Nos hemos excedido como país en crear controles y procedimientos

 24 octubre, 2015

El pasado 20 de octubre, en este foro fue publicado un artículo del abogado Alex Solís, intitulado “Una constituyente, salida al estancamiento”.

El artículo comienza criticando a la Sala Constitucional con la siguiente expresión: “De manera arbitraria, impide hacer cambios profundos a la Constitución y, por esa vía, a la estructura del Estado”.

Posteriormente, hace el siguiente planteamiento: “La urgencia de salir de semejante estancamiento y otras múltiples razones, tanto de forma como de fondo, justifican la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente que se dedique durante un año, a una revisión general de nuestra Carta Magna”.

El artículo de Solís aporta conclusiones y premisas, a todas luces, erradas. No existe razón sensata para creer que los problemas que plantea en su artículo se solucionarán con una Constituyente. Por ejemplo, el recurrente tema de los puentes allí citado.

Sin duda no se requiere una reforma constitucional para que un puente se construya o repare. Es cierto que nos hemos excedido como país en crear controles y procedimientos que retrasan y dificultan la ejecución de obras, pero también lo es el hecho de que las razones por las cuales problemas como “la platina” continúan en el estado actual, obedece más a la descoordinación institucional, al desgano de algunos funcionarios por hacer las cosas de la mejor manera y a la falta de conocimiento técnico, entre otras. ¿Qué tiene que ver con ello una constituyente?

Racionalizar los instrumentos. En relación con los problemas nacionales que enfrentamos, existen, en general, diagnósticos muy acertados.

El punto es que tales diagnósticos quedan en el papel, lo cual es algo de lo que no tiene culpa la Constitución. Por otro lado, más que escribir que es necesaria una constituyente, lo importante es, más bien, tener claro para qué convocarla.

Ya sabemos de las resistencias que provoca la idea de una constituyente, por eso los límites y compromisos de un proceso de revisión de la actual Constitución Política, si deseamos agregar voluntades a este fin, deben ser muy claros y no simplemente sugerir –creando una expectativa falsa–, que mediante eventuales reformas el país se arregla.

Una nueva constitución debe contener una visión y ser la consecuencia de un proyecto político que oriente al país. Si no existe un proyecto claro base –no precisamente hegemónico–, el ejercicio no será el esperado.

Fragmentación social. Para concluir, afirma el articulista: “Estamos anclados en un presente sin proyecto político, dominado por una sociedad peligrosamente fragmentada”.

Parece que ver fragmentos desorienta al articulista. Tal vez él quisiera que las cosas no sean más uniformes y homogeneizadas como hace unas décadas.

Lo que pasa es que tales “fragmentos” que él reclama, siempre estuvieron allí, solo que envueltos en una capa de invisibilidad.

Ahí estuvieron siempre las diferentes minorías, los grupos raciales; ahí estuvieron siempre las mujeres reclamando su espacio y reconocimiento.

Lo que sucede es que hoy existen menos asimetrías sociales que tiempo atrás, aunque aún persisten otras perniciosas, ciertamente.

El que más sectores de la sociedad reclamen y logren representación y alcancen reconocimiento social no es peligroso. Representa más bien un reto para una nueva generación de políticos y pensadores con visión integradora, que ciertamente revisen y redefinan conceptos, pero más que insistir cansinamente en situaciones evidentes, lo importante es señalar derroteros concretos.

Comprender y lidiar con los problemas políticos actuales requiere nuevas ideas y nuevos conceptos que expliquen una realidad que demuestra ser novedosa, y de complejidades que no aceptan soluciones como recetas, sino como producto de una vasta reflexión.

Miguel Guillén Salazar es abogado.