Opinión

El mito de la especialización

Actualizado el 08 de enero de 2014 a las 12:00 am

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El mito de la especialización

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CAMBRIDGE – Algunas ideas resultan intuitivas. Otras parecen tan obvias una vez que se las expresa, que es difícil negar su veracidad. Son poderosas, porque muchas de sus implicaciones no son obvias. Nos brindan un punto de vista diferente desde el cual mirar al mundo y decidir cómo actuar sobre él.

Una de esas ideas es que las ciudades, las regiones y los países deben especializarse. Como no pueden ser buenos en todo, deben concentrarse en lo que son mejores, esto es, en sus ventajas comparativas. Deben hacer muy bien unas pocas cosas e intercambiarlas por otras que son producidas mejor en otros lugares, aprovechando así los beneficios del comercio.

Pero, así como algunas ideas son intuitivas u obvias, también pueden ser incorrectas y peligrosas. Como ocurre a menudo, no es lo que no sabemos, sino lo que erróneamente creemos que sabemos, lo que nos perjudica. La idea de que las ciudades y los países en realidad sí se especializan, y que por lo tanto deben especializarse, es una de esas ideas muy equivocadas y peligrosas.

Cuando una idea es intuitivamente cierta pero falsa en la realidad, a menudo se debe a que es cierta a un nivel, pero no al nivel al cual se la aplica. Es cierto: la gente sí se especializa, y debe hacerlo. Todos nos beneficiamos cuando nos tornamos mejores en cosas distintas que los demás e intercambiamos nuestro conocimiento con ellos. No es eficiente que la misma persona sea, por ejemplo, dentista y abogado.

Pero la especialización a nivel individual en realidad conduce a la diversificación a un nivel superior. Es precisamente porque las personas y las empresas se especializan que las ciudades y los países se diversifican.

Pensemos en una medicatura rural y en un gran hospital urbano. La primera probablemente cuenta con un único profesional generalista, capaz de brindar un conjunto limitado de servicios. En el segundo, los médicos se especializan en distintas áreas (oncología, cardiología, neurología, etc.) y eso permite al hospital ofrecer un conjunto más diverso de intervenciones. La especialización de los médicos conduce a la diversificación de los servicios hospitalarios.

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La escala en la cual la especialización de las personas conduce a la diversificación es la ciudad. Las ciudades más grandes son más diversificadas que las pequeñas. Entre las ciudades con poblaciones similares –por ejemplo, Salvador y Curitiba en Brasil, o Guadalajara y Monterrey en México–, las más diversificadas son más ricas que las menos diversificadas. Además, tienden a crecer más rápidamente y a diversificarse aún más, no solo porque cuentan con un mayor mercado interno, sino porque también son más diversificadas en términos de lo que pueden vender a otras ciudades y países.

Lo que es cierto a nivel de las ciudades resulta aún más aplicable al nivel de los Estados y países. La población de los Países Bajos, Chile y Camerún es similar, pero los Países Bajos son el doble de ricos que Chile, que es diez veces más rico que Camerún. Si consideramos sus exportaciones, podemos ver que los Países Bajos tienen una diversificación tres veces mayor a la chilena, que es el triple de la de Camerún.

Como mis colegas y yo hemos argumentado recientemente, una forma de entender esto es pensar que las industrias combinan habilidades, al igual que las letras se unen para formar palabras. Con una mayor diversidad de letras, la variedad de palabras que se puede formar aumenta, así como su longitud. Del mismo modo, cuantas más habilidades hay disponibles, más son los sectores que pueden existir y mayor es su complejidad.

Las ciudades son los lugares donde la gente que se ha especializado en distintas áreas se congrega, lo cual permite que las empresas combinen su conocimiento. Las ciudades ricas se caracterizan por un conjunto más diverso de habilidades, que permite el desarrollo de un conjunto de sectores más diverso y complejo, y brinda, por lo tanto, más oportunidades laborales a los diversos especialistas.

En el proceso del desarrollo, las ciudades, los Estados y los países no se especializan... se diversifican. Evolucionan y pasan de sostener a unas pocas industrias sencillas a contar con un conjunto cada vez más diverso de sectores económicos más complejos. Lograr esto implica solucionar importantes problemas de coordinación, pues un sector nuevo en una ciudad no encontrará trabajadores con experiencia en él. Pero los responsables de las políticas pueden hacer mucho para solucionar estos problemas de coordinación.

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Por esto es tan peligroso creer que las ciudades, los Estados o los países deben especializarse en sus áreas actuales de ventaja comparativa. Concentrarse en las escasas actividades en las que se destacan actualmente solo reduciría la variedad de las capacidades –o “letras”– con las que cuentan. El desafío no es elegir unos pocos ganadores entre los sectores existentes, sino facilitar el surgimiento de más ganadores mediante la ampliación del ecosistema de negocios que le permita nutrir a nuevas actividades.

Esto es hoy más importante que nunca, pues la globalización de las cadenas de valor está deslocalizando las relaciones entre proveedores y clientes. Las ciudades y los países no deben enfocarse en unos pocos “clústeres” o conglomerados y consolidar las cadenas de valor en ese lugar, como tan a menudo se recomienda. En lugar de ello, deben preocuparse por constituirse en un nodo en muchas cadenas de valor distintas, algo que requiere encontrar otras industrias que puedan usar sus capacidades existentes, si se ampliaran y ajustaran de algún modo a las necesidades de nuevas industrias.

Inevitablemente, la competencia tiende a eliminar las empresas y los sectores menos eficientes. No es la función de los responsables de las políticas acelerar su deceso. Su tarea es identificar intervenciones que aumenten la productividad, aprovechando econo-mías de aglomeración mediante la incorporación de nuevas actividades y capacidades productivas, logrando así que el todo sea mayor que la suma de las partes.

Ricardo Hausmann es profesor de Economía en la Universidad de Harvard, donde además dirige el Centro para el Desarrollo Internacional. © Project Syndicate.

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