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Los monocultivos: el caso de la piña

Actualizado el 17 de septiembre de 2008 a las 12:00 am

 Las transnacionales dominantes del mercado se resisten a los controles ambientales

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Los monocultivos: el caso de la piña

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La historia de las colonias americanas y caribeñas discurre de la mano de los monocultivos. Gran parte de los bosques fueron sustituidos hasta en un 100% para hacerle campo a las siembras de caña, cacao, banano, tabaco, y se obtuvo como resultado esperable, pero desdeñado, la esterilidad de los suelos.

Asimismo, no estuvieron ausentes las plagas agrícolas que aceleraron los procesos de destrucción social y económica, parientes de la desnutrición, la emigración y otras catástrofes todavía presentes.

Uso del suelo. A partir de un inadecuado modelo de desarrollo, acorde con las necesidades del régimen colonial, el uso de suelo jamás tuvo en consideración las necesidades de las poblaciones colonizadas. Para los esclavistas las poblaciones no tenían más importancia que la que les deba su fuerza productiva, fuera esta aborigen o traída desde ultramar. Lo importante era producir riqueza para el centro de poder colonial; lo demás, lo humano, lo ambiental, eran factores que podrían afectar sus ganancias.

De acuerdo con este esquema se desarrolló luego la ganadería extensiva, que en mucho tuvo carácter de crimen contra la naturaleza. Biodiversidad arrasada, suelos erosionados, aguas contaminadas, enfermedades tropicales, ecosistemas transmutados a desiertos fue, en muchos casos, el resultado final, y las páginas de la historia de Costa Rica no fueron ajenas a esa realidad.

Hoy, cuando es irracional no reconocer la existencia de una ruta hacia el conflicto socio ambiental inherente a la producción extensiva de piña desde países subdesarrollados hacia el Norte, sentimos que es urgente prevenir en Costa Rica un impacto de impredecibles consecuencias.

Cultivo contaminante. El cultivo de la piña tiende a agotar los nutrientes del suelo, al tiempo que requiere gigantescas cantidades de fertilizantes y pesticidas, pero es tal su éxito comercial, que su acelerado desarrollo ha sobrepasado cualquier estrategia de protección ambiental.

La contaminación química ha tenido que ser considerada en el camino, no se tienen claras las consecuencias sobre los ecosistemas silvestres, los desechos no son tratados adecuadamente y las evaluaciones de impacto ambiental son apenas parte del aprendizaje.

Las más de 40.000 hectáreas sembradas de piña amenazan con extenderse hasta cifras insospechables. Las transnacionales dominantes del mercado se resisten a los controles ambientales, y las autoridades nacionales no cuentan con los instrumentos idóneos para cumplir con el mandato constitucional en pro del ambiente sano y el equilibrio ecológico.

Ante ello, abogamos por un tratamiento técnico, con base científica, que tome en cuenta la relación del ser humano con su ambiente, más allá de la sumisión neocolonialista.

La situación del siglo XIX quedó atrás con sus pequeñas poblaciones y grandes áreas a colonizar.

Hoy, cuando más bien urgimos de un desarrollo sostenible, no es posible disimular la tendencia destructiva que nos amenaza.

Por su magnitud e intensidad, los efectos sobre el ambiente representan mucho más que los inherentes a la erosión y la fertilidad agotada.

Es tal la extensión de las áreas afectadas por la urbanización descontrolada, la deforestación devastadora, y los monocultivos representados en la agricultura de la piña, que no habrá tiempo ni de cuantificar la pérdida de la biodiversidad. La fragilidad de los ecosistemas se profundiza haciéndoles más vulnerables a los impactos.

El diagnóstico para Costa Rica está muy avanzado; la medicina habrá que determinarla a partir de un alto en el camino que no ha de hacerse esperar.

Se tendrá que ver con la determinación de pautas gubernamentales obligatorias, independientemente de las molestias que expresarán los dueños del lucrativo negocio que, paradójicamente, a mediano plazo traerá una mayor pobreza a los habitantes de nuestro pequeño territorio.

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