Opinión

Una melcocha tica

Actualizado el 10 de agosto de 2016 a las 12:00 am

No es posible hablar de música costarricense como si fuera una sola cosa

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Cualquier costarricense que haya vivido en el extranjero quizás se haya visto enfrentado a esta pregunta. Un argentino podría hablar del tango, un brasileño de la samba, un colombiano de la cumbia. Un costarricense quizás se sienta tentado a decir que su música nacional es ¿el tambito? ¿Lencho? ¿Malpaís? Pero... crecemos bailando salsa (originaria de Nueva York), cumbia (originaria de Colombia) y otras músicas caribeñas que no surgen en Costa Rica.

Somos un país-frontera, donde la posición geográfica, población y extensión han determinado el consumo y la producción musical.

En Latinoamérica, la idea de música folclórica responde a los proyectos políticos de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el poder se reafirmó a partir del rapto de cierta cultura popular seleccionada para representar la idea de patria.

Costa Rica no fue la excepción. Lo que llamamos música típica generalmente nos remite a la música de Guanacaste o al folclor meseteño de la región central. Este último comienza a difundirse hacia finales de la década de 1930, con la expansión de la radio.

Locutoras como Carmen Granados y Leila Alvarado reforzaron el estereotipo de campesino ingenuo, blanco y trabajador; el concho, que ya se venía imaginando a partir de la literatura costumbrista.

La idea de que esta es nuestra música nacional ha sido reproducida y transmitida por el aparato escolar. Pero la música de Costa Rica es algo más.

Mezcla. Por un lado, esta música típica se ubicaría en un tablero más amplio que la emparenta con la de otros países. Anexada en 1824, Guanacaste guarda estrecha cercanía musical con Nicaragua y se emplaza en la tradición musical mesoamericana que arranca en México.

Por otra parte, la música de la provincia de Limón se encuadra en la diáspora afrocaribeña. Fue incorporada al marco de lo nacional recientemente y está representada por el calipso, el cual nace a partir del contingente de jamaiquinos llegados a partir de 1872.

Entonces, la música nacional ¿sería una “melcocha” del folclor meseteño, la música guanacasteca y el calipso limonense? ¿Y qué sucede con la música de los pueblos originarios y músicas urbanas como el rock nacional?

Evidentemente, no es posible hablar de música costarricense como si fuera una sola cosa. Es más bien la conciencia de nuestra pluriculturalidad lo que nos permitiría preguntar si la música de Costa Rica es tan solo el recorte folclorizante de la música típica. Un conjunto homogéneo que contrasta con la amplia gama de músicas que han llegado de otros lugares y se han adaptado al gusto costarricense.

El historiador Juan José Marín Hernández reconoce en Costa Rica un proceso de transnacionalización músical. Es decir, con frecuencia músicas foráneas son apropiadas y reinterpretadas en nuestro contexto.

Esto nos remite nuevamente al tema de las fronteras, donde los límites políticos rara vez coinciden con los culturales.

El reconocimiento de este proceso de hibridación revela que no estamos frente a algo cerrado, sino frente a un proceso que permite una construcción de lenguajes propios.

Cambio constante. Si entendemos la música costarricense como un vehículo en movimiento que transporta identidades, más que un objeto cerrado, entenderemos la música nacional como un proceso en constante cambio.

En ese sentido, nuestra música podría pensarse como una melcocha de músicas e identidades. Algo parecido al repertorio del recordado Ramón Jacinto Herrera Córdoba (1928-2007).

La música que interpretaba con su guitarra estaba signada por el cosmopolitismo: aparte de boleros, en su música había ritmos y melodías brasileras, cubanas, tangos, canciones de moda norteamericanas, francesas e italianas. Pero en su nombre artístico llevaba una marca inconfundible: Ray Tico.

El autor es docente de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

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