Opinión

La nave de nuestro destino

Actualizado el 03 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Al final, los buenos pilotos serán necesarios, pero primero las buenas naves

Opinión

La nave de nuestro destino

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

La primera conciencia de la humanidad sobre la política quizás apareció cuando hubo que organizar a los seres humanos de la tribu o la ciudad en un orden que le permitiera su supervivencia y desarrollo. Quizás muy pocos lo han pensado, pero ese orden funciona en dos direcciones, en una, resuelve problemas comunes, en otra, puede crearnos más problemas. Así las cosas, el orden que plantea una sociedad se llama Estado y corresponde a la mejor invención o', peor, de la humanidad. No importa si lo vemos bien o mal, lo cierto es que existe, siempre presente y cambiante, su existencia es una realidad. De su marcha y dirección dependen nuestras vidas. Como una nave en la que nos encontramos sentados o de pie, lo que pase al Estado costarricense, determina muchos aspectos importantes de nuestra vida.

De aquí que nos debe preocupar si esta nave tiene buenos pilotos, si tiene buena dirección, si sus motores están funcionando bien, pero sobre todo debe preocuparnos si la tenemos bien adaptada para navegar en los mares de los problemas o retos que tenemos en frente para llegar al destino que como sociedad deseamos. Muchos casos abundan de catástrofes con naves bien diseñadas y ocupantes y tripulación alegremente despreocupados. La historia del Titanic nos ilustra esos peligros.

Las naves que conducen nuestra vida. El Titanic era el barco más grande, potente, rápido y lujoso de la época, que la compañía “White Star”, orgullosamente construiría en tres años. Su presidente quería el “barco más grande e impresionante jamás construido”. Era el único de su época con piscina y baño turco. Podía ocupar 2.340 personas, pero solo tenía capacidad de botes salvavidas para 1.100. Se le consideraba prácticamente imposible de hundirse por su enorme tamaño. Serán los griegos los primeros en describir el Estado con la metáfora de una nave, principalmente la de un barco. Encontraron una simple verdad; para resolver problemas comunes e importantes en una sociedad se necesita el Estado, algo que tenga la fuerza, la energía, duración y dirección estable que garantice la obtención de los objetivos a los que la sociedad persigue. Igual si no se tiene ese Estado o Nave, no se podrá responder a casi nada y, todavía peor, la sociedad pone a riesgo su supervivencia.

PUBLICIDAD

Platón lo describe así: “Porque hace una infinidad de tiempo que los Estados están en lucha con estos males y se ve que en algunos, sin embargo, continúan estables y firmes. Muchos, también es cierto, semejantes a embarcaciones que hacen aguas, zozobran, se han hundido e irán a pique por la estultez de los pilotos y los marinos, a los que la suerte les cupo la mayor ignorancia...”.

Cuando las cosas fallan, fallan para todos. En algún momento de nuestra historia patria reciente, nos desorientamos. Con frecuencia confundimos asuntos de Estado con asuntos de Gobierno. El gobierno es temporal, además está dividido por el poder judicial, legislativo y ejecutivo; es decir, tenemos tres pilotos, que a veces marchan en armonía y a veces se pelean, o, todavía peor, ni siquiera se ven en el mismo barco. El Estado es la nave, el plan de vuelo o navegación con sus destinos bien definidos y claros. El plan de gobierno, no es el plan de Estado. Muy poco sabido es que el Titanic, el mismo día de su partida, presentó un incendio en uno de los búnkers de carbón; 12 bomberos estuvieron combatiéndolo todo el tiempo hasta la colisión con el iceberg. En palabras de uno de ellos: “Estábamos alarmados con el asunto, pero los oficiales nos dijeron que mantuviéramos nuestra boca cerrada, que ellos no quería alarmar a los pasajeros”. Usted pregúntese como desea a su país en 10 o 15 años, y qué hace falta corregir para que funcione bien en los asuntos que nos atañen a todos, y estará cerca de pensar en asuntos de Estado. En esta materia no podemos ser descuidados, un descuido puede afectar muchas vidas. El segundo oficial del Titanic, a último momento fue sustituido, accidentalmente se llevó las llaves del lugar donde se guardaba los prismáticos de la torre de vigía. Si los vigías hubiesen tenido esos binoculares quizás se hubiera avistado a tiempo el iceberg. Otro ejemplo, los remaches con los que se unieron las planchas metálicas del casco no eran de buena calidad.

