10 agosto, 2014

Gozar del privilegio de su amistad y aprender de su sabiduría de maestra fue uno de esos inapreciables regalos que la vida me ha deparado.

María Eugenia Dengo llegó a nuestras bulliciosas aulas de estudiantes del Colegio Superior de Señoritas en 1956. Muy joven ella, adolescentes nosotras, vino a sustituir casi al final de ese curso lectivo, con nuestro bachillerato en ciernes, a otra maestra irrepetible, la niña Hilda Chen Apuy.

Ambas nos llevaron de la mano al mundo deslumbrante de lo que entonces se llamaba “Literatura extranjera” y que, comenzando en marzo con Homero, atravesaba todos los clásicos griegos y concluía el ultimo día de clases, en noviembre, con Goethe. No había tiempo para más, pero de camino habíamos leído a Dante, Shakespeare y Rilke. Y quedaba sembrada la semilla que luego germinaría en el permanente amor por las literaturas que honran la especie humana, como un día dijo Borges.

Amistad generosa. María Eugenia era amable, sonriente, paciente y cálida. Y, en los años que siguieron, pude forjar con ella y con don Carlos Enrique Vargas, su esposo –el notable músico a quien este país ha ignorado–, una amistad generosa en la que, en tardes de música y tertulia en su casa en San Pedro, enriquecí mi espíritu y mi cultura.

Con todo, aún me quedaba mucho por aprender de esa mujer extraordinaria. Otra vez los designios misteriosos del azar cruzaron nuestras vidas cuando don Rodrigo Carazo nos nombró en su gabinete: a ella, ministra de Educación; a mí, de Justicia.

Compartimos entonces mesa de trabajo en los Consejos de Gobierno, preocupaciones, entusiasmos, esfuerzos, frustraciones y hasta alguna aventura heroica, como el día en que el querido doctor Calvosa –ministro de Salud– nos perdió en un bananal del sur, camino a Panamá.

Honestidad y talento. Durante esos años la vi desplegar en el complejo e importante Ministerio de Educación sus dotes intelectuales, su firme personalidad, su honestidad, su claro talento, su lealtad. Y también un especial sentido del humor, que la hacía ser finamente irónica cuando la ocasión lo requería.

Descendía de insignes maestros (don Omar y doña María Teresa) y ella lo fue también. Lo saben en la Universidad de Costa Rica, donde formó generaciones enteras de educadoras.

Era, lo fue siempre, una apasionada, infatigable lectora, escritora e investigadora. Nos legó su vida entera como testimonio de que la educación es el camino y el instrumento único para que nuestro país y cada uno de nosotros alcancemos las metas más altas.

Valores. Al recibir el Premio Magón del 2007 dictó una lección magistral, en la cual condensó los valores a los que había consagrado su vida y a los que nos pedía consagrar las nuestras. No la defraudemos.

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