Datos estadísticos reportan que el 46% de la población judicial son mujeres y 54% hombres

 16 julio

En la mayoría de las sociedades hay una gran complejidad de concepciones que se constituyen en formas de legitimar el poder y la organización en los planos social, económico y político. Sin embargo, las palabras y los conceptos no reivindican una verdad inherente, sino que se constituyen en un fin en sí mismo con ánimo de perpetuar una situación determinada.

A propósito de la no reivindicación de verdades inherentes, me interesa escudriñar en dos conceptos que, según mi criterio, están indisolublemente unidos: hembras alfa y sororidad.

El concepto de machos alfa –término bien conocido– y de hembras alfa proviene del reino animal. El estatus de alfa se consigue normalmente mediante atributos físicos, especialmente ligados a la procreación o a la capacidad de defensa. En especies como los seres humanos, esas características han hecho la diferencia históricamente en el proceso de selección natural; sin embargo, hay un aspecto que va más allá de lo físico. Se vincula con el liderazgo y la capacidad de potenciar los liderazgos de las demás personas, en especial de los de la misma especie, ya sean mujeres, hombres; o mujeres y hombres a la vez.

El proceso de liderazgo para las mujeres es más complejo que en los hombres. La opción no es comportarse como hombres, ni siquiera pretender los mismos resultados luego de ejercer las mismas acciones que estos. Es una verdad inherente que el nivel de exigencia de la sociedad para el reconocimiento del liderazgo de las mujeres es mucho mayor.

Se trata de un sesgo cultural que exige a las mujeres un esfuerzo extraordinario y comprometer otras áreas de su realización personal para lograr un reconocimiento en la sociedad; no por su falta de capacidad, sino por el escaso reconocimiento a su labor.

En este proceso de lucha incansable, algunas mujeres logran resultados extraordinarios con base en resiliencia, un empuje que solo lo da su capacidad interior de reinventarse y seguir surgiendo a punta de estrategias y lecciones aprendidas.

Alianzas. La clave en este proceso radica en las alianzas. Las alianzas con los hombres, y, en especial, las alianzas con las mujeres. En esta complejidad de concepciones, surge un término que viene a posicionar las alianzas de las mujeres lideresas para lograr mediante estrategias lo que las convenciones internacionales no han logrado aún: la igualdad entre hombres y mujeres.

Me refiero a la sororidad o hermandad entre las mujeres. De acuerdo con Marcela Lagarde, feminista y antropóloga mexicana, en un texto sobre cultura feminista, las francesas, como Gisele Halimi, llaman a esta nueva relación entre las mujeres sororité, del latín sor, cuyo significado es hermana.

Las italianas dicen sororitá y las feministas de habla inglesa la llaman sisterhood. Sin embargo, la acepción para esos vocablos es la misma: “amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo, para vivir la vida con un sentido profundamente libertario”, según palabras de Lagarde.

Exigencia. En el contexto nacional, la sororidad se constituye en una exigencia que obliga a las mujeres lideresas que ocupan altos mandos en los poderes del Estado, desde diputadas y magistradas hasta otros puestos de incidencia en la toma de decisiones, a replantearse alianzas que contribuyan a transformar las estructuras que limitan el reconocimiento de los diferentes liderazgos de las mujeres y, en este marco, su participación en todos los espacios políticos y sociales que permiten construir una sociedad con visión de hombres y de mujeres en igualdad.

“La alianza de las mujeres en el compromiso es tan importante como la lucha contra otros fenómenos de la opresión y por crear espacios en que las mujeres puedan desplegar nuevas posibilidades de vida”.

El Poder Judicial ha sido un ejemplo de lucha por la igualdad de las mujeres en el plano laboral, pero hay mucho por hacer. Recientes datos estadísticos reportan que el 46% de la población judicial son mujeres frente al 54% de hombres. Incluso, el 52% de los jueces somos mujeres frente a un 48% que son hombres. Sin embargo, hay que escudriñar en la verdad inherente de tales datos, pues al menos en el caso de la Judicatura, 496 juezas ocupan las categorías 1, 2 y 3, que son las más bajas y de menos ingresos salariales. Mientras que solo 180 ostentan la categoría de juezas 4 y 5, frente a 261 jueces en esos mismos niveles. Es precisa la redefinición de estrategias y alianzas para potenciar la participación de las mujeres en los concursos de los niveles más altos de la Judicatura y su nombramiento como un reconocimiento a su capacidad de resiliencia ante la adversidad, al margen de sus perfiles competenciales que evidencian el alto nivel de formación y desempeño.

Proceso similar debe desarrollarse entre las lideresas de los demás poderes del Estado y del sector empresarial, mediante la sororidad, con el objetivo común de modificar las estructuras actuales para lograr la tan ansiada paridad horizontal.

Es aquí donde la sororidad juega un papel trascendental, pues supone la modificación de las relaciones tradicionales entre mujeres, construidas por el patriarcado, para rediseñar un mundo que potencie los diferentes liderazgos de las mujeres y su participación en todos los ámbitos de la sociedad, transformando el concepto mismo de poder.

La autora es vicepresidenta de la Corte Suprema de Justicia.