Sabemos que tal como están las cosas, en el planeta no existen los paraísos

 20 abril, 2016

Trabajo con refugiados desde hace mucho tiempo y también soy inmigrante. Desde ahí puedo hablar de lo que significa dejar atrás lo que ha formado parte de la vida de una: la familia, la cultura y todo aquello que forma parte de la identidad.

Cuando veo la manera como se ha ido deteriorando la situación de los migrantes en el mundo y la inexistencia de una respuesta global para las personas –no hay que olvidar que son personas– me pregunto si el mundo se ha convertido, más bien, en un espacio de circulación de objetos, dinero, drogas o armas en el que las personas migrantes, a diferencia de esos objetos, se encuentran con muros por doquier.

Esos muros son las grandes estructuras de cemento y las alambradas. Pero también lo son los sellitos que inventan los Estados para definir si una persona es recibida o no en un país. No pasa lo mismo con el dinero o las armas o las drogas que pasan, en muchos casos, inadvertidas.

Cuando alguien toma la decisión de trasladarse a otro país existe, con seguridad, un motivo fuerte. No se trata de una decisión fácil, tiene un costo enorme y, si no, pregunten a las personas africanas o cubanas con duelos en proceso por lo perdido, que deben atravesar selva y montaña para acercarse a la ilusión que les han vendido de encontrarse con el paraíso.

Y nosotros sabemos que tal como están las cosas en el planeta no existen los paraísos, salvo los fiscales, aunque ese paraíso sea representado por cada uno de diferente manera.

Puede tratarse de un lugar en el mundo en el que hay paz, en el que hay oportunidades, en fin, en el que se pueda vivir dignamente.

Palos y represión. Sin duda, existe una incapacidad muy grande de parte de los gobiernos, en este caso de Centroamérica, para poder, conjuntamente más allá de las diferencias, encontrar una respuesta que devuelva la dignidad a las personas.

Lo que aparece como respuesta inmediata son los palos, la represión. No podemos quedarnos observando a un grupo de personas que se encuentran varadas en una especie de pasillo, entre ambas fronteras, la de Panamá y Costa Rica, sin lo mínimo para la vida; a la espera de que pase el tiempo, violándoseles los derechos fundamentales que tiene todo ser humano.

Lamentablemente, lo único que se le ocurre decir al funcionario panameño es: “No tienen el sello”. Y esa es la razón por la cual no se les deja atravesar el límite panameño del pasillo.

Hemos visto un ejemplo de humanidad y solidaridad, y muy especialmente por el mensaje que se ha enviado al mundo. Hay que hacerse cargo de la situación de los migrantes. Eso hizo Francisco. No es el número de familias sirias de las que se hizo cargo, sino el mensaje que envía al que hay que darle importancia. Hay que hacerse cargo.