La Alianza del Pacífico es una plataforma estratégica clave para el país

 15 marzo, 2015

En medio de varias disputas sobre los rumbos de la geopolítica, durante los últimos años han emergido dos grandes coincidencias. Su impacto alcanza a todos los países y Costa Rica no puede darse el lujo de estar al margen.

Primera coincidencia: el centro de gravedad económica, con inevitables secuelas políticas, se mueve del Atlántico al Pacífico y del norte hacia el sur. Segunda: en medio de una creciente multipolaridad, la incorporación a bloques y alianzas, con geometrías, objetivos y composiciones variables, no es una opción, sino una necesidad, sobre todo para los países pequeños.

Es en este contexto que debemos abordar nuestra integración al grupo que, en palabras de Cho Tae-yul, viceministro de Relaciones Exteriores de Corea, se ha convertido en “el verdadero ganador (latinoamericano) en la era de la conectividad”: la Alianza del Pacífico (AP).

Formalmente, el proceso para la adhesión de Costa Rica está muy avanzado. En febrero del 2014, durante la VIII Cumbre de la AP, la presidenta Laura Chinchilla firmó la “hoja de ruta” para emprenderlo. En octubre siguiente, el ministro de Comercio Exterior, Alexánder Mora, dijo que el 19 de setiembre se habían abierto consultas con el sector privado y la sociedad civil. En diciembre, aseguró que en el primer trimestre de este año se iniciarían las negociaciones para el ingreso. Sin embargo, ya estamos a mediados de marzo y esto no ha ocurrido aún, para perplejidad de los miembros de la Alianza.

En dos orillas. El viceministro coreano planteó su contundente afirmación el pasado sábado 7, durante un diálogo de alto nivel que congregó en Cartagena a representantes gubernamentales, empresariales y académicos de Chile, Colombia, México y Perú (integrantes de la AP) y de países de Asia-Pacífico; además de Corea, Australia, China, Filipinas, India, Indonesia, Japón y Singapur. A ellos nos sumamos participantes de otras regiones y afiliaciones.

El propósito central del encuentro fue discutir cómo profundizar los nexos entre las más dinámicas economías asiáticas y latinoamericanas. El contexto de esas relaciones se ha transformado con rapidez. Su crecimiento ya no puede generarlo la venta de productos primarios latinoamericanos en Asia y de manufacturas asiáticas en América Latina, como ocurrió por varios años. La nueva realidad impone diversificar el intercambio, a partir de mayor competitividad, mejor logística y creciente valor agregado. Esto, a su vez, repercutirá en los flujos de inversión.

La Alianza del Pacífico se encuentra en una posición particularmente sólida para aprovechar esta “nueva ola”, o “nueva normalidad” como prefieren llamarla los chinos.

Las economías de Chile, Colombia, México y Perú son las más abiertas, activas y competitivas de Sudamérica. Con una población de 217 millones, su producto interno bruto conjunto ocupa el octavo lugar en el mundo. Además, generan el 50% de las exportaciones latinoamericanas, el 38% de su PIB y reciben el 40% de la inversión extranjera.

Dos de ellos enfrentan serios problemas de seguridad, pero los cuatro países cuentan con instituciones funcionales, democracias robustas, seguridad jurídica y políticas macroeconómicas responsables. Por algo han asimilado mejor que sus vecinos la reducción en los precios del petróleo, el gas, el carbón, el cobre y otros productos extractivos, componentes claves de su oferta exportadora.

A pesar de sus grandes dimensiones en el contexto latinoamericano, la AP reconoce que será muy difícil alcanzar nuevos niveles de relación económica –y también política– con Asia desde posiciones individuales. Actuar como un bloque integrado se torna indispensable, sobre todo en procedimientos, regulaciones, logística, normas de origen y cadenas de valor, dentro un marco de estabilidad y seguridad.

Un paso estratégico. Es a partir de estas dinámicas y de nuestras coincidencias con sus cuatro miembros en política económica, abordaje institucional, visión de mundo y estrategias comerciales, que Costa Rica debe asumir su integración a la Alianza como mucho más que un tratado de libre comercio. Estamos ante una gran oportunidad –y necesidad– estratégica.

Incorporarnos al grupo nos permitirá avanzar hacia una circulación más libre de bienes, servicios, capitales y, eventualmente, personas. Todo esto ampliará las oportunidades de mercados, inversión extranjera directa y, por ende, crecimiento y empleos, razón de sobra para estar allí.

Pero tan o más importante aún es que nos permitirá coordinar políticas en ámbitos mucho más amplios, incluido el diplomático y ambiental; profundizar los nexos humanos; impulsar el intercambio de conocimientos; abrir nuevas oportunidades de becas para nuestros jóvenes (cada país dispone de 100); y contribuir a la consolidación de la democracia en América Latina.

Además, podremos acercarnos a los mercados asiáticos desde un bloque más sólido y con mayor capacidad negociadora, que abrirá más oportunidades a nuestros exportadores.

Estar en la AP no implica renunciar a estrategias bilaterales o vínculos con otros grupos y ámbitos. Al contrario, la Alianza practica el concepto de “convergencia en la diversidad”, esencial, por ejemplo, en sus relaciones con el Mercosur. Desde esta perspectiva podremos seguir desarrollando la integración en el SICA o los vínculos regionales con Estados Unidos y la Unión Europea.

Por nuestros avances comerciales (ya tenemos TLC con sus cuatro fundadores) y por nuestra estabilidad política, estamos mejor posicionados que los otros aspirantes –Panamá y Guatemala— para convertirnos en miembros plenos. Además de otros beneficios, una entrada oportuna nos otorgará capacidad de incidir activamente en su proceso de construcción institucional, para acercarlo más a nuestros intereses y realidades.

La pregunta que nuestras autoridades deben hacerse no es si integrarnos a la Alianza (parece que ya han respondido positivamente), sino cuándo hacerlo. La respuesta: de inmediato. La necesitamos y nos están esperando.

El autor es periodista.