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¡No somos meras formas!

Actualizado el 18 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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En Praga existe un tenebroso Museo de la Tortura. Artilugios inimaginables, cadenas, poleas, electrodos, punzones… el depurado arte del suplicio, desde tiempos de la Inquisición. Justo al frente, una tienda de artefactos porno. Toda una panoplia para la extensión del pene. De la casa de los tormentos al castillo del horror. Pesas para colgar del falo y arrastrar el día entero: los tejidos se extienden, como los labios y orejas de las tribus Mursi de Etiopía. Inyecciones administradas justo ahí, donde aun el pensamiento duele. Pastillas, jarabes confeccionados “con hierbas de la Amazonia” (¿qué tendrá el venerable río, que nos remite siempre a lo telúrico y descomunal?). Bombas de succión en vacío. Intervenciones quirúrgicas con inserción de grasa en las paredes del pene (lo que genera jorobas y anfractuosidades: el pobre órgano transformado en Quasimodo fálico). Procedimientos en los que no se extiende el adminículo: se eliminan los depósitos grasos de la pelvis, a fin de que el monolito emerja majestuoso, en su altivo esplendor, liberado de la materia que lo “pigmeizaba”. Torturas sacadas de El pozo y el péndulo , de Poe.

Esto desnuda varias realidades. El hombre no conoce a la mujer, lo que para ella es esencial y lo que es un mero “valor agregado”. Tampoco se conoce a sí mismo. No tiene justa noción de la virilidad. Ignora qué es la sexualidad y, a fortiori, el erotismo. Está más preocupado por sí mismo que por su compañera. No dialoga con ella, no pide su instrucción en materia de gozo sexual: la obtiene de otros hombres, en cónclaves etílicos, entre amigotes alardosos que reciclan las mismas fanfarronadas. La sociedad nos ha vendido una construcción de la masculinidad a la que nos plegamos, a-crítica, ciegamente. Vivimos bajo el terror de la “insuficiencia”, de la “precariedad”. En lugar de una concepción intensiva de la sexualidad (potencializar al máximo el gozo), practicamos una visión extensiva (el culto a la cantidad, la magnitud).

Gozo mutuo. ¿Qué es la impotencia? Ser incapaz de gozar. Prohibirse a sí mismo el gozo. No poder disfrutar de la intimidad sexual, cualquiera que sea la forma que esta asuma. La incapacidad para la auto-dación. La avaricia, la mezquindad erótica. No entender que, en este juego fascinante, paradójico, el gozo de uno consiste en el gozo del otro. ¡Atención: no por ello deja de ser egoísta: bien que mal, cada participante goza con el gozo de su compañera(o)! Pero es un egoísmo que deriva su placer de la constatación del placer del otro. Gozo de mí mismo: de mi capacidad-poder-facultad de hacer gozar a alguien más. Un egoísmo generoso –si me permiten la antinomia–. El gozo erótico es una propedéutica, un ars amandi, no un taladro descomunal horadando sin piedad la carne de la mujer. Hay parejas capaces de hacerse el amor con una mirada. De hecho, pasan el día haciéndolo sin que el mundo lo advierta. Una construcción conjunta. Una mitología privada. El Yo y el Tú forjando una tercera persona: el Nosotros. Eso es el amor.

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Conducta atávica. La obsesión fálica nos remite a patrones de conducta atávicos, remanentes de una sexualidad primaria que nos llama desde el fondo de los milenios. El homo sapiens aparece en África hace 195.000 años. La hembra es el único mamífero cuya ovulación no es visualmente manifiesta. El flujo de sangre brota dos semanas después, es decir, durante su período de menor fertilidad: una diferencia fundamental con respecto a los demás primates. La inundación hormonal, la liberación de feromonas, no es ya provocada por las secreciones vaginales de la ovulación. El olfato es sustituido, como sentido detonador del deseo sexual, por la vista. Entramos en el régimen de la visualidad, devenido hoy en totalitarismo. Es, entonces, el tamaño del pene (cuatro veces más grande que el del gorila, por mucho que le pese a King Kong), de los senos, las caderas, la musculatura, el pubis, el que enciende el deseo. Todo deviene en cantidad: en el proceso de selección natural, de supervivencia del más apto y de perpetuación de los propios genes –ley natural por antonomasia–, el tamaño es percibido como signo de excelencia: el mejor ejemplar será aquel que tenga más de una cosa u otra.

Regresión. ¿Qué significa nuestra actual glorificación de la silicona, el colágeno, las prótesis de toda suerte, la escultura del propio cuerpo, la vigorexia, el trastorno dismórfico corporal (inconformidad con la propia apariencia física, compulsión co-mórbida de la depresión)? Una regresión que nos devuelve al imaginario sexual de ese monito que recorrió los caminos de la Tierra, llegó a la Antártida, al Ártico, al Everest, la Fosa de las Marianas, la Luna… Pero nunca dejó de ser un animalito rugiente, territorial, hegemonista, que orina para demarcar su perímetro de caza, y hace de su pene estandarte, misil, torre, arco de triunfo, obelisco, tótem, rascacielos. Y ahora, además, la ciencia pone a nuestro servicio todo el arsenal de la tecnología médica para el cincelamiento del cuerpo: debemos ser bellos –belleza equivale a frondosidad de las proporciones– para ser aceptados en la comunidad humana. Amasijos ambulantes de prótesis, especies de cyborgs, mitad materia orgánica, mitad tecnología.

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¿Por qué lo hacemos? ¿Qué mandato social explícito o subliminal acatamos con ciega docilidad rebañil? ¿Quiénes se benefician con tal estado de cosas? ¿Qué definición del ser humano se desprende de este modelo de proto-hombre y proto-mujer? ¿Quiénes nos imponen tales diktats ? ¿Por qué hemos decidido auto-producirnos de esta manera?

Busquemos juntos las respuestas.

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