Sálvese quien pueda. O salvémonos todos. Después de la colisión del Titanic, su capitán, consciente de que probablemente el barco se hundiría, dio orden de arriar los botes salvavidas. En la primera clase reinaba la calma. Mientras tanto los pasajeros de tercera clase estaban en las literas situadas justo encima del punto de colisión y el agua entraba a borbotones. Cuando trataron de subir a cubierta, se encontraron que la salida estaba bloqueada con rejas de acero y vigilada por sobrecargos. Lo que sucede muchas veces es que, en ausencia de un plan de Estado, el piloto o los aspirantes a piloto buscan seguir un plan de gobierno como si lo fuera de Estado. Cosa equivalente a dejarle al piloto, sin un mapa, la tarea de averiguar dónde se encuentra el destino deseado de las personas que ocupan el barco. El “bote del dinero”, con más capacidad para pasajeros, solo ocupó a 12, de los que 7 era de la tripulación, la causa, un supuesto soborno de un pasajero a los oficiales para que bajaran el bote antes de tiempo. La versión posterior del pasajero, es que les dio dinero para ayudarles a reemplazar el equipamiento perdido.

PUBLICIDAD

En momentos donde el barco se encuentra mal o su dirección se encuentra averiada o, peor, se acerca a un naufragio, los casos de corrupción se aceleran. Solo el 30% de los pasajeros sobrevivió, las mujeres y niños más que los hombres, el 97 % de los niños de primera y segunda clase sobrevivió, en contraste al 34 % que sobrevivió de los niños de tercera clase. La últimas palabras, del capitán a su tripulación ya cuando el barco terminaba de hundirse: “Ustedes han hecho su deber, muchachos. Ahora cada hombre por su cuenta”. Nos hace reflexionar sobre la realidad social cuando no hay barcos.

Nuestro destino es tu destino. Los operadores de telégrafo no se detenían de mandar mensajes con el agua en las rodillas, “Chocamos contra un iceberg. Gravemente dañados. Apresuren la ayuda”, tuvo respuesta del operador de un barco cercano, el Carpathia, quien pregunta: “¿debo contarle al Capitán que regrese para ayudar?”; la respuesta no esperó: “Creo que estamos hundiéndonos”. Hace mucha falta retomar la conversación política en términos de Estado, es decir en una mesa donde se hable de destinos y sus previsiones, de planes de navegación de nuestro barco. No importa si los asuntos que llevemos a esa mesa son pequeños o hasta incluso con apariencia de ilusorios. Es muy importante, quitarle el polvo y limpiar de telarañas al lugar donde se discute los intereses individuales que también son colectivos. Los 17 ingenieros del Titanic lucharon todo el tiempo para retrasar la explosión de las calderas con el propósito de darle una hora más de luz al barco para permitir que cientos de pasajeros se salvaran, según un sobreviviente que los vio, ellos se mantuvieron el puesto hasta que les llegó el agua al cuello y ahogarse. No podemos seguir pidiéndoles a los tripulantes de la nave del Estado que sean honestos y sacrificados, eso es importante pero no suficiente.

Nosotros, pasajeros, debemos resolver el tipo de nave que necesitamos y su destino. La lista es grande y maravillosamente retadora y llena de esperanza. Luchar contra el miedo o pereza de hablar de asuntos de estado, diferenciar los asuntos de Estado de los de gobierno. Y sentarnos con nuestros familiares, amigos o compañeros de trabajo y discutir asuntos de estado, es la pieza más vital, urgente y faltante de nuestro sistema político.

El cambio político que deseamos pasa por volver a educarnos y educar a nuestros políticos más en términos de Estado y menos en términos de llegar al gobierno. Al final, los buenos pilotos serán necesarios, pero primero las buenas naves.

  • Comparta este artículo
Opinión

La nave de nuestro destino

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota