Opinión

Sin manual para decir adiós

Actualizado el 20 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Sin manual para decir adiós

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Desde pequeños nos enseñan que nada dura por siempre. Hay una cierta intuición de que el gozo es tan valioso porque es efímero y se almacenan los momentos felices como sea posible. Por eso existen las fotografías… porque queremos permanecer, quedar enmarcados en papel o pixeles con nuestros seres queridos.

Por eso, quizás, me hundo en una tristeza extraña al verla postrada en una cama de hospital. Toda la ciencia que la rodea para mantenerla viva me resulta incomprensible, pero sé que es necesaria. Ya no se parece físicamente en casi nada a aquella mujer que, a escondidas de mi padre, me llevaba mi postre favorito a la escuela, y que contribuía a encubrir mis travesuras infantiles. Aquella humilde dama que me aceptó con un amor incondicional al saberme diferente, de muchas maneras, que el resto de la manada.

Amor inmenso. Toda la publicidad de una sociedad de consumo tiene la premisa de disimular el inevitable momento de la muerte humana, postergar la vejez e incrementar el deseo de poseer cosas con la promesa de una felicidad posible. En realidad, la verdadera alegría no es otorgada por objetos, sino que proviene de la interacción sincera con quienes amamos y nos aman. Y esa mujer me ha querido desde el día en que nací, sufrió conmigo cada enfermedad, en silencio y sin protestar, y nunca comprendió por qué me castigaban por leer de manera compulsiva. Contra mi voluntad me llevó a cada feria del pueblo y se empeñó en que debían gustarme la monta de toros y la bulla de los festejos populares. Aunque nunca lo consiguió, admiré siempre su empeño y tozudez.

Nunca me he sentido solo en una biblioteca, ni en una librería, pero las mejores obras de sentido común las aprendí en su mirada serena y su sentido del humor. La enfermedad permite tomar consciencia de la finitud de la existencia y de la inutilidad de la vanidad.

La vida nos coloca en una encrucijada, una autopista de emociones, pero, muchas veces, no sabemos decir adiós. Ni siquiera tenemos ganas de hacerlo. El punto es que es inevitable… y no encuentro por ninguna parte un manual para una despedida.

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