Confundir el valor (moral, estético o de otra índole) con los instintos conduce al error

 3 mayo

En un futuro presumible, los genetistas podrían descubrir que el comportamiento individual está determinado por una especie de algoritmia inevitable y la libertad solo puede considerarse un epifenómeno o ilusión. Tal idea no es nueva. Rastrearla requeriría larga jornada. Baste aquí con evocar a los instintivistas. Según ellos, cada instinto produce alguna conducta, la cual se presenta como el vapor cuando se fuga, intermitente, de la olla donde abuela cocina los frijoles.

W. McDougall propuso cientos de instintos; W. James concebía los actos humanos cual reacciones de ese tipo. Extremo resulta el criterio socio-evolucionista de H. Spencer y los acólitos de su darwinismo social.

Etólogos como K. Lorenz han afirmado que la violencia humana es un efecto adaptativo de los instintos al progreso cultural. Otro esfuerzo teórico se halla en Sigmund Freud. Se recuerda cómo instruyó a Einstein sobre afanes que, según él, rigen la agresividad humana.

Leones y personas. Las consecuencias éticas de las concepciones referidas han sido abrumadoras. Todas transitan por una vertiente conceptual semejante a la emprendida por Víctor Hurtado en su notable artículo “ La moral universal existe ” ( Opinión, 2/4/2017), el cual ha sido secundado por la filósofa Ana Lucía Fonseca ( Opinión, 18/4/2017).

Merecen atención algunos tópicos concomitantes. Los leones viven conforme a determinaciones naturales. No hay moral entre ellos; aunque alguien podría referirse a su comportamiento utilizando analogías o referencias a la condición humana.

Solo un ignaro, un tejedor de ficciones o alguna secta curiosa exigiría juzgar al león por asesinar a las gacelas o a los tiernos cachorros de un competidor. El etólogo procura iluminar las causas de tal hecho, pero, como bien mostrara E. Fromm, solo por analogía pueden equipararse conductas de otras especies con las nuestras.

Confundir el valor (moral, estético o de otra índole) con los instintos conduce al error. En sentido estricto, no existe amor humano en el abrazo de un chimpancé ni en la asistencia brindada por un perro a su amo.

La responsabilidad por lo actuado también es un asunto humano. Otro sería el criterio si la ciencia llega a demostrar que cada cual actúa impelido irremediablemente por sus genes. En ese caso, la violencia, la maldad, la corrupción, así como la solidaridad o el amor podrían considerarse efectos de causas naturales.

Fe, conocimiento y valores. Para los creyentes, hay valores y principios indubitables. Pero tal fe no equivale a un conocimiento objetivo y válido. A lo largo de la historia se ha tratado de fijar sabiduría en ese campo mediante criterios filosóficos; incluso científicos. Hasta ahora, los resultados son interesantes, pero inciertos. Cuando se analiza críticamente, el universalismo moral se ofrece discordante.

Es evidente que la solidaridad, el patriotismo y la fe en Dios se erigen como valores de muchas sociedades, pero la venganza y la guerra son o han sido vistas con beneplácito en muchos sitios e incluso en el seno de varias religiones. La desmesurada inversión en arsenales está bien valorada en otros lares; nuestra tendencia es verla cual desvalor.

Relativismo y libertad. Según el relativista, cada sociedad y cada época elige, define y cultiva ciertos valores. Con ello no rechaza, ad portas, la ciencia. Por el contrario, los aportes científicos podrían fortalecer sus dudas sobre las morales prescriptivas y los valores ecuménicos.

Jean-Paul Sartre mostró, a partir de un estudio empírico, que normas como “no mentir” descansan sobre humanas convenciones, no sobre un pretendido instinto. Antes de él, Kant definió el carácter tranquilizador de los imperativos éticos: “tú debes, por lo tanto puedes”.

La verdad es que todos mienten; pero a la vez erigen la ley moral. Prefieren reprocharse haber faltado a la verdad muchas veces que mentir por deber.

La prohibición permite saber que siempre “podemos no mentir”. He ahí un criterio formal; la determinación instintiva o divina para ello resulta innecesaria. No hay duda de que el ser humano es inexplicable sin su procedencia evolutiva y genética, pero con apoyo del conocimiento coetáneo todavía puede afirmarse que sus actos y, en general, su comportamiento (individual y social) permanecen en el bando de la libertad. Desde luego, convendría definir ese término y sus alcances.

El autor es filósofo.