Una encuesta, por su atemporalidad, quiérase o no, arroja verdades a partir de mentiras

 6 septiembre, 2016

Las encuestas no mienten, pero no son verdades. No hay que creerles; pero tampoco hay que dejar de creer en ellas. Como dice el dicho: ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.

Y es que de pronto las encuestas se convirtieron en entretenimiento apalancado en la voluble opinión pública; pronósticos que se acercan más a las apuestas deportivas, dejando de lado su uso como información útil para la toma de decisiones.

Una primera consecuencia de convertir en entretenimiento una encuesta es la deformación sutil de su objeto. Sin proponérselo, los medios de comunicación que buscan divertir apalancándose con encuestas, funcionan como “cámaras de eco” que distorsionan la realidad con la publicación de resultados de un eco. Sin quererlo y sin saberlo, contribuyen mejor que nadie a consolidar esa política light de poses y banalidades que, para muchos candidatos presidenciales, es la norma actual.

El propósito no podría ser más generoso con una interpretación para la audiencia anumérica de la fotografía electoral, pero, como dice el dicho: el infierno está hecho de buenas intenciones.

Una encuesta, por su atemporalidad, quiérase o no, arroja verdades a partir de mentiras. Así las cosas, la base del show mediático que hacen sin ningún reparo los medios de comunicación son mentiras con premisas verdaderas.

Otra de las consecuencias es la pérdida de “confianza” en el instrumento. Antes de ir a las urnas, los posibles resultados son muchos debido a la falta de modelos para la distribución de indecisos. En la ceguera de dichas circunstancias, el tuerto es rey.

Lejos de apoyar la toma de decisiones disminuyendo el riesgo implícito de malgastar el voto, las encuestas desgraciadamente tiene el efecto paradójico de acercar cada vez más a la gente común que está indecisa con los políticos de turno que enfilan su mensaje en función de habladurías.

Problema de formación. Nuestro analfabetismo numérico nos hace víctimas del apalancamiento de la opinión pública utilizado con frenesí por medios urgidos de audiencia. Y es precisamente por este uso propagandístico de resultados que las encuestas como factor de entretenimiento están transformando los procesos electorales.

Por eso no nos debe extrañar que los resultados siempre sean como montañas rusas donde los candidatos suben y bajan asombrosamente de una encuesta a otra. Tampoco debe ser motivo de extrañeza que los resultados nunca los veamos venir. Pasó acá con Luis Guillermo Solís, con Macri en Argentina, con Kuczynski en Perú, con Trump en la contienda republicana norteamericana y recientemente con el brexit.

Advierto sobre la pertinencia de ver las encuestas como proyecciones de hipotéticos resultados ya que ellas son termómetros y no pronósticos. Son verdades que en retrospectiva nos mienten, por contradictorio que parezca hablamos de mentiras verdaderas.

El autor es estadístico y economista.