Las tecnologías tienen ya más de tres décadas de ser instrumentos esenciales en mi trabajo

 3 junio

En el curso de estas intensas jornadas de Centroamérica Cuenta, que a lo largo de una semana hemos celebrado en Managua, alguien me pregunta cómo me llevo con las “nuevas tecnologías”. Es decir, con el mundo digital. Mi primera reacción, antes de responder, ha sido sonreír con algo de benévola condescendencia frente a mi curioso interrogador.

Estas que se llaman “las nuevas tecnologías”, y que entre tantas cosas tienen que ver tanto con la escritura como con la lectura, solo pueden parecer nuevas a quien las ve de lejos o nunca las ha utilizado. Para mí, que empecé a meterme en ellas en 1983, tienen ya más de tres décadas de ser instrumentos esenciales en mi trabajo.

Dejé de escribir desde que tomaba apuntes en las clases de la Facultad de Derecho, pues no tardé en pasarme a las máquinas de escribir mecánicas, aquellas Remington de tacón alto que sobrevivían en las oficinas públicas como piezas de museo, y que con un campanillazo anunciaban que el carro había llegado al final de la línea, y luego a las máquinas eléctricas que escribían en silencio, apenas con un suave murmullo, como la Mónica Electric portátil que usé en los años setenta durante mi estancia en Berlín. Pero el problema es que yo siempre quería tener a la vista una página perfecta, sin tachaduras, y cada vez que me equivocaba, la hoja iba a dar al cesto de la basura.

La computadora. Entonces, al comienzo de los años ochenta, años difíciles en Nicaragua porque en medio de la guerra de los contras el gobierno de Reagan había impuesto un embargo comercial sobre el país, un amigo me anunció la nueva de que existían los procesadores de palabras, y él mismo se propuso traerme uno desde Canadá, de contrabando, porque tenía piezas hechas en Estados Unidos, de modo que tuvo que dar una larga vuelta hasta Madrid, para ser embarcada desde allá a Managua.

Llegó la caja donde venía embalada la computadora IBM y sus accesorios, y me hallé frente a un artilugio de propiedades mágicas, como fabricado por las manos mismas del sabio Melquíades.

Me dio el amanecer descifrando el manual hasta echarla a andar y lograr que las letras verdes brillaran en la pequeña pantalla negra, con el cursor que pugnaba inquieto en espera de que presionara la siguiente tecla. El aparato trabajaba con un sistema llamado Symphony, y era necesario grabar los textos en unos floppies de los cuales necesite 15 para escribir mi novela Castigo divino.

Pero aquella computadora primitiva, cuyo lenguaje ya nadie podría hoy descifrar, me cambió radicalmente la vida y la manera de escribir. La manera de borrar líneas, suprimir párrafos, trasladarlos de lugar, en fin, de editar los textos; y esos auxilios de las “nuevas tecnologías”, ya para mí tan antiguas, empezaron a reducir el tiempo que antes necesitaba para escribir una novela. Hoy calculo que a la mitad.

Y hay que sumar muchas otras ventajas, entre ellas la posibilidad clave de volver sobre los personajes y evitar, como bien puede ocurrir, que uno cambie el color de sus ojos o del cabello decenas de páginas después, ya no digamos los nombres, que es lo menos que puede ocurrir.

Facilidad. Eso se llama tomar ventaja de los instrumentos de la modernidad, que para algunos parecerían ser una maldición porque destrastan el mundo que estaban acostumbrados a ver, pero que para mí representan lo contrario, porque me facilitan mi oficio, que es escribir, aunque ahora añore aquellos tiempos en que debía levantarme de la silla a consultar el diccionario, lo cual hago ahora en línea, o a buscar un dato en un libro metido en un lejano anaquel de la biblioteca, porque ahora tengo acceso en el infinito archivo que me brinda la red. Pero son nostalgias nada más, y no por eso voy a renunciar a las eficaces ventajas de las “nuevas tecnologías”, que cada vez me ofrece más posibilidades.

Si un día las computadoras dejaran de existir, algo muy improbable, y las viejas máquinas de escribir no pudieran usarse más, como creo que ya ocurre porque nadie fabrica los carretes de cintas de seda, o porque se han cerrado los talleres de reparación que antes proliferaban, entonces no dudaría en utilizar la pluma fuente, el bolígrafo, el lápiz de grafito. Hasta el cincel, si fuera necesario volver a grabar las letras en piedra.

Lo que nunca haría es abandonar el oficio de escribir porque no es el instrumento el que me condiciona, sino la necesidad de ser escritor, y vivir para serlo.

La lectura. Lo mismo debo decir de la lectura. Desde que hace más de diez años mis nietos me regalaron una tableta que ahora me acompaña adonde voy, sé que donde la encienda tengo a mano todos los libros del mundo. Soy viejo también en el uso de esta “nueva tecnología”. Me encantan los libros verdaderos, hechos de papel, y sigo entrando a las librerías de todas partes del mundo en su busca. Es la primera visita que hago en una ciudad, como quien entra a un santuario, y de vuelta en Managua, ya no hallo dónde ponerlos. Pero puedo leer de las dos maneras, sin dificultades de ánimo, ni mala conciencia. Por el hecho de leer en la pantalla, no siento que esté traicionando a los libros, mis viejos y entrañables conocidos.

Y también están las otras “nuevas tecnologías” en las que me siento como pez en el agua: las redes sociales. Abrí mi página de escritor hace veinte años. Y mis seguidores y amigos en Facebook y en Twitter son los amigos y seguidores de un escritor y de sus libros, y me siento feliz de comunicarme con mis lectores, tenerlos a mano y que ellos me tengan a mano a mí.

Creo que una de las maneras de no hacerse viejo es viviendo en el mundo nuevo.