30 abril, 2015

Decía Lazlo Polgar, autor de un libro intitulado al igual que este artículo, que un genio no nace, sino que se hace. Luego tuvo tres hijas, y las tres fueron genios, así que no debe haber estado muy equivocado.

En su libro, Polgar toca un punto muy importante: el de la motivación. En resumen, la genialidad es equivalente a la suma de la práctica –manifestada mediante el estudio y la disciplina– y la motivación.

Pues bien, en mi clase decidí llevar a cabo un ejercicio para comprobar de forma exploratoria cómo influye la motivación adicional en los niños, y averiguar si por medio de la disciplina y el estímulo extra son capaces de hacer algo que en principio es difícil.

Experimento. En mi clase tengo cuatro reglas sagradas: no hablar sin permiso, no ponerse de pie sin permiso, tener claro que la clase es un equipo y no un grupo y nunca decir la frase “no puedo”.

Para mi experimento con los niños de sexto grado, decidí llevarles a la clase de música una obra para que la ejecutaran, con la salvedad de que la pieza era un poco más difícil de lo que estaban acostumbrados a tocar.

Al principio, esperaba ver que se dieran por vencidos. Me dio risa verlos buscando sinónimos para expresar lo que estaban sintiendo: “no puedo”. De verdad les estaba costando. Hasta un tiempo después, alguien dijo: “Profe, ¿esto no es de colegio?”. Les contesté que sí y que debían estudiar la obra para la siguiente lección.

A la semana regresé, y la mejora fue nula. “Profe, está muy difícil esto”, “profe, me cuesta”. Y apareció la frase maldita: “Profe, no puedo”.

Les dije que, entonces, escogieran a un compañero, a cualquiera, y que ese que fuera seleccionado iba a ejecutar, sí o sí, la obra a la perfección, sin errores, en la próxima clase.

Todos se volvieron a ver, como buscando el número del Psiquiátrico para que me fuera a dar una vuelta… Luego de pensarlo mucho, decidieron escoger a Armando, un niño educado, disciplinado y que estaba batallando con la pieza musical.

Armando me miró como diciendo: “Y ahora, ¿quién podrá ayudarme?”. Lo miré y le cerré el ojo, como diciéndole “tranquilo, hago esto todos los días”, lo cual evidentemente no era cierto. Pero no podía dejar que se colara ningún dejo de desconfianza.

Le dije a Armando que lo único que iba a hacer era escribirle un mensaje todos los días, para recordarle qué estudiar y cómo hacerllo, y eso fue todo.

Quizá la novedad de que el profesor le escribiera al Facebook lo motivó, o tal vez le vendí muy bien la idea de que él podría hacer eso y mucho más.

Y así fue: durante la semana le escribí mensajes para hacerle ver cuán capaz era él, y que la obra era tan difícil como él quisiera que fuera.

A la siguiente clase entré, y Armando ya estaba en pie, esperando recibirme. Todos los estudiantes permanecían en silencio, todos con intriga. Yo me jugaba la palabra frente a ellos, pero Armando se jugaba una vacilada en el recreo.

No es necesario contar el final, ¿o sí? ¿Dudaron de Armando?

Ese es el problema, que los subestimamos, que no creemos en ellos. Que, como padres, no los motivamos lo suficiente, ni los encarrilamos como deberíamos.

Por supuesto que lo logró, por supuesto que ejecutó la pieza a la perfección. Fue uno de los mejores días para mí, para él y para el grupo que aplaudía, emocionado, la hazaña de Armando.

Ellos por sí solos no van a dar la milla extra. Busquemos cómo explotar su potencial.

El autor es internacionalista, profesor de música y de computación