8 febrero, 2016

Con ruido ensordecedor, como huracán, de repente se nos acercan por detrás. Vienen en tropel, veinte o más motos; ella, negra, como la ropa de cuero del motociclista.

De nuevo, me golpeó el panorama. El otro día, esta vez docenas de compañeros acompañaron a un conductor de ellos, pero ya en coche fúnebre.

Pienso en aquel poeta de mi tierra, quien, describiendo un cortejo de estos, con seis caballos, igual vi en Granada, Nicaragua. En mi mente suena el gospel: When the saints go marching in, I want to be in that number.

Pero en Costa Rica también abundan solos: con su bólido se le adelantan a uno, como relámpago en nuestras maltrechas carreteras, cumpliendo demasiadas veces, con fatua fatalidad, ser la próxima víctima (en accidente o suicidio: el resultado es el mismo).

Por la periférica, al contemplar de nuevo aquella advertencia luminosa de “el chasis sos vos” constato que el problema es otro. El aludido soporte anatómico está bien, nuevecito o casi, muchas veces. Pero debajo del casco no suele haber cerebro. ¿Tiempos de circo romano otra vez? Los que van a morir, te saludan.

El autor es educador.