Opinión

Yo motociclista

Actualizado el 04 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

La señalización no es un desafío, sino la delgada línea divisoria entre la vida y la muerte

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Trabajo como investigador de mercado en Heredia. Tardo 12 minutos de mi casa al trabajo en mi motocicleta de 125 cc, modelo 2007, año cuando empecé a utilizarla. Tenía 26 años.

El 8 de marzo del 2010, a las 6:53 a. m., tuve un accidente en el centro de Heredia. Un peatón se adelantó entre quienes esperaban el cambio de luz y cruzó la calle sin fijarse.

Por suerte, yo manejaba a velocidad reglamentaria y esto nos salvó la vida a los dos. Aunque lo golpeé y caí, ninguno de los dos sufrimos lesiones trágicas. Esa fue una lección para mí.

Hoy, la muerte anda en motocicleta y los accidentes “leves” son los menos. Los jóvenes entre 18 y 25 años son las principales víctimas de esta tragedia en nuestras carreteras. Y sí, la culpa, en la gran mayoría de las ocasiones, es de nosotros mismos, los motociclistas.

Mea culpa. Yo era uno de los imprudentes, de esos que en las presas se atravesaba, se colaba entre los vehículos y para llegar más rápido pasaba a 60 km/h en doble raya amarilla. Me ponía al inicio de la fila en todos los semáforos o me metía contravía 100 metros para ahorrarme 400, y de vez en cuando me trepaba a la acera para quitarme la presa.

Yo era ese motociclista. Me encolerizaba cuando me “echaban el carro”, sabiendo que era mi culpa, entre otras imprudencias.

Luego de mi accidente, la vida cambió. Como cambia para quienes han perdido brazos, piernas, movilidad. Como para muchos hogares que lloran la ausencia de seres queridos que, como yo, andaban haciendo loco en la calle.

Cada día veo decenas de muchachos en moto, sin casco, sin protecciones, sin chaleco, sin luces, sin espejos y haciendo acrobacias.

¿Acaso no es nuestra responsabilidad contar con lo mínimo: revisión técnica, marchamo, llantas con suficiente taco, frenos adecuados, luces funcionales? Lo mínimo es conducir de acuerdo con lo establecido en la ley de tránsito.

Hoy manejo alta y baja cilindrada, disfruto mucho pasear en motocicleta aunque las condiciones de ahora son muy distintas a las de hace 10 o 20 años.

Tenemos un parque de motocicletas que iguala a la cantidad de automóviles y en unos meses la superará, sin contar el impacto ambiental en la factura de hidrocarburos y generación de gases contaminantes que, sin duda, son la causa mayor de la nube de dióxido de carbono (CO2).

Ahora comprar una moto es tan fácil como adquirir una cocina.

Otra realidad. Luego de siete años de conducir como un motociclista responsable, he analizado y vivido otra realidad: conductores de automóviles, buses y camiones nos echan el vehículo encima porque estorbamos en la carretera. O peatones que de pronto bajan de los vehículos en media calle o cruzan sin cuidado; o los otros motociclistas imprudentes que se atraviesan como abejones cuando uno circula de manera correcta. Entre otras imprudencias.

Yo motociclista sé que me juego la vida al salir. Comprendo los riesgos, pero he aprendido que manejando responsablemente es posible reducir al mínimo la posibilidad de un accidente.

La licencia para conducir motocicleta debería expedirse al menos para mayores de 21 o 25 años y regular la importación y venta de estos vehículos, porque se han convertido en armas mortales.

Insto a los motociclistas del país a comprender que la señalización del tránsito no es un desafío, sino la delgada línea divisoria entre la vida y la muerte.

Por ahora, procuraré seguir andando con cuidado, mientras pueda disfrutar paisajes que se aprecian de una forma única y diferente andando en dos ruedas.

El autor es investigador de mercado.

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