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El malogrado sueño americano

Actualizado el 19 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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WASHINGTON, DC – Desde hace ya mucho tiempo atrás, se percibe a Estados Unidos como la “tierra de las oportunidades”, la tierra donde los que trabajan fuerte salen adelante. La fe en esta característica fundamental de la identidad nacional de Estados Unidos ha persistido, a pesar de que la desigualdad se ha venido elevando gradualmente durante décadas. Sin embargo, en los últimos años, la tendencia hacia los extremos de los ingresos y la riqueza se ha acelerado de manera significativa. Dicha aceleración sobreviene a consecuencia de los cambios demográficos, el sesgo de la economía en cuanto a las habilidades de las personas y la política fiscal. La pregunta es: ¿está cerca el colapso del sueño americano?

Desde 1997 al 2007, la proporción de ingresos que acumulan los hogares estadounidense que se encuentran en el 1% superior de la curva de distribución de ingresos se incrementó en un 13,5%. Esto es equivalente a desplazar $1,1 millones de millones de los ingresos totales anuales de los estadounidenses hacia dichas familias. Esta cifra representa más que el total de los ingresos del 40% de los hogares estadounidenses en la parte inferior de dicha curva de distribución.

El impacto preciso que la desigualdad tiene sobre el bienestar individual sigue siendo un tema controversial, en parte debido a la naturaleza compleja de los indicadores que se necesitan para medir dicho impacto con exactitud. Pero, no obstante que los indicadores objetivos no ofrecen una visión completa de la relación entre la desigualdad de ingresos y el bienestar humano, la forma en que se interpretan dichos indicadores envía señales importantes a las personas dentro y entre las sociedades.

Si la desigualdad se percibe como el resultado de una justa recompensa por el esfuerzo individual, puede ser una señal constructiva sobre las oportunidades que pudiesen encontrarse en el futuro. Pero, si dicha desigualdad se percibe como el resultado de un sistema injusto que premia a unos pocos privilegiados, la desigualdad puede erosionar la motivación individual de las personas para trabajar fuerte e invertir en el futuro.

En este sentido, las tendencias actuales en Estados Unidos han sido, en gran medida, destructivas. La movilidad económica, por ejemplo, ha disminuido en las últimas décadas, y ahora también es menor en muchos otros países industrializados, como, por ejemplo, en Canadá, Finlandia, Alemania, Japón y Nueva Zelanda. La posición inicial de un trabajador estadounidense en la distribución del ingreso es altamente predictiva de sus ganancias futuras.

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Es más: existe una fuerte correlación intergeneracional del ingreso (cerca del 0,5) en los EE. UU., es decir, los hijos de padres que ganan un 50% más que el promedio tienen la probabilidad de ganar 25% más que el promedio de su propia generación. De hecho, los EE. UU. se encuentra ahora aproximadamente en el medio de la lista de jerarquización de países según oportunidades económicas ( ranking of economic opportunity ) del Banco Mundial, muy por debajo de países como Noruega, Italia, Polonia y Hungría.

Algunos sostienen que, siempre y cuando EE. UU. mantenga su dinamismo económico, su liderazgo en la innovación tecnológica y su atractivo para los inmigrantes, la desigualdad de ingresos es irrelevante. Sin embargo, otras tendencias pertinentes –como escuelas públicas que fracasan, infraestructuras que se desmoronan, tasas de delincuencia que se incrementan y constantes disparidades raciales en cuanto al acceso a oportunidades– parecen desmentir tales afirmaciones. Al fin de cuentas, tener algunas de las mejores universidades del mundo no significa mucho, si el acceso a ellas depende, en gran parte, del ingreso familiar.

Este tema no es únicamente de importancia para los estadounidenses. En un mundo en el que los destinos individuales de las personas están cada vez más interrelacionados, y la gobernanza efectiva depende de un consenso sobre las normas relacionadas con la justicia social y distributiva, las crecientes diferencias de ingresos en un país –especialmente en uno que ha servido como punto de referencia en cuanto a oportunidades económicas– puede dar forma al comportamiento que se desarrolla en otros lugares. Sin la creencia de que el trabajo fuerte engendra oportunidades, las personas tienen una menor propensión a invertir en educación, lo que socava el desarrollo del mercado de trabajo e, inclusive, puede ser que dichas personas se vean impulsadas hacia la protesta.

De manera más general, la disminución de la movilidad económica en EE. UU. podría deteriorar la confianza en los principios relacionados con la economía de mercado y la gobernabilidad democrática, que son los principios que Estados Unidos ha propugnado durante décadas, y que a su vez son fundamentales para las estrategias de desarrollo de muchos países. Como el ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz ha señalado: “La medida en la que sea posible configurar la economía y los sistemas de gobierno a nivel mundial, para que los mismos estén en concordancia con nuestros valores e intereses, dependerá, sobre todo, de lo bien que funcionen nuestros sistemas económicos y políticos para la mayoría de los ciudadanos”. Debido a la creciente evidencia de que el sistema está funcionando mucho mejor para los ciudadanos más ricos que para los pobres, el poder blando de Estados Unidos parece estar destinado a erosionarse de manera considerable.

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La reducción de la desigualdad requiere soluciones integrales a largo plazo, como, por ejemplo, se necesitan reformas en la política fiscal que recompensen la inversión pública en salud y educación, sin añadir desincentivos a un código fiscal que de por sí ya es engorroso. Sin embargo, trabajar por el logro de estas reformas requiere una gran voluntad política, que parece que le hace falta a EE. UU.

En efecto, dada la parálisis política en el ámbito nacional, el inicio de un debate constructivo sobre un tema tan divisivo y que conlleva consecuencias, como es el caso del debate sobre la desigualdad, dependerá en gran medida de la opinión pública estadounidense. Si más personas reconocen las limitaciones que la desigualdad impone a sus perspectivas futuras, es muy probable que dichas personas presionen a los formuladores de políticas para que ellos hagan frente a las mencionadas limitaciones. Esto no solamente beneficiaría a EE. UU., sino que tendría un impacto positivo en la gobernanza a nivel mundial.

Desde hace ya mucho tiempo atrás, los estadounidenses se enorgullecen del estatus que tiene su país como la tierra de las oportunidades: un lugar de destino, para llegar al cual las personas sufren adversidades inconmensurables. Una campaña de educación pública destinada a poner de relieve los retos que plantea la desigualdad para los propios fundamentos de dicha reputación es un primer paso de bajo riesgo hacia la reactivación de la promesa americana.

Carol Graham es investigadora principal financiada por la Fundación Leo Pasvolsky en la Institución Brookings, y es catedrática distinguida con el título de profesora College Park de la Escuela de Política Pública de la Universidad de Maryland. © Project Syndicate.

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