aplicarla a individuos y sociedades. La razón es simple y cae por su propio peso: los actos del bicho humano son libres y, en consecuencia, imprevisibles, impredecibles. Así, pues, solo queda la especulación, con el mayor asidero posible en los datos de la realidad y sin que las neuronas lleguen a desquiciarse.

Nada baladí. Y, si de realidades se trata, ahí están el espacio y el tiempo, cosa nada baladí, pues son las dos coordenadas que enmarcan nuestra existencia; sobre todo, el tiempo. ¡Tiene bemoles la cosa!: nuestras vidas, más que transcurrir en el tiempo, son tiempo, y este es la médula misma de la historia, que, por antonomasia, es mudanza y movimiento. De ahí que, recordando a Ortega y Gasset, “el hombre no tiene naturaleza, sino historia” o, dicho de otro modo, la vida humana no es meramente biológica, sino biográfica, una exclusiva del hombre, ciertamente. Total que el movimiento –el del mundo físico que estudia la mecánica, y, más importante aún, el de individuos y sociedades– es, en cierto modo, una especie de “visualización” del tiempo, o, al revés, este, siguiendo a Aristóteles, es “número y medida del movimiento, según el antes y el después”.

Aquí, precisamente, en esta aparente maraña de tiempo, historia y cambio, es donde entra en escena Costa Rica, con una actuación desastrosa, a años luz de conseguir un óscar. Aclarémonos: individual y colectivamente, es vital la concepción que se tenga del tiempo, pues de ello dependerá el avance o el inmovilismo de nuestra existencia. Ese es el quid, y la fortuna o la desgracia. Pues bien: la importancia y valoración del tiempo, con todo lo que ello implica, está fuera de los esquemas mentales y de la vivencia cotidiana de la sociedad costarricense. Cuando eso ocurre, el resultado es patético: la gente está ocupada solo en el instante, en el presente, en lo inmediato. “Ocupada”, no “pre-ocupada”. Pre-ocuparse es ocuparse anticipadamente en lo que todavía no existe, en lo que vendrá después, en lo futuro. Así que se vive, simplemente, el día a día, el aquí y el ahora. Nada más.

Y ¿el mañana? Ese es ya otro cantar. No hay un mañana en cuanto resultado de un deliberado esfuerzo de crearlo y parirlo, o de una mentalidad anticipativa y prospectiva. Para eso está la Providencia: todo se resuelve en un “mañana Dios dirá”, “mañana será lo que Dios quiera” o “hay que esperar a la voluntad de Dios”… hasta que, claro, el Supremo se harte, con toda razón, de tanto diseñar el futuro de este país.

Conciencia histórica. Hace exactamente la friolera de 40 años, Constantino Láscaris, en su libro El costarricense , dio en el clavo al escribir: “Pero es muy de tener en cuenta, además, y especialmente, que el costarricense no ha desarrollado la llamada ‘conciencia histórica’. El sentido agudo de la historicidad o temporalidad humana colectiva es intensificado por las guerras, epidemias y grandes calamidades. Clima extremado y hombres extremados sensibilizan la conciencia histórica”. Exactamente, así es. Y coincide con el análisis del historiador británico Arnold J. Toynbee sobre las características y desenvolvimiento de las civilizaciones: entre otras cosas, afirma que la falta de grandes riesgos y retos lleva al estancamiento, a la ausencia de movimiento y, por ende, de progreso.

La “conciencia histórica” implica una concepción lineal del tiempo, con un “antes”, un “ahora” y un “después” previsto y forjado por los proyectos de individuos y colectividades. Se trata, entonces, de vivir la vida como un proceso, cuyos momentos o fases se interrelacionan, pero nunca son iguales. Así es como surge el sentido de urgencia, el apetito de progreso y la idea de que “el tiempo es oro” o, según los anglosajones, “dinero” (“ time is money ”). Si lo anterior no se tiene, ni se vive, ni se cumple, el atraso, la carencia de desarrollo –el subdesarrollo–, está garantizado.

Macondo y Kafka. Costa Rica, en cambio, pareciera haber decidido estar en las antípodas. Por eso, tiene algo de Macondo, donde el tiempo es circular: un eterno retorno, en el que nada cambia y siempre se vuelve al principio y a los mismos errores. Y, si a esto se le añade el mundo kafkiano creado por la nula sindéresis, ilogismo y mediocridad de quienes gobiernan –de los actuales y de los anteriores, aunque con diferencias–, el panorama mete miedo.

Los botones de muestra sobran y apabullan. Sin ir más lejos, en días recientes, este diario titulaba: “Una maraña de trámites frena miles de casas para pobres”. ¡Casi nada! Resulta que “los tiempos de espera en los trámites –consigna la nota– hacen que el Banco Hipotecario de la Vivienda (Banhvi) no pueda girar poco más de ¢136.000 millones para soluciones de vivienda que se acumulan desde hace tres años (…). Con esta suma se podrían financiar 7.000 casas de bien social de ¢20 millones cada una”. Otro título de espanto: “Atrasos del CNP dejan sin comida a escolares pobres” ¡De antología! Un pequeño detalle –nada de importancia– dentro de la información: “Para algunos estudiantes de familias en pobreza y pobreza extrema, la comida en la escuela es la única que ingieren durante el día”. En ambos casos, el manejo del tiempo es admirable y las consecuencias, dignas de aplauso. O ¿no? Ironías aparte: en otros lares, los responsables estarían ya fuera de circulación.

Asignatura pendiente. La noción del tiempo y su valor no se logra por decreto y es una asignatura pendiente para Costa Rica. Eso se mama desde pequeños en la familia y en la escuela. Se trata, pues, de un proceso educativo, largo y continuo, porque toca concepciones y hábitos culturales e idiosincrásicos muy arraigados. Lawrence E. Harrison siempre ha tenido razón: “El subdesarrollo está en la mente”.

La osadía de congelar el tiempo ha devenido nefasta para el potencial desarrollo del país, y, sin duda, es origen y explicación de muchos de los problemas que lo tienen donde hoy está. Sin circunloquios: una situación para encabronarse.

El autor es filósofo.

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