Opinión

Otra matanza en tierras del Tío Sam

Actualizado el 29 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Otra matanza en tierras del Tío Sam

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No podía ser de otra manera. Ni es ni será el último caso de un loco armado como para la guerra que asesina al por mayor bajo la bandera de las barras y estrellas. Paradójicamente, el “corrimiento de tejas” no se dio en Texas, el estado vaqueril por excelencia, sino en el más “civilizado” este del país, en un pueblito considerado “el lugar másseguro en 'America' ” (atención a la acostumbrada hipérbole y al uso indebido del gentilicio).

¿Qué clase de país es ese donde crecen y se reproducen estos desquiciados y donde cualquiera puede andar armado hasta los dientes? Y armado con todas las de ley: porque es la misma ley que, entre todas las libertades consagradas consti-tucionalmente, así lo determina. Cualquier tipo, en cualquier lugar del país, está en plena libertad para desahogar todas sus frustraciones como un Pecos Bill cualquiera, disparando a diestro y siniestro: el Lejano Oeste en todo su dudoso esplendor.

Lo más grave es que las víctimas generalmente son personas completamente ajenas a la insania mental de sus victimarios. En este caso, niños inocentes y sus desprevenidas maestras. De nuevo, oiremos lamentos y propósitos de enmienda que serán vanos. Porque en ese país hay grandes intereses creados en torno al negocio de las armas y su accesibilidad para cualquiera que tenga el dinero y la fe suficientes para convencer al comprador de que lo que está haciendo es un auténtico ejercicio de su libertad.

En tanto algún verdadero estadista no esté dispuesto a enfrentarse con la industria armamentística y los poderosos grupos que defienden que cada ciudadano puede tener su propio arsenal doméstico, la situación seguirá igual. Esto, a pesar del mesarse de cabellos y rasgamiento de vestiduras de quienes ahora volverán a sus discursos plañideros y harán caso omiso del poder que tienen para acabar con tal estado de cosas.

¿Ocurrirá algo así en nuestro país, donde somos tan dados a imitar todo lo malo que viene de ese gran país norteño? De hecho, hay sectores acá que pregonan a voz en cuello la necesidad de que los ciudadanos comunes y corrientes nos armemos para defendernos contra los delincuentes. Se nos olvida que los impuestos que pagamos deben encaminarse hacia ese gasto en favor de nuestra seguridad, ya que es el Estado el obligado a garantizarnos ese derecho a la seguridad. Se nos olvida también que es por nuestra pasividad como ciudadanos que el Estado se desentiende de esta función que es parte esencial, por tanto justificativa, de su existencia.

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Imaginemos la locura desatada en la sociedad cuando la norma sea: cada casa un arsenal, cada ciudadano un “justiciero” armado...

Ejemplos de casos en que el impulso a matar ha convertido a pacíficos ciudadanos en asesinos, no son raros en nuestro país. Baste traer a colación el caso reciente del finquero que fue condenado por disparar con alevosía a un niño de trece años, aparentemente metido en su propiedad para coger algunos limones. Aquel nunca disparó al aire como prevención: le soltó varios balazos al cuerpo, como al peor de los delincuentes. Y, bueno, la historia es conocida: se lo condenó a 20 años por el intento de homicidio en sentencia unánime de los jueces; pero en un país donde los poderosos siempre logran esquivar las rejas gracias a sus amigos en las altas esferas, el condenado con todas las de ley goza hoy de un indulto que es una verguenza para cualquiera que se sienta hijo de esta tierra.

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