Debe construirse una pared entre las creencias religiosas y las políticas públicas

 28 agosto, 2016

Uno de los grandes fundadores de los Estados Unidos, principal proponente de la democracia y los derechos individuales, Thomas Jefferson, les respondió en 1802 una famosa carta a los baptistas de Danbury luego de que estos le escribiesen preocupados de perder la libertad de practicar sus creencias.

Eran una minoría religiosa y temían la persecución de otra iglesia protestante que quería seguir la odiosa tradición europea de masacrarse entre religiones, tradición que llegó a su fin cuando un país secular estableció reglas civilizadas de comportamiento.

Ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad, grupos que acaban con otros de distinta religión. Su misma religión lo justifica.

Jefferson, entonces, tranquilizó a los baptistas al asegurarles que la Constitución de su país edificó “una pared” que separa la religión del Estado, la primera de tales “paredes” en el mundo. Hoy es una característica de las democracias del hemisferio occidental, excepto en Costa Rica.

El establecimiento de una religión oficial es la receta perfecta para que tarde o temprano llegue la guerra o el enfrentamiento. La razón es sencilla: existen muchas religiones (y dioses) diferentes y no se debe declarar oficial una en particular.

¿Estarían los católicos de acuerdo en adoptar el mormonismo como la religión oficial? ¿Que tal si tuviésemos un país mormón donde fuese ilegal tomar café o cerveza, como lo exige esa religión a sus seguidores?

Oposición religiosa. Así como los mormones creen que dios condena el consumo del café, las religiones monoteístas condenan las relaciones homosexuales. Piense en las ocasiones a lo largo de la historia en que la religión ha condenado algo natural o negado algún hecho científico.

No ha habido avance científico, especialmente médico, que no tuviese oposición de las religiones. Desde mucho antes de Galileo hasta el día de hoy, las religiones se han equivocado una y otra vez sobre la naturaleza y el universo, porque se basan en dogmas y no en evidencia.

Cualquiera tiene la libertad de creer que la Tierra es plana, por ejemplo, pero no puede quitarles algunos de sus derechos a quienes no creen lo mismo.

Algunos argumentarán que la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo no se basa en la religión, pero eso es engañarse. Basta con preguntarle a un tico en la calle qué piensa del tema. Otros dirían que no hay ningún derecho que se le niegue a una población.

Probablemente, en la época en la que se prohibía el matrimonio entre personas de distinto color, hubiesen dicho lo mismo, al igual que las Iglesias, que también apoyaban tal prohibición.

Biblia y ciencia. La Biblia prohíbe el sexo entre dos hombres como también prohíbe comer cerdo, grasa o criaturas acuáticas sin aletas ni escamas, el adulterio, trabajar el sábado o quemar levadura.

La Biblia permite la esclavitud. La razón también es fácil de entender: se escribió en la Edad del Bronce y no tiene origen divino. Al mismo tiempo, en toda América se veía la homosexualidad como lo que es, una expresión natural y normal de las relaciones humanas, porque reducirla al sexo, como lo hacen las religiones, es absurdo.

La realidad científica es innegable: la homosexualidad existe en casi todo el reino animal y nosotros somos primates africanos. Todos tenemos familiares homosexuales o bisexuales, incluso los que sostienen discursos machistas y dicen que los derechos humanos no son prioridad, desde un obispo hasta una expresidente.

Hay homosexuales jugando en el futbol nacional, y hasta de diputados. El derecho a formar una familia debe ser garantizado por el Estado y nuestro conservador país llegará tarde a la fiesta; ya es un hecho en gran parte del hemisferio.

Un día, sin duda alguna, existirá matrimonio igualitario en Arabia Saudita, Nicaragua, Somalia y Costa Rica (aunque sean los últimos) porque la libertad siempre gana.

En Costa Rica los políticos religiosos y los magistrados religiosos se empeñan en imponer su creencia al resto, mientras el cristianismo y otras religiones, y su clero, siguen teniendo una enfermiza obsesión con el sexo.

Es urgente que los políticos se comporten como reales estadistas y construyan en nuestro país una pared entre las creencias religiosas y las políticas públicas y, de paso, para evitar más vergüenza, establezcan un Estado laico, el único que puede garantizar que todos tengan la libertad de creer lo que quieran sin imponerlo en las leyes.

El autor es astrofísico.