Joven es el que no tiene pasado y viejo el que carece de futuro. Así de cierto, así de exacto

 8 mayo

Dicho está: joven es el que no tiene pasado y viejo el que carece de futuro. Así de cierto, así de exacto. El joven vive para lo que será y el viejo de lo que fue. Alguien dijo que estas eran verdades que merecían ser esculpidas en la roca viva; pero… ¿será cierto?

Tal vez no tanto. Al día siguiente de haber nacido, comenzamos a recordar; solamente que son recuerdos que guardamos cuidadosamente en el subconsciente, como también hacemos con los sueños. Algún día, la ciencia los podrá entresacar y reflejarlos en una pantalla, como si estuviéramos viendo una película.

Entonces, posiblemente, podríamos saber lo que somos. De esta manera, la sentencia socrática de “conócete a ti mismo” confirmaría la intuición que el filósofo expuso hace más de veinticuatro siglos y que la palabra bíblica recogió: la verdad es la fuente de la libertad.

Persistencia. El viejo, aun cuando sabe que pronto morirá, está pensando en lo que le falta por hacer, creyendo en la posibilidad de realizarlo. Como el anciano de Nicoya, con ciento cuatro años de edad, que aparece en la información de la prensa con un bastón en una mano y un machete en la otra, desyerbando, porque tiene que preparar el campo para sembrar, cuando se presenten las primeras lluvias del invierno.

O como Miguel Ángel, que frente al palpitar de la muerte daba golpes con su mazo al cincel porque sentía el impulso místico de terminar una nueva obra maestra, lleno, todo él, de esperanzadora ilusión de crear.

A mis casi noventa y tres años, pienso que tanto el joven como el viejo no pueden prescindir del recuerdo; y, en algunos casos, como el mío reciente, con fuerte revés del destino. Recordar, sí, pero mirando siempre adelante, hacia los horizontes abiertos, hacia la luz, creyendo, firmemente, que podemos esperar un día más para emprender una nueva tarea. Sembrar, asidos al bastón del recuerdo, sin preocuparnos de quien pueda recoger la cosecha.

El autor es abogado.