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Quizás no moriremos mañana

Actualizado el 27 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

El deseo de trascendencia del ser humano es un anhelo empíricamente verificable

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Cuando empecé a relacionar el derecho penal con las llamadas “ciencias duras”, hace ya más de una década, ignoraba que otros profesores en el mundo estaban haciendo lo mismo. Recuerdo perfectamente haber sido tildado de loco en la facultad y por mis estimados compañeros de trabajo, pero nunca me desanimé. Al fin y al cabo, no sería la primera ni la última vez. Además, el tiempo estaba de mi lado: los estudios que efectué en nanotecnología, genética y física cuántica son ahora prácticamente de uso común, aunque haya quienes se nieguen a aceptar la posibilidad comparativa y relacional de esas categorías de conocimiento invocando al mismo Wittgenstein por problemas de la inconmensurabilidad del lenguaje propio de cada disciplina.

Lo más difícil es explicar temas complejos de manera simple. Voy a intentarlo. La muerte física es una realidad constatable, pero también el deseo de trascendencia del ser humano es un anhelo empíricamente verificable. Cuando la ciencia estaba supeditada a la religión y esta tenía la última palabra sobre el más allá, gozaba de un poder terrenal inmenso, pero con la secularización de las sociedades posmodernas (nos guste o no) los seres humanos buscan respuestas aquí y ahora. Esto no es un manifiesto contra las instituciones religiosas, sino una observación objetiva.

Mitología. Hace aproximadamente unos seis milenios, en lo que hoy es Irak, se extendía la fértil llanura mesopotámica, atravesada por los ríos Éufrates y Tigris. En el sur de esa región, en Sumeria, se levantaba la imponente Uruk (la actual Warka), cuna del rey Gilgamesh.

En 1872, George Smith tradujo el famoso Poema de Gilgamesh. A lo largo de las doce tablillas, se perfila a Gilgamesh como un héroe mítico, de 5,60 metros de altura –el doble que el bíblico gigante Goliat–. A raíz de la muerte de su mejor amigo Enkidu, y profundamente abatido, emprendió un viaje épico en busca de la inmortalidad.

Un sabio le indicó que, a pesar de que era un atributo únicamente divino, podía buscar en el mar una planta que otorgaba la eterna juventud; Gilgamesh la encontró (otra tradición lo niega), pero, de regreso, tomó un baño y la planta le fue arrebatada por una serpiente (de ahí la creencia de que las serpientes cambian de piel, y que por ello vuelven a la juventud).

El héroe murió en Uruk sin lograr su cometido. Esta búsqueda de la eterna juventud está también presente en la mitología griega, cuando una ninfa promete a Odiseo la vida eterna si no se marcha de Calipso, la isla donde vivía; pero el protagonista del poema que escribió Homero en 800 a.C. se marchó, y con ello perdió la posibilidad de la inmortalidad.

Alquimia. Posteriormente, en la Edad Media, y según los alquimistas, la piedra filosofal era no solo capaz de convertir cualquier metal en oro, sino de otorgar también la inmortalidad. Se colige que las leyendas, las alegorías, las tradiciones y la historia, ponen de manifiesto la búsqueda del hombre y la mujer por alcanzar la eterna juventud o librarse de la muerte.

Si hay algo que el ser humano nunca ha sabido manejar es su finitud. Ni en tiempos remotos ni en la actualidad. Durante milenios se ha buscado la inmortalidad, pero jamás se ha hallado el mínimo rastro. La medicina en casi todo el mundo, y hasta el siglo XIX, estuvo dominada por la superstición, la brujería y los rumores, narra Michio Kaku en su libro La física del futuro (2013). Dado que la mayoría de los niños morían al nacer, la esperanza media de vida se situaba entre los 18 y los 20 años. Pero un químico francés cambió la historia de la medicina y la enfermedad. Hasta entonces una dolencia era concebida como un castigo de un dios (en los años 80 se recicló esa idea con la aparición del sida).

Louis Pasteur (1822-1895) descubrió que muchos males no procedían de una maldición sobrenatural, sino de unos bichitos minúsculos llamados bacterias. De sus investigaciones en microbiología surgieron los antibióticos, las vacunas, la esterilización y la adopción de la higiene como métodos para prevenir y curar muchas enfermedades infecciosas.

En los años 40, empezó a mezclarse la física y la medicina, según Kaku. Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la teoría cuántica, rechazaba la idea de que un alma diera vida a un cuerpo.

El físico austríaco trabajó en la teoría de que la vida estaba basada en algún tipo de código y este estaba codificado en una molécula. Formuló la conjetura de que si se hallaba aquella molécula se podría desvelar el secreto de la vida.

Genética. El físico Francis Crick y el genetista James Watson tomaron como referencia el libro donde Schrödinger desarrollaba esta teoría, ¿Qué es la vida? (1944), e intentaron demostrar que el ADN era aquella molécula que revelaba el misterio de la existencia. En 1953, los dos científicos hallaron la estructura del ADN y con el tiempo se mapeó el genoma humano.

El inventor y futurista Ray Kurzweil dijo en Global Futures 2045 International Congress, en Nueva York, en junio del 2013, que en unos 30 años podremos subir una mente humana a una computadora y almacenarla en una nube avanzada.

La inteligencia humana se podrá guardar digitalmente y ahí quedará después de que ese cuerpo muera. Lo que el director de ingeniería de Google llama el wetware (algo así como conjunto de utensilios húmedos: sangre, huesos, órganos y piel). La inmortalidad estaría entonces en lo más profundo de un nanochip.

El Proyecto Gilgamesh desarrolla actualmente un sistema de nanorrobots capaz de combatir virus y bacterias, invertir el envejecimiento, conforme al genoma personal del paciente; si bien no es posible prevenir la muerte por homicidios o accidentes, plantea la amortalidad del ser humano, es decir, la extensión indefinida de la vida.

El autor es abogado.

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