La palabra debe ser dejada en libertad para que se encuentre a sí misma

Por: Jacques Sagot 17 junio

Soy muy reactivo cuando tratan de imponerme una visión –de las muchísimas concebibles– de la poesía o la prosa. En particular, me irritan aquellas que se pretenden tributarias de una “estética estítica”. La economía, la desnudez, la síntesis, la sinopsis, la concisión, el escuetismo… ¿por qué no me dejan vivir en paz?

Resulta que yo soy fastuoso, en primer lugar porque puedo serlo, porque tengo los recursos lingüísticos para regalarme en el lujo de la forma, que de lo contrario seguramente estaría abogando por un estilo “telegráfico”; en segundo lugar, porque la palabra debe ser dejada en libertad para que se encuentre a sí misma: toda normativa le resulta odiosa y constrictiva.

Juan Ramón Jiménez le canta a la desnudez, con igual derecho le canto yo al atavío. Le cedo la palabra al moguereño. “Vino, primero, pura, vestida de inocencia; y la amé como un niño. Luego se fue vistiendo de no sé qué ropajes; y la fui odiando, sin saberlo. Llegó a ser una reina, fastuosa de tesoros… ¡Qué iracundia de hiel y sin sentido! Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía. Se quedó con la túnica de su inocencia antigua. Creí de nuevo en ella. Y se quitó la túnica, y apareció desnuda toda… ¡Oh pasión de mi vida, poesía desnuda, mía para siempre!”. Bellísimo poema, quién podría dudarlo. Espléndida alegoría de la depuración poética. En tres tiempos: desnudez, atavío y el caer de los velos de Salomé y la desnudez reencontrada.

Y, sin embargo, algo aquí me preocupa: la naturaleza de esta desnudez. ¿Estamos reformulando –en términos más líricos, por supuesto– la belicosa consigna de Verlaine: “Toma a la elocuencia y retuércele el pescuezo?”.

¿Qué habría de ilegítimo en considerar la posibilidad de un cuarto tiempo: el gozo de volver a ataviar a la poesía desnuda, de devolverle una elocuencia que no debe ser confundida con la grandilocuencia, una retórica que no signifique engolamiento o tiesura?

Metáfora. Para seguir con la metáfora erótica de Juan Ramón Jiménez, yo diría que si ir desnudando lentamente a una mujer es una vivencia exquisita, no lo es menos el volver a vestirla: ver cómo las íntimas prendas, calientes todavía, vuelven a desposar las convexas, oscuras reconditeces de su cuerpo; cómo el corpiño ciñe nuevamente los senos, cómo la textura de la tela frota y libera ese inconfundible bisbiseo al contacto de la piel, las manos que calculada, morosamente, vuelven a hacer deslizar la casi translúcida seda a lo largo de las pantorrillas, en rumbo hacia los muslos... No, don Juan Ramón, si la cosa no es tan simple como usted pretende. Ustedes saben lo que quiero decir: si la desnudez del alma es conditio sine qua non para la creación de poesía, no creo que lo sea la desnudez lingüística. La verdadera poesía es siempre bella, vestida o desnuda.

Grandes, grandísimos, poetas y prosistas los hubo que preferían su obra ricamente ataviada: Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Félix Lope de Vega, François René de Chateaubriand, Victor Hugo, Marcel Proust, Alejo Carpentier, Yolanda Oreamuno, Paul Claudel, Charles Péguy, Henry James, Jean Giraudoux, Valle-Inclán, en buena medida William Shakespeare, con frecuencia Edgar Allan Poe y durante sus momentos de mayor lirismo el propio Flaubert… profusos, torrenciales, ricamente ornamentados (¡y no hablemos ya de los músicos!).

¿Qué hay de malo en ello? ¿Por qué plegarse obsecuentemente al prurito de la “economía de los medios expresivos” que, más que un precepto, es hoy una forma de totalitarismo estilístico?

Instante supremo. Desalojar una casa es difícil, pero no menos lo es reamueblarla. Acaso lo que cuenta aquí no sea la desnudez o la plenitud totales, sino justamente lo que está entre una y otra: la aletheia; ese delicioso juego en que el Ser de Heidegger se muestra y sustrae coquetamente a la mirada: al mismo tiempo presencia y ausencia. El más exquisito momento en el mítico striptease de Salomé no es la desnudez final, sino ese instante supremo que precede a la caída del sétimo velo. Por lo demás, permítanme ser suspicaz con la preceptiva “telegráfica” de nuestros modernos vates. Señores, señoras: el tonto querrá siempre abolir la inteligencia, el pobre querrá abolir el dinero, el mediocre querrá abolir el talento, el desconocido querrá abolir la fama, el harapiento querrá abolir la vestimenta, el débil querrá abolir el músculo, el eunuco querrá abolir el sexo, el ciego querrá abolir los colores… historia inmemorial.

“Humano, demasiado humano”, habría dicho Nietzsche. A mí los diktats de la estética-estítica me huelen a menesterosidad e indigencia lingüísticas, a constipación léxica.

Es comprensible que quien tiene un acerbo léxico de quinientas palabras (por debajo del código sígnico de los delfines y los chimpancés) propugne –más aún, exija– el regreso a la “simplicidad”, el fusilamiento en masa de los adjetivos y la veda de toda palabra que les es ajena. Los complazco con todo gusto. ¿Quieren “simplicidad”, un estilo dépouillé, directo, la abrogación del preciosismo y los melindres? Hela aquí: váyanse ustedes al diablo.

Estilos. Nadie puede admirar más que yo el ritmo seco, puntillista, staccato, devastadoramente desnudo de Camus en El extranjero: “Hoy mamá ha muerto” (¡vaya arranque!). En sus manos, es de una eficacia narrativa absolutamente formidable. Observando las distancias del caso, yo lo cultivo cuando lo juzgo apropiado. Pero no hago de él un dogma estilístico, y si me siento en humor de modelar largos períodos sinuosos y profusamente ornamentados, me los permito sin el menor remordimiento. Cuestión de modular. Es cosa que los músicos sabemos hacer.

Lo que jamás aceptaré son las normativas, los estatutos, las dictaduras estéticas, no importa cuán egregio sea el dictador (y en mi país, se los aseguro, hay más de un dictadorcillo de zarzuela).

La literatura es un acto libérrimo de la voluntad. En ella viajo como el pirata de Espronceda, “con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela”, volando más que navegando. Escribo como me da la gana: esa que, con certera insolencia, la gente considera, por definición, “regalada”.

El más gótico, barroco, abigarrado y churrigueresco estilo del mundo puede generar una belleza violenta, convulsa, y con ella la conmoción profunda del lector. Es una opción retórica más dentro del vasto espectro que la posmodernidad nos propone. Hay que saber servirse de ella, eso es todo.

El autor es pianista y escritor.