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¿Un mundo sin religión?

Actualizado el 11 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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En los tiempos modernos que nos hallamos, mencionar la palabra “religión” aviva una amplia gama de reacciones fundamentadas en las experiencias que a cada quien le tocó vivir en una suerte de trauma, bondad, fanatismo, auxilio o imposición, de cara a un mundo en que muchas veces no valoró su función en un determinado momento histórico o bien, los facultados para regir sus destinos deformaron su imagen como institución.

No es el fin adjetivarla como aquella institución plagada de yerros por una miríada de tórridas normas y ritos, por un fundamentalismo exacerbado o por tantos otros epítetos que es como se mal entiende hoy día a la religión, pero tampoco se debe olvidar el daño causado por todos aquellos que han empleado un estamento religioso para encubrirse, enriquecerse o perpetrar los más atroces delitos, llámense Guerra Santa o Jihad , Inquisición, Enrique VIII, talibanes, pedofilia, Rodrigo de Borja o corrupción financiera dentro de la iglesia misma, entre otros, porque no solo segaron vidas inicuamente, propiciaron traumas emocionales de por vida, rezagaron el quehacer científico, etc. sino que mancillaron un concepto que en el sentido sano, hubiese ordenado mejor las responsabilidades y el buen proceder del hombre.

Etimológicamente, una de las muchas acepciones para la palabra “religión” viene de la composición del prefijo “re”, indicando reiteración más el verbo “ligare”, ligar o amarrar. Entonces “religión” significaría “ligar de nuevo”, lo cual podría entenderse como “unirse nuevamente con el Creador”. Cicerón, preclaro retórico de la república romana, aseveraba muchos años antes de la llegada del Mesías que “no existen pueblos, por más brutos que sean, que no tengan religión”. Así mismo, Lactancio, en siglo IV llegó a afirmar aún de manera estoica que el hombre debía “religarse” a Dios, ya que lo que los unía íntimamente se había roto ( Génesis 3 ), considerando igualmente que es la religión la que produce amor hacia los hombres, porque la hermandad resulta de ser hijos de Dios. Parecieran ser tesis anacrónicas y extemporáneas, no obstante merece ahondar un poco más.

Algunos manifestaciones del pensamiento humano asociado con una deidad se muestran en la arquitectura funeraria prehistórica de Mesopotamia, Egipto, Persia y muchos otros espacios no sólo mortuorios, que se caracterizaron por tener un común denominador: una íntima relación con el más allá. Qué tanto buscaba el ser humano fuera de su contorno mundano? Qué imperiosa necesidad tenía el hombre de creer en un ser superior a él? Por qué incluso era capaz de dar la vida por una creencia? Dentro de sus muchas respuestas se podría atribuir al estigma de ser sociedades incultas, poco evolucionadas o intimidadas ante las fuerzas de la naturaleza o simplemente, como una paliación de su conciencia ya que el mal es inherente al hombre y ha existido desde los umbrales de la vida en sociedad. En este orden de cosas, la mayoría de las veces llegó a tejerse una frontera casi intangible entre la razón pura y el fanatismo, con las consecuencias desastrosas por todos conocidas. Sin embargo, se puede rescatar y es posible dilucidar la buena intención en que se establecieron – con propósito o no - las bases de las religiones primarias, al menos teóricamente, incluso muchos siglos antes de la llegada de Cristo. Un ejemplo de ello, el zoroastrismo, nacida entre el siglo IX y X a.C. Su moral se condensa en la frase: “buenos pensamientos, buenas palabras, buenos actos”. Parte de sus enseñanzas encontrarían cabida posteriormente en el judaísmo y cristianismo, y de ellas pasaría al islamismo.

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La religión difundió la cultura a través de las escuelas y academias en muchas de las devociones, desde las madrazas coránicas hasta los cenobios medievales. De todos es sabido que uno de los vectores en el prefacio del pensamiento griego en Europa fue introducido por los musulmanes. Gracias a las escuelas, la escritura – vehículo de la cultura - experimentó un desarrollo que no tuvo parangón fuera de sus recintos, propagando un auge que derivó en la creación de universidades que vieron la luz de las escuelas catedralicias y monásticas. Históricamente se afirma que la universidad se dio como resultado de la interacción de la Europa medieval y los escenarios sociales, religiosos y políticos. Ya en siglo V el escritor latino Martianus Capella mencionaba las artes liberales. En el siglo VI Casiodoro las sistematizó y cristianizó y a finales del siglo VIII, el santo venerado por la religión anglicana y católica Alcuino de York, adoptó como curriculum educativo el Trivium (gramática, dialéctica y retórica) y el Quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música) para la Escuela Palatina de Aquisgrán, uno de los primeros recintos educativos del mundo. En nuestro medio, muchos siglos después, nos vimos beneficiados con instituciones creadas por Don Bosco, San José de Calasanz, San Juan Bautista de La Salle, Las Hermanas de la Caridad y tantos otros centros educativos religiosos y hospitalarios, en que no se puede negar, además de mitigar el dolor humano, que la transmisión de los valores y la integridad moral ha hecho su contribución al medio.

Las nuevas generaciones, que estadísticamente reflejan una apatía por lo relacionado con el tema religioso, recibieron en bandeja y sin ninguna complicación ni atraso, todo el fruto de muchos siglos de luchas y esfuerzos por obtener una educación mejor cualificada y con ello fortalecer la estructura social de una nación, pero no saben cómo digerir el legado y se pierden en la noche de los tiempos, lo cual hace pensar que ciertas conductas o directrices ayer consideradas absurdas y hoy tan “normales”, son el producto final de esa indigestión.

Quizá la verdad absoluta no se pueda inferir ni es imputable a una sola razón, sin embargo el aporte de la religión es un hecho que no permite nulidad y desde que el hombre moderno – Homo sapiens – quedó como única especie hominina, no ha dejado de lado el concepto de religión y aún hoy día, con todos los “atributos” de una colectividad evolucionada, en muchos países se le continúa honrando como forjadora moral de la sociedad.

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