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La montaña rusade las materias primas

Actualizado el 29 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

La expansión económica de Estados Unidos probablemente se desacelere pronto

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CAMBRIDGE – El superciclo global de las materias primas no es un fenómeno nuevo. Si bien los detalles varían, los exportadores de productos primarios tienden a actuar de la misma manera y los resultados económicos suelen seguir patrones reconocibles. Pero el elemento de previsibilidad en el devenir del ciclo de precios de las materias primas, como sucede con el recorrido de una montaña rusa, no hace que sus giros y vueltas sean más fáciles de tolerar.

Desde fines del siglo XVIII, se han producido siete u ocho auges de los precios de las materias primas no petroleras, en relación al precio de los productos manufacturados. (La cantidad exacta depende de cómo se definan los altibajos). Los auges normalmente duraron 7 a 8 años, aunque el que comenzó en 1933 se prolongó casi dos décadas. Esa excepción se debió primero a la Segunda Guerra Mundial y luego a la reconstrucción de posguerra de Europa y Japón, así como al rápido crecimiento económico en Estados Unidos. El auge más reciente, que comenzó en el 2004 y terminó en el 2011, es el que mejor se adapta a la norma.

Los colapsos de los precios de las materias primas –con altibajos de más del 30% tienen una duración similar: duran unos siete años, en promedio–. El colapso actual va por su cuarto año, y los precios de las materias primas no petroleras (en relación con los precios de exportación de los fabricantes) cayeron hasta el momento alrededor del 25%.

Los auges de los precios de las materias primas están normalmente asociados a crecientes ingresos, posiciones fiscales más fuertes, apreciación de las monedas, caída de los costos de endeudamiento e ingresos de capital. Durante las recesiones, estas tendencias se revierten. Por cierto, desde que comenzó el desplome actual hace cuatro años, la actividad económica para muchos exportadores de materias primas se ha desacelerado notablemente; sus monedas han caído, después de casi una década de relativa estabilidad; los diferenciales de las tasas de interés se han ampliado y los flujos de capital se han agotado.

El impacto de la recesión dependerá, en gran medida, de cómo se comporten los gobiernos y los individuos durante el período de bonanza. Si perciben que las mejoras en sus términos comerciales son permanentes –una visión que gana terreno a medida que suben los precios–, los incrementos del consumo y la inversión tienden a superar las alzas de los ingresos, y crece el apalancamiento público y privado. El riesgo es que cuando la montaña rusa se lanza estrepitosamente hacia abajo, una crisis de deuda hace descarrilar a los mercados.

Y, de hecho, durante las caídas de los precios de los productos básicos, las crisis bancarias, monetarias y de deuda soberana tienden a proliferar –y evitar la crisis se vuelve un tema candente para los responsables de las políticas, como queda reflejado en la Perspectiva Económica Mundial más reciente del Fondo Monetario Internacional–. No es casual que el último colapso de los precios de las materias primas, que se produjo desde fines de los años 1970 hasta 1992, coincidiera con más de una década de crisis de deuda soberana en el mundo en desarrollo.

Obviamente, esa no fue una recesión común y corriente. Por el contrario, fue el colapso más severo de los precios de las materias primas hasta el día de hoy, que se tradujo en un altibajo del 40%. Lo más atípico fue que implicó tres olas de caídas de precios, divididas por respiros de 1 a 2 años. La primera ola estaba conectada a los esfuerzos de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) por controlar la inflación en el otoño de 1979, lo que hizo que las tasas de interés internacionales se dispararan, generando una profunda recesión en Estados Unidos y otras partes.

La segunda ola, que comenzó en 1985, reflejó un exceso de oferta, ya que muchos exportadores de materias primas salieron simultáneamente en busca de dinero en efectivo, muchas veces en medio de crisis económicas.

La tercera ola, de 1989 a 1992, se vio alimentada por la desintegración de la Unión Soviética, lo que causó un colapso de la producción allí.

El interrogante ahora es si la crisis actual seguirá una trayectoria similar y si el respiro reciente pronto dará lugar a otra caída. La respuesta reside principalmente (pero no exclusivamente) en China.

Si la desaceleración económica de China persiste –como suele suceder con las desaceleraciones que se producen luego de auges de inversión y están alimentadas por sobreendeudamientos–, la caída de las materias primas probablemente continúe, ya que ninguna otra economía es capaz de revertir la escasez de demanda. La expansión económica de Estados Unidos probablemente se desacelere pronto, cuando la Reserva aumente las tasas de interés. Y la reciente recuperación relativamente robusta de Europa quizá sea moderada y esté inclinada a los servicios internos.

Es más, en esta etapa del ciclo de las materias primas, las caídas de los precios normalmente se mantienen a la baja. Cuando terminó el auge, muchos exportadores de materias primas ya habían iniciado proyectos de inversión para expandir la producción. A medida que las inversiones empiecen a rendir frutos, la mayor oferta mantendrá una presión a la baja sobre los precios. Y la aversión entendible de muchos Gobiernos de economías emergentes en cuanto a tener déficits de cuenta corriente sustanciales y persistentes los llevará a contrarrestar los precios más débiles de las exportaciones incrementando el volumen de las exportaciones, inclusive si eso hace bajar los precios aún más.

Este recorrido de montaña rusa de los precios de las materias primas probablemente no haya terminado aún. Si bien no podemos saber con certeza lo que sucederá, sería prudente que nos preparásemos para otra caída, e hiciéramos lo posible para no estrellarnos.

Carmen Reinhart es profesora del Sistema Financiero Internacional en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard. © Project Syndicate 1995–2015

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