22 septiembre, 2014

A principios de este año, el Centro Brookings en Washington, D.C. organizó una conferencia con el fin de exponer las principales perspectivas de los mercados emergentes ante los cambios por venir en la política monetaria de las economías más avanzadas. Entiéndase: en miras a la contracción de estímulos sin precedente y el fin de la oferta de liquidez históricamente laxa de la FED de Estados Unidos, del Banco Central de Inglaterra y del Banco Central Europeo (BCE).

El orador principal, encargado de resumir el punto de vista de las economías en desarrollo, fue la cabeza de la Reserva Central de India, el gobernador Raghuram Rajan. Su mensaje fue enfático: debería reconocerse la necesidad y el beneficio de coordinar mejor tales acciones monetarias con países como el suyo. Según Rajan, los mercados emergentes no están siendo irracionales cuando protestan tanto ante la puesta en marcha de esas políticas poco convencionales, así como su terminación. Apunta a que es innegable que pueden causar una serie de efectos colaterales desestabilizantes en los mercados emergentes, ya que no es cierto que si “cada casa está en orden eso asegura que el mundo estará más o menos en orden”.

Vitor Constancio, vicepresidente del BCE, fue el primero de dos panelistas encargados de responder desde el punto de vista de la economías desarrolladas. No le caló nada hondo la petición de Rajan: que cada palo aguante su vela, fue su respuesta, básicamente. El segundo panelista, Charles Evans, presidente de la Fed para Chicago, estuvo un poco más diplomático, pero su mensaje fue el mismo. Como lo explica él, por supuesto que le ponen atención a cómo sus decisiones monetarias afectan a otras economías, pero el mandato y las responsabilidades de cada banco central son hacia las autoridades de sus países. El Congreso de los Estados Unidos, en el caso de la FED.

América Latina. La discusión no resolvió mucho al final. Pero, establecido eso, sí dejo una pregunta urgente pendiente: ¿por qué específicamente es que el “cambio de marea” monetaria de los países desarrollados puede dar cabida a efectos tan consecuentes, y negativos, para diversos mercados emergentes? ¿Por qué el temor de Rajan? Andrés Velasco, economista y exministro de Finanzas de Chile, escribió hace unos meses un artículo magistral para Project Syndicate en el que exponía precisamente las principales razones para el caso de América Latina.

Velasco depone a partir de una premisa básica: con la retracción de estímulo y liquidez se viene un alza en las tasas de interés de los países desarrollados. Ciertamente, la reciente flojera en la economía europea y la turbulencia geopolítica en Eurasia quizás van a atrasar ese proceso dual más allá de lo que originalmente Velasco preveía. Pero los spreads entre los mercados desarrollados y los emergentes se van a angostar sí porque sí, ya sea al mediano o largo plazo.

Para la abrumadora mayoría de los mercados emergentes esto significa una reversión del flujo de capital que se ha registrado, aproximadamente por siete años ya, proveniente de los países ricos. Ese cambio de dirección disparará por consecuente una depreciación en las monedas de esos mercados emergentes y hará presión al alza en sus tasas de inflación.

Bien, pero para países de América Latina eso también se va a confabular con una tendencia ya endémica de la región: una tasa de ahorros extraordinariamente baja en comparación a lo que se da en otros mercados emergentes. Considérese, para ilustrar esto, que dicha tasa promedio en la región es tan solo un poco más de la mitad de la que registra Asia –18% vs 30% del PIB–.

Esto se a traduce a que la inversión en términos macroeconómicos en América Latina se financia en gran parte con flujos de capital del exterior. A “préstamo” de afuera, por ponerlo en idioma común. Debido a que la productividad en nuestra región usualmente corre a capacidad, la inversión es la única manera de aumentar nuestras tasas de crecimiento, tal como señala Velasco. Por supuesto, cuando las tasas de interés en los países desarrollados se mantienen ultra-bajas en el horizonte previsible y el flujo de capital del exterior es estable, no hay problema con eso. Tanto así que esa transferencia de liquidez, como brillantemente nota el economista chileno, continúa aún de cara a déficits comerciales persistentes.

Sin embargo, cuando el panorama de intereses cambia y ocurre un desplome de confianza, la retracción de inversión de países en América Latina se torna violenta. Incluso Velasco propone que el efecto se vuelve exponencial cuando el déficit de cuenta corriente es superior al 4% de PIB (en nuestro país estuvo por el 5,1% en el 2013). Ocurre entonces una cadena de causa y efecto que lleva hacia una entropía económica. Conforme se desacelera la inversión, se estanca la productividad y las tasas de crecimiento se ven reprimidas. A esto hay que sumar las presiones inflacionarias y despreciativas que van a ocurrir de rigor en los mercados emergentes, anteriormente notadas.

Para Velasco, este fenómeno es paralelo al “estancamiento secular” que muchos economistas dicen se está dando en Estados Unidos, entre ellos el extesorero Lawrence Summers. Es una condición insidiosa y persistente –parasítica casi, como un círculo vicioso–. Pero para el economista chileno las razones fundamentales de este problema para América Latina, más que descoordinación entre autoridades monetarias, como lo temía Rajan para su país, son estructurales de las propias economías. En particular los malos incentivos al ahorro que existen en sistemas fiscales y de pensiones.

Costa Rica. Bien: Costa Rica no está entre los países que Velasco tenía en la mente cuando propuso su argumento. Su análisis se tiende a enfocar sobre países exportadores de materias primas. No obstante, a pesar de que nuestro sector productivo se basa en alta tecnología y servicios, el diagnóstico nos queda como un guante. Empecemos porque tenemos una situación de déficits gemelos: junto con el de la cuenta corriente, el hueco fiscal del país es cada vez mayor y más preocupante. O sea, estamos sobreendeudados en dos frentes distintos.

Nuestra tasa de ahorro, a su vez, está por debajo incluso del promedio en la región: anda por un 16%. No es sorpresa, pues los sistemas de pensiones en Costa Rica, voluntarios e involuntarios, tienen serias deficiencias. Se puede hablar, inclusive, de que son insostenibles. Pero peor aún: nuestro país se ha convertido en una economía de ingreso medio (con el consumo consecuente) y todavía no tenemos mercados de capital plenamente desarrollados. El ahorro del costarricense ni es suficiente ni está empleándose de una manera eficiente.

Esta tormenta perfecta de “estancamiento secular” se está formando fuera de nuestras fronteras, pero nos puede pegar muy muy duro en caso de que llegue. Ahora, como le debió quedar claro a Rajan, por más que nos quejemos, estamos por nuestra propia cuenta.

De todas maneras, nuestras autoridades monetarias pueden amortiguar el golpe –pero no prevenir enteramente el crujir de dientes–.

Eso le toca al liderazgo político hacerlo. Quizás hay tiempo para preparar al país, de cerrar las escotillas; en especial, por el efecto retardante de los recientes aconteceres europeos. Pero la pregunta más importante es: ¿estará a la altura el Gobierno?

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