La sociedad tiene que aceptar y darles un espacio a las personas con discapacidad

 10 septiembre, 2015

De acuerdo con lo que Fernando F. Sánchez narra en su artículo Una lección de empatía ( Opinión , 29/8/15), puede imaginar, ya que ha pasado por una situación transitoria, lo que es acceder a los espacios públicos en situaciones tan básicas como ir al hospital, a la escuela o a hacer compras. Y si yo le contara las profundas barreras que existen en aspectos actitudinales...

El desplazamiento en nuestro país es difícil para una persona con discapacidad.

Tengo más de 20 años de lidiar con situaciones que son difíciles de describir si no se han experimentado. El relato de don Fernando me impulsó a escribir estas líneas para que los costarricenses tengan una idea no de lo que es convivir con una persona con discapacidad, sino lo terriblemente difícil que es relacionarse con los conciudadanos para que puedan comprender y brinden un poco de oportunidad y respeto.

Reto diario. Mi hijo tiene una discapacidad importante, y esto hace que lo que conocemos como cotidiano se convierta en una tarea donde la imaginación, la creatividad y, ¿por qué no?, el amor que se puede prodigar, se transmita y se vea de una manera totalmente diferente.

Es un mundo que la sociedad presenta lleno de barreras y obstáculos, donde pensar en estudiar, trabajar, pasear, tener familia o pareja debe concebirse de una manera totalmente nueva.

Si como madre pretendo que mi hijo estudie, tengo que pensar desde el momento en que se despierta, en su alimentación, en su vestido, en el baño cotidiano, y luego la parte más difícil: tomar el bus. Ahí es cuando mi temor se mezcla con llegar tarde a la institución y si la rampa funcionará o si el autobús la tendrá.

A veces uno negocia con algún taxi adaptado, pero no siempre es fácil. También hay que planear cómo llegar a la institución, la ruta que debo tomar para que se facilite el acceso y si el aula está adaptada para las necesidades, solo por citar algunos aspectos.

Y hay otra tarea todavía más difícil de resolver: ¿La maestra tendrá la actitud para atender con buenos ojos a mi hijo? ¿Contará con la colaboración de la institución? Y, sobre todo, ¿verán a mi hijo como a un estudiante y no por su discapacidad?

Para mí es difícil digerir esto, porque nadie me preparó para tener a una persona con discapacidad: fue un curso intensivo. ¿Por qué entonces, los profesionales se cuestionan si lo aceptan o no? A mí me tocó vivirlo y punto. Y con esto tengo que aprender a tener la actitud para afrontarlo y ser mejor persona.

Tarea pendiente. La sociedad tiene la tarea de aceptar y darles un espacio a las personas con discapacidad; es parte de nuestra realidad humana. No lo podemos ignorar. Está presente todos los días.

Ellos son nuestra familia, es nuestra cotidianidad. Ya sea por la edad, por la enfermedad o por un accidente, ellos son parte de nuestro pasado, presente y futuro. Tratar de hacer un espacio de mayor compromiso, comprensión y oportunidad es hacerlo para nosotros mismos porque también somos parte de esta realidad, solo por tener la condición de ser humano.

Soy consciente de que vivo en un país con muchas limitaciones y que las posibilidades se deben repartir entre las muchas necesidades que poseemos como ciudadanos. Pero quisiera que la actitud sea diferente.

Mi deseo, como toda madre, es que mi hijo sea una persona feliz y se realice en lo que haga, pero que las cosas se le faciliten un poco. Cuando mi hijo nació, la Ley 7.600 tenía cuatro años de haberse promulgado. Hoy, veinte años después, todavía esperamos que los buses tengan rampas y que estén buenas, que haya facilidades para los niños y jóvenes con discapacidad en el sistema educativo, que las aceras sean más accesibles, que las zonas de parqueos se respeten y se promuevan mejores oportunidades de empleo.

Cuando mi familia tiene que salir, hago un retrato mental de la ruta que debemos tomar y adónde vamos para que no nos encontremos con mayores obstáculos y podamos hacer nuestras actividades como las programamos. Sé, por ejemplo, que hay zonas de San José a las que no podré ir nunca porque donde no puede entrar mi hijo, no entro yo; que hay hoteles en los cuales me gustaría estar, pero el acceso los hace impenetrables, y que las actividades de fin y principio de año solo deben verse por televisión.

Le puedo decir también que, a diferencia de lo que se piensa sobre la condición de discapacidad, no es un límite para mi familia: disfrutamos nuestros momentos, hacemos nuestras tareas, convivimos y disfrutamos. Pero nuestro mundo se reduce y queremos ampliarlo.

Quiero mostrarle a mi hijo la belleza de nuestra creación y que él viva las experiencias como cualquier joven de su edad, y de esta manera crecer, madurar y que su mente y su corazón se expandan más allá de los confines de su silla de ruedas y del espacio que la sociedad nos ha obligado a ocupar.

Ana Guiselle Leal es madre de familia.