6 marzo, 2015

Los sábados, muy temprano, mi madre me despertaba para que le ayudara a traer las compras del mercado. Vivíamos a cien metros del teatro Moderno, cerca del Mercado Central. Me sentía feliz acompañándola. Durante el trayecto, íbamos conversando, y yo, de reojo, admiraba lo linda que era. El mercado, escandaloso y espectacular, tenía personalidad: afuera, en las calles empedradas, las carretas con sus boyeros descargando sacos de maíz, frijoles y verduras; en el interior, los vendedores mostrando chayotes, papas y tomates; y, por todos lados, gritos de los muchachos que ofrecían sus servicios a las amas de casa que no tenían un hijo a su disposición: “¡Llevo, llevooo!”

El mercado era también un lugar de encuentro. Allí coincidían la esposa del ministro, la maestra de escuela, la verdulera de barrio que venía a comprar para luego revender y la campesina descalza que traía gallinas y huevos.

Esta última, con gracia, ofrecía: “Mire doñita, esta gallina cuijen con buena injundia de lo gordita que está”. Ágora de mercado, que reflejaba costumbres de pueblo con saludables tradiciones.

Luego crecí un poco, y ya en el liceo, continué mis visitas al mercado. Fue cuando me di cuenta de haber sobrepasado en estatura a mi madre y que podía abrazarla caballerosamente durante el trayecto; y, también de reojo, contemplar su siempre abundante cabellera, ahora matizada de blanco, que lucía con natural y sencilla coquetería. Entonces repetía: ¡Qué linda es mi madre!

Cuando me casé, y durante los dos primeros años, viví otra vez cerca del Parque Central. De nuevo, todos los sábados al mercado, ahora con mi esposa, natural de Cádiz, la vieja Gadir fenicia, trimilenaria, la más antigua ciudad de Occidente, trescientos años mayor que Roma.

Apegado al viejo oficio. Después nos trasladamos a Santa Ana. Allí vivimos diez años durante la infancia de nuestros hijos, continuando con mi oficio permanente de mandadero del hogar. Al final, despertaba todos los días muy temprano a Catia, mi hija pequeña, de dos o tres años, para ir a traer la leche que me vendía Carlos Madrigal, amigo mío de los tiempos de San Isidro de El General.

Santa Ana conservaba todavía su natural ruralidad, nunca interrumpida, excepto en la época del general Volio, quien de vez en cuando convocaba a sus vecinos para declararle la guerra al dictador nicaragüense Adolfo Díaz, para derrocar a su primo Ricardo Jiménez o para defender a los pobres como guerrillero de la libertad y tribuno de la plebe.

Ahora, durante los últimos veinticinco años, ya pensionado, continúo con mi viejo oficio de mandadero, pero a los nuevos, lujosos y aseados supermercados; no obstante, ninguno de ellos supera, a pesar del “súper” que anteponen, al viejo mercado que daba lugar a un encuentro permanente de los vecinos de aquella ciudad capital que todavía conservaba las más arraigadas costumbres campesinas.

El supermercado actual no convoca a nadie. La gente, apresuradamente, solo va a comprar, no a comprar y conversar, como antes. Entramos y salimos sin conocernos.

No hay ciudad ni barrios; solo urbanizaciones. Desapareció la noción de vecinos, desplazada por el de ocupantes que no saben quién vive al lado o al frente y, lo peor, que no quieren saberlo. Una madre atareada en la cocina ya no puede ordenarle a su hijo que vaya “un momentito donde Juanita, la de al lado, a pedirle un poco de manteca y una cebolla” para terminar de cocinar. Y si no existe el vecino, tampoco el ciudadano ni la nación como base de buenas tradiciones que fortalecen y dan lugar a la democracia.

Pero bueno, hoy me encuentro con alguien que me detiene en el súper: “¿Usted es el señor Obregón, el que escribe en el periódico?”. Sí, le contesto. “Pues siga haciéndolo, me gusta lo que escribe”, me dice.

¡Qué bien!, pensé al salir del súper. Unas palabras afectuosas de alguien que no conozco, que tal vez no vive en mi urbanización y que, desde luego, no es mi vecino, o sea, de mi lugar.

Impulsado por este gesto de mi desconocido interlocutor, quizá mañana me atreva a tocar la puerta de un habitante de mi comunidad para decirle: “Hola, soy Enrique, vivo en aquella casa de allá y vengo a ofrecerle mi amistad”. Si no me da con la puerta en mi nariz, quizá me permita entrar y, así, hablar un rato, saber quiénes somos y contarnos un pasaje de nuestras vidas.

Desde hace varios meses, mi esposa ha estado muy enferma. José María Penabad, mi buen amigo gallego, me llama con frecuencia para preguntar por su salud. “Está mejor, le contesto. ¡Que sois duros los españoles y no es cualquier grave malestar el que os mande a la tumba!

Espero que mi esposa pronto se recupere. Entonces, me podrá acompañar de nuevo a las compras. Así, por el camino, y a pesar de nuestros 57 años de matrimonio, la podré mirar de reojo y pensar en aquella muchacha gaditana que conocí recorriendo las estrechas calles de su antigua ciudad y a quien, un día, tuve que presentar bandera blanca, rendido, y entregarle mis cuarteles espirituales porque no pude resistir el asedio de su trimilenario mirar.