7 enero, 2015

Para muchos, la época más feliz del año; para otros, una época de gran dolor por la falta de seres queridos. Algunas ausencias son irremplazables, pero otras dependen solo de manos de carne y hueso. Como padre divorciado, me es imposible no revivir para estas fechas el dolor que la ausencia de mi hija representó para mí y para mi familia; y como ser humano, siento inmensa compasión por las historias de sufrimiento semejantes que se publican hasta por redes sociales.

Nuestra sociedad ha luchado por que seamos hombres de verdad, los padres que Costa Rica necesita, que no huyen a la bananera, pero que también pueden expresar que sufren porque se les impide cumplir su rol, sin reparo en la ley o las autoridades.

Hace muy poco vi a uno de ellos, y sé que ustedes también los han visto. Son una imagen cada vez más frecuente en el área de juegos para niños de los restaurantes de comidas rápidas. Es imposible no distinguirlos: padres enamorados de sus hijos tratando de aprovechar al máximo cada segundo, armados de su celular para conseguir la mejor foto, esa que sí puede irse con ellos en la tarjeta de memoria y llegar a familiares o amigos más alejados. Debo confesar que sí se nota la falta de naturalidad y fluidez en sus interacciones personales, reflejo del escaso tiempo que se les permite compartir juntos.

Un desbalance. Ha ocurrido un grave daño a la familia si la comparamos con esa que en el momento de constituirse nuestra Segunda República se estableció como base de la sociedad. Se ha creado un desbalance producto de la legislación que buscaba proteger los derechos de la mujer, que aunque ha demostrado su gran valía (disminuyendo el número de feminicidios, por ejemplo), no posee contrapeso en defensa de los derechos del varón, del padre o incluso los niños, como se ve cada vez que se emiten las medidas de protección establecidas en la Ley de Violencia contra las Mujeres, y no se contempla si los niños están incluidos.

En esta Navidad hubo más violencia doméstica que la que registran las autoridades. Hablo de padres o madres que, conscientes del daño psicológico que le hacen a su hijo, abusan de su patria potestad y le amputan su derecho de compartir con su otra familia.

Ese desbalance del que hablo contribuye a que cada día más y más familias vivan separadas, y no contempla que desde el punto de vista psicológico el progenitor en condición de vulnerabilidad es quien pierde la guarda crianza, y que es por consiguiente a quien deberían proteger con políticas inclusivas, por ejemplo en los centros educativos.

Tengo entendido que nuestras leyes ni siquiera hablan aún de alienación parental, como lo hace la Corte Interamericana de Derechos Humanos, lo que aparte de darle cierto grado de impunidad, vuelve más lejano el día que soñamos, en que nuestros hijos puedan ir libremente ad libitum a la casa de sus padres o familiares paternos sin que nadie se los impida.

Debemos reconocer que aún vivimos en una sociedad machista, donde algunos prefieren no tener seguro antes que ser “un mantenido” que se asegura a través de su esposa, donde los matrimonios con separación de bienes no cruzan por la mente del costarricense hasta que alguien aconsejado por la avaricia sin escrúpulos los deja sin casa para luego argumentar que no pueden ver a sus hijos porque no tienen ni dónde recibirlos.

Hace poco una feminista en un medio de televisión trataba de sostener que los padres deben ir a la cárcel cuando no pueden pagar una exorbitante pensión, para evitar que los niños pasen hambre. Ese argumento se caería si los padres cancelaran como pensión temporal el porcentaje del salario mínimo que le corresponde a los hijos, mientras se resuelve si le corresponde una pensión de lujo e incluso pagar retroactivamente la diferencia, y dejaría al desnudo cómo se utiliza la ley en contra del varón. Si el fin real de una ley de pensiones es velar por el niño, ¿dónde está el régimen de visitas de todos esos padres con apremio corporal? Porque incluso los hijos de delincuentes (con contadas excepciones) tienen el derecho a compartir con ellos, con el apoyo psicológico y de redes que corresponda, he incluso con sus familias paternas.

No se trata de morir en la República en la que nacimos acatando una sentencia cual Sócrates, ni de vivir asilados lejos de nuestras familias ante la imposibilidad de encontrar justicia en las leyes de nuestro país: se trata de defender nuestras opiniones e ideas para garantizarnos la Costa Rica en la que queremos vivir. Reconozcamos que no estamos listos para darle un significado pleno a lo que debe ser la paternidad responsable, en un país donde cuesta encontrar hasta un servicio sanitario para que los padres llevemos a nuestras hijas.

A todos los papás de verdad les deseo que la próxima sí sea una feliz Navidad, y que en este año logremos proteger nuestros derechos y los de nuestros hijos.

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