1 octubre, 2014

PEKÍN – Por fin, la economía china está en un proceso de reequilibrio, cuyas tasas de crecimiento habían disminuido de poco más de 10% antes del 2008 a alrededor de 7,5% actualmente. ¿Se trata de una nueva “normalidad” en China o el país debe prever otra reducción del crecimiento durante la próxima década?

El reequilibrio chino se nota, sobre todo, en el sector de la exportación. El aumento de las exportaciones se ha desacelerado de su nivel promedio de 29%, entre el 2001 y el 2008, a menos de 10%, lo que convierte la demanda extranjera en un motor de crecimiento mucho menos esencial.

Asimismo, el empleo y la producción en el sector manufacturero, como proporción del total, empezó a disminuir el año pasado. De hecho, en el primer semestre del año, los servicios representaron más de la mitad del crecimiento económico global. Así, pues, no sorprende que el excedente actual en la cuenta corriente se haya contraído rápidamente de su nivel máximo de más de 10% del PIB en el 2007 a alrededor de 2% del PIB ahora.

Este reequilibrio ha contribuido a mejorar la distribución del ingreso en China. En efecto, en años recientes, la proporción de la fuerza laboral del ingreso nacional ha estado aumentando, reflejo directo de la contracción en el sector manufacturero y de la expansión en el sector de servicios.

Eso también ha significado un mayor equilibrio regional: la desaceleración más pronunciada se está dando en las provincias costeras, que producen más del 85% de las exportaciones del país, mientras que las provincias del interior han mantenido tasas de crecimiento relativamente elevadas. Como resultado, el coeficiente de Gini de China (un índice de desigualdad entre 0 y 1 puntos, en el que 0 indica la igualdad absoluta y 1, la desigualdad absoluta) disminuyó de 0,52 en el 2010 a 0,50 en el 2012.

Dos factores principales están provocando este cambio. El primero es la caída de la demanda global como consecuencia de la crisis financiera del 2008, que ha obligado a China a ajustar su modelo de crecimiento antes de lo previsto. El segundo es la transformación demográfica que se está dando en el país. El porcentaje de personas en edad de trabajar (entre los 16 y los 65 años) ha estado disminuyendo desde que llegó a un máximo de 72% en el 2010. Asimismo, el número absoluto de personas en edad de trabajar se ha estado reduciendo desde el 2012.

Al mismo tiempo, China está atravesando un rápido proceso de urbanización, en el que alrededor de 200 millones de personas dejaron el sector agrícola entre el 2001 y el 2008 para buscar empleos manufactureros urbanos. Sin embargo, recientemente, el ritmo de la migración se ha desacelerado significativamente, y las zonas rurales de China conservan el 35% de la fuerza de trabajo total.

Todo esto supone tasas de crecimiento más lentas para China, aunque quizá no tan lentas como las tasas del 6%-7% previstas por economistas como Liu Shijing y Cai Fang para la próxima década. De hecho, basarse en el crecimiento anterior de China para predecir su desempeño futuro es inherentemente problemático, debido no solo a cambios importantes en la fuerza de trabajo, sino también al hecho de que la velocidad y magnitud del crecimiento anterior al 2008 no tenían precedentes.

Para empezar, es probable que se haya sobreestimado la contribución al crecimiento de la producción del coeficiente creciente de personas en edad de trabajar antes del 2010. Eso hace que la subsiguiente caída del coeficiente sea una medida inexacta para determinar el impacto negativo sobre el desempeño económico.

Además, este enfoque ignora los dividendos educativos que China aprovechará en los siguientes 20 años, a medida que la generación más joven sustituya a los trabajadores mayores. Como están las cosas, la tasa de rendimiento ajustada de resultados educativos de los chinos entre 50 y 60 años es la mitad respecto de aquellos entre 20 y 25 años. En otras palabras, los trabajadores más jóvenes serán dos veces más productivos que los que empiezan a jubilarse.

En efecto, el nivel de dividendos educativos en China sigue mejorando. Para el 2020, la proporción de aquellos entre 18 y 22 años que estén estudiando en la universidad alcanzará el 40% respecto del 32% actual. Esta mejora de capital humano está destinada a contrarrestar, en cierta medida, la pérdida neta de fuerza laboral.

Asimismo, la temprana edad de jubilación en China –50 años para las mujeres y 60 para los hombres– ofrece a los responsables del diseño de políticas un amplio margen de maniobra. Si se extiende anualmente la edad de jubilación en tan solo 6 meses durante los próximos 10 años, será más que suficiente para compensar la disminución anual de la fuerza laboral, que se prevé tendrá 2,5 millones de trabajadores durante dicho período.

Hay otras tendencias que también están impulsando las perspectivas de China. Aunque es probable que la inversión disminuya como proporción del PIB, puede ser que lleve una década para que caiga a menos de 40%, nivel sólido respecto a estándares internacionales. Mientras tanto, las reservas de capital pueden mantener una tasa de crecimiento razonable.

Finalmente, está mejorando continuamente la capacidad de innovación en China, debido a un aumento veloz de capital humano y mayores niveles de inversión en investigación y desarrollo. Para el próximo año, el gasto chino en I+D, de 2,2% del PIB, estará acercándose al de los países avanzados.

Con estas tendencias –y suponiendo una tasa de participación laboral constante– es probable que el potencial de la tasa de crecimiento de China en la siguiente década gire en torno a 6,9%-7,6%, un promedio de 7,27%. Esto puede ser mucho menor a la tasa promedio de crecimiento de 9,4% de 1988 al 2013, pero es un buen nivel respecto a los estándares mundiales. Si así se ve la nueva normalidad en China, este país seguirá siendo motivo de envidia en todo el mundo.

Yao Yang es decano de la National School of Development (Escuela Nacional de Desarrollo) y director del China Center for Economic Research (Centro de Investigación Económica) de la Universidad de Pekín. © Project Syndicate.

